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Texts polítics

Omplint el món d'altres paraules

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LUISA MURARO

Año 2011

Que haya una política en la que las mujeres están más adelantadas, es algo que está resultando visible. Se está dando un cambio que hace que se vean cosas que antes no se veían. El feminismo está vivo, han notado muchos, este año. No se trata solo de la visibilidad obvia de las manifestaciones en la calle, yo pienso. La víspera del encuentro organizado en Siena por Si no ahora cuándo (9-10 de junio), un comentarista escribió: se mueven “hasta ahora sin una estructura definida de mando” con un “trazado político virtuosamente incompleto”. Lo cual es un hablar de hombre que intenta entender y se aproxima. Concluye, con un hilo de presunción: “Quizás logren también llevar palabras nuevas a un discurso público desangrado”.

El sentimiento de que algo ha cambiado, ha llevado a algunos nuevos alcaldes a aplicar el principio del 50/50 en el reparto de los cargos entre mujeres y hombres. Bien, me atrevo a comentar, demuestran así que han registrado que ha habido un cambio (ya era hora) y que lo quieren apoyar. Pero con una condición: quede claro que se trata de una respuesta propia de un lenguaje político mutilado, el de los números y las mayorías. La política de las mujeres ha sido siempre de tipo cualitativo: más que el número, cuenta la participación y la presencia, más que el cargo cuenta la autoridad libremente reconocida.

Es verdad que ha habido recientemente también una propuesta feminista a favor del 50/50 y no debe sorprender, porque el feminismo tiene una historia larga que se remonta a los tiempos de la Revolución francesa, en cuya bandera estaba también la igualdad. El igualitarismo feminista de nuestros días no es de origen francés por casualidad (Joan W. Scott, La citoyenne paradoxale. Les féministes françaises et les droits de l’homme, 1998, que en el título inglés dice significativamente Only Paradoxes to Offer, Solo paradojas que ofrecer).

Pero el feminismo de la segunda ola, que empezó en los “maravillosos años sesenta”) como los llamaba Iris Murdoch, se comprometió en hacer respetar en la vida pública, más que los derechos, las exigencias de las mujeres, exigencias sentidas para ellas y para los demás (por ejemplo, que haya paz y no guerra). La primacía de las exigencias sobre los derechos es una instancia política que Simone Weil anticipó en Echar raíces (obra póstuma publicada en 1949). Si hay un invisible techo de cristal que ha cerrado el paso a muchas mujeres, yo pienso que es el ideal igualitario entre los sexos que invisiblemente detiene los deseos de ellas y justifica sus miedos a ir más allá. Escribe Carla Lonzi en el famoso Escupamos sobre Hegel: “Nos hemos dado cuenta de que, en el plano de la gestión del poder, no hacen falta capacidades sino una forma concreta de alienación muy eficaz. La actuación de la mujer no implica una participación en el poder masculino, sino un poner en cuestión el concepto de poder.”

El reparto paritario del poder entre hombres y mujeres no trae consigo promesas de cambio. La paridad es un objetivo del feminismo conservador; el italiano se ha apoyado siempre en el deseo. Para nosotras, antes que las feministas están las mujeres con sus deseos, sean los que sean, y con las mujeres están los hombres, está la humanidad entera, que existe mucho antes que el derecho y las leyes. No un antes relegado a un pasado histórico superado sino un antes tan actual como el nudo de naturaleza y cultura que los seres humanos somos y deshacemos singular y comúnmente en la vida cotidiana. Este nivel en el que, para darle forma de convivencia civil, tantas mujeres han empleado energías, inteligencia y amor, para nosotras es política: política primera. Que es una apuesta que sigue abierta y un motor del cambio en curso.

La referencia a la política primera se va haciendo necesaria según la política oficial va aprendiendo a ser segunda, es decir, a estar más atenta a las exigencias y a las prioridades de la convivencia y de la supervivencia. La lección más grande la han dado los resultados del referéndum sobre el agua y sobre la energía nuclear.

En el nuevo orden simbólico que vemos asomar en Italia en el año 2011, el primer puesto se lo está llevando la calidad de la vida. Se trata, ahora ya abiertamente, de disputarle a la cultura del poder el valor de nuestras vidas personales, la capacidad de disfrutar sin consumir, y la de opinar sobre las prioridades. Todo cosas que hay que aprender para sí y enseñarlas también a la infancia. ¿Con qué palabras, con qué prácticas?

Muchas mujeres de todas las edades han sentido el gusto y también la necesidad de las manifestaciones de masas para saber que están ahí y para sentirse existir. Esta fuerza que viene de la presencia de otras muchas y de otros, y del mostrarse junto a ellas y ellos, es algo de lo más natural. Sientes que no estás sola y que puedes ser y hacer mucho más de lo que creías. Pero esconde una trampa: crea dependencia de los medios de comunicación (cuánto hablan de ello, cómo lo hablan, etc.) e implica exponerse al enfrentamiento con poderes que disponen de una fuerza desmesurada. Llega el momento en el que la política de las manifestaciones se paga, te la hacen pagar, precisamente cuando te parece que estás a punto de vencer. Génova 2001 lo muestra. Mejor, yo digo, darse una razón de estar en el mundo con las relaciones que se entablan en primera persona. Mejor tener disponibles la propia energía y las propias ideas para actuar en el momento oportuno allí donde vivimos: la escuela, el hospital, el laboratorio, las calles, la parroquia. Mejor rebelarse cuando hace falta, con otras y otros, sí, pero sin previo aviso.

[Publicado con el título Anno 2011, en “Via Dogana. Rivista di pratica politica” 98 (septiembre 2011) 3. Traducción de María-Milagros Rivera Garretas].

Universitat de Barcelona
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