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El permiso de maternidad ¿es degradante para una mujer?

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MARÍA-MILAGROS RIVERA GARRETAS

El permiso de maternidad ¿es degradante para una mujer?

En una cadena de noticias muy oídas, decía esta mañana una sindicalista que los permisos de maternidad “penalizan siempre a la misma, a la madre”; y que, por eso, hay que dárselos de la misma duración también al padre. Los errores de pensamiento de este calibre, Simone Weil los llamó hace casi un siglo “errores de epistemología”. Y escribió: la capacidad civilizadora de una civilización se mide por los errores de epistemología en los que esa civilización no mete a la gente. Que una mujer diga que los permisos de maternidad hay que dárselos también –e iguales y, por si acaso, intransferibles– al padre, es un error de epistemología. Un error que da pánico porque deja al desnudo una vez más la poca capacidad civilizadora de nuestra cultura occidental al final del patriarcado. Algunas mujeres, por miedo y por alienación, intentan apuntalar lo que queda del patriarcado, en vez de decir su propia verdad, la verdad de las mujeres.

¿Es una penalización para una madre el estar con su niña o su niño, besarla, amamantarla, quitarse el despertador y criarla a su gusto y ritmo? ¿Es su liberación el salir corriendo a trabajar, dejándola en manos de cualquiera, un soldado, un padre...? ¿Es liberador para una madre el repetir los errores de la feroz competitividad masculina en el mercado de trabajo? No. Lo siento. La competencia, en particular la femenina, es civilizadora porque es competencia simbólica, de sentido; la competitividad, no.

En el libro El alma del cuerpo. Contra los úteros de alquiler (2016), Luisa Muraro ha escrito que el permiso de maternidad es degradante para una mujer. Detente un instante antes de pensar que está loca. Es una verdad como un templo, de esas que, como los templos, dan un corte en el terreno y abren de repente a algo sagrado, ahora a una nueva civilización, sea occidental o no. Ni las madres ni las mujeres necesitamos permisos masculinos, ni de maternidad ni de nada. Necesitamos ser en paz lo que somos: las señoras del juego de la civilización. Es el mercado del trabajo lo que tiene que adaptarse a la maternidad y al ser mujer, a nuestros gustos y modos, no la maternidad ni la libertad femenina al mercado de trabajo. Menos todavía cuando la natalidad está como está, coherentemente.

Las mujeres queremos y necesitamos el doble sí: sí al trabajo pagado, sí a la maternidad, cada uno de los síes todo entero, cada uno de los dos síes un todo. ¿Absurdo? No, no para una mujer, que tiene la capacidad de ser dos. Solo le resulta absurdo a la cabeza racional de un pequeño racionalista, de un pequeño patriarca, o de una mujer deportada a ese desagradable sitio. El trabajo ya no es Dios.

Las mujeres tenemos una productividad propia. Es productividad en vida y en relaciones. Hace mundo y sostiene el mundo ya hecho, renovándolo continuamente con el nacimiento y reajustándolo enterrando a sus muertos. Tiene su propia medida de valor del tiempo y de la riqueza, una medida a la que el dinero, la repetición y la prisa se le quedan muy pequeños. Tiene su propio excedente y su propia plusvalía, que es la autoridad femenina, ese “más” generado por las relaciones, paradigmáticamente la relación entre madre e hija y entre madre e hijo, relaciones distintas, cada una con su propio andar y su propia trascendencia. Es un delito y una estupidez, el perseguirla o el considerarla condena.
(30/10/2018)

Universitat de Barcelona
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