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El primer impacto

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ENCARNACIÓN LÓPEZ MATARÍN

El primer impacto

Desde finales del XIX conocemos la existencia de los virus, miles y de diferentes tipos. Según algunas teorías han existido siempre y muchos de ellos no son perjudiciales. Al ser gérmenes diminutos eran invisibles en microscopios ordinarios hasta que se descubrió el microscopio electrónico, por los años treinta del pasado siglo. Carecen de metabolismo propio y no pueden multiplicarse por sí mismos. Es al parasitar en células vivas, en el tejido orgánico de una planta, de un animal o de un humano, cuando se reproducen y multiplican. Se clasifican por especies, géneros y familias (Dicc. Médicina). Los más oídos en esta última década son: El de la gripe aviar, el Ébola, la gripe común, etc…
Desde diciembre del año 2019 y primeros meses del 2020 estamos conociendo un germen nuevo. Un virus enfrentado a un mundo industrializado que ha movilizado a la ciencia biomédica para que en sus laboratorios investiguen vacunas y a nivel comercial, las farmacias sigan proveyendo la misma medicación a sus usuarios de siempre. Porque los virus no afectan por igual a quienes tienen una inmunidad fuerte, pues esa es la única cura. Las industrias alimenticias y de la carne y las farmacéuticas tienen mucho trabajo porque la sociedad protegida en sus casas, al menos no ha dejado de comer ni de medicarse. Pero, parece ser que este germen con corona tiene otras expectativas.
En pleno estadio de la epidemia y siguiendo el protocolo pandémico, este escrito quiere reflejar que aun estando alimentados deseamos salir y apreciar lo cotidiano de la vida, pasear, ir al parque o sentarte en una terraza. Vivir encerrada es triste. En este aislamiento peculiar, frente al televisor, oyendo la radio o por el móvil, circulan más que nunca las palabras. Los medios indican: “Quédate en casa” es la consigna de esta pandemia y así evitas su propagación. Tanto se repiten que a veces se convierte en verborrea; por higiene es mejor escuchar las noticias solo un rato al día.
Este virus ha traído mucha cola, pena y desesperación, se ha llevado a unos cuantos, sobre todo mayores; en neutro. Estos han estado viviendo en orfanatos, perdón, en residencias y han muerto en grupo. El contagio ha sido rápido con ellos. Durante los primeros días se oía continuamente y fue triste.
Al introducir en la escritura el símil entre orfanatos y residencias quisiera ir desarrollando algunas características de ambos lugares. Parece ser que en los hospicios de antaño, las niñas y niños resistían poco y muchos fallecían en la infancia. Algunos estudios señalaban que la falta de contacto físico era una de las causas principales por los que morían las bebes y los bebes. En estos centros de vigilancia, existía el contacto visual, pero no, tanto, el contacto de la piel. El tocar de una madre, abuela, nodriza o de quien estuviera en su lugar era inexistente en estas instituciones.
Es posible que en los orfanatos, se salvaran aquellas niñas y niños que acariciados por una monja o cuidadora los impulsara hacia delante; la dulzura les ayudaría a aceptar el límite de la necesidad, un contacto físico como desarrollo de la escucha. Un tocar más femenino que masculino por nuestra genealogía, pues las mujeres, también valoramos la caricia, fuera de lo sexual. Las facultades de los sentidos y la palabra entrañan el cerco de carne (Luisa Muraro). Un cerco que lo virtual no tiene.
El contacto físico con los objetos queda congelado a medida que crecemos. Dicen: nos hacemos “mayores”. Éste es un adjetivo sustantivado, neutro e indicativo de pérdida. Yo he oído a una profesora decir que su prima era mayor porque ya tenía treinta años; sería por deformación profesional. Para mí, hoy, este concepto se ha convertido en artificio interesado. En los medios, en nuestra sociedad, en lengua castellana, existen sólo dos edades: Mayor y joven.
Volviendo a las instituciones, invertir el modo de sobrevivir en ellas como esperanza de cambio es difícil. Cuando he ido a una residencia a visitar a una amiga, he sentido tristeza. Están cuidados, alimentados, medicados, controlados; de acuerdo, pero encerrados. El trayecto de la visita consiste en entrar en una gran sala y ver a quien visitas sentada con otras y otros delante del televisor, este siempre encendido, así, se distraen, dicen.
La esperanza de cambio sería una perspectiva real si coincidiera con lo simbólico, pues entra en juego un tipo de inteligencia. Ir hacia un futuro, como en el caso de las niñas y niños del orfanato o ir hacia el pasado, un recorrido hacia atrás de mujeres y hombres en residencias, es una misma línea con dos direcciones. Ir hacia atrás es un encuentro y un ajuste con la propia vida, en la ensoñación: si es una mujer quizás recuerde el tramo de la infancia y la juventud cuando era tocada, cuando la vida era activa y era dueña para decidir si salir o no, a pasear, ver a una amiga; o si fue madre, cuando peinaba a su hija o tocaba la tierra, trasplantando un rosal. La imaginación traería lo real al usar la inteligencia, la cual al no estar cómoda en este régimen, trasladarla es lo único posible (Simone Weil). Entonces, una también puede sentir esperanza al ver a su amiga allí sentada con la vista perdida, preguntándose si ella estará, allí, en esos recuerdos, hechos divinos en lo simbólico, que le traen confianza yendo más allá de las cuatro paredes y la televisión.
Ahora bien, volviendo al tiempo acelerado, señalado en el comienzo de este escrito, la pandemia ha hecho estragos y no hay tiempo para la ensoñación. La televisión reclama estar despierta y la realidad es una pesadilla, las noticias comunican que los mayores son entes de riesgo, pueden contagiarse y contagian. Me imagino el drama que han vivido mis amigas, escuchándolo y la solución: más aislamiento y nada de visitas. Están muriendo muchos, el virus les ha echado una manita para que se vayan al otro barrio, el de la otra esperanza. Será por eso la corona, lo ha logrado y eso es poder.
Para concluir: Envejecer no es equivalente a enfermar. Las más ancianas y ancianos son vulnerables si están enfermos, sí, pero, a cualquier edad. He conocido a mujeres y hombres de más de ochenta años saludables. Y amigas más viejas que yo, que son mis referentes, de mente ágil, creadoras, vanguardistas, avanzadas y dueñas de sí mismas, y algunas han muerto, claro, simplemente, porque toca y la vida encarnada no es eterna. Cada época trae sus mártires. Los gérmenes infecciosos y sus secuaces hicieron el trabajo, y se ha llevado a multitud de mujeres y hombres de las residencias.
A todas ellas y ellos, este escrito. A mi genealogía femenina, a mis amigas que han regalado sabiduría al mundo y crean y crearán hasta despedirse, porque el orden simbólico de la madre lo contempla todo.
(24/4/2020)

Universitat de Barcelona
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