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La mediación femenina en la historia

MARÍA-MILAGROS RIVERA GARRETAS

La mediación femenina en la historia

La mediación es algo que pone en relación dos cosas que antes no estaban en relación o cuya relación se había roto. Este algo puede ser creado en una conversación, un gesto de las manos, un entredós, un beso, una palabra, un regalo... Suele consistir en la invención de una relación nueva que quería venir al mundo –a mi mundo- pero no lo conseguía.

A lo largo de la historia, de la mediación nos hemos ocupado mucho las mujeres en la política primera (1), que es la política sin aparato, la política de todos los días. En la otra política –la que ahora dirigen los partidos políticos-, con cierta frecuencia hemos sido nosotras mismas la mediación: hemos sido la mediación con la que se ha intentado, por ejemplo, que terminara una guerra y empezara un tiempo de paz, típicamente mediante la boda de una hija en el reino enemigo.

Que las mujeres nos hayamos ocupado mucho de la mediación no es una casualidad, ni es tampoco una determinación histórica o biológica. Es –pienso- la coincidencia afortunada de deseos, de necesidades, propensiones, gustos, talentos y experiencias en cuyo combinarse ha intervenido algo el diseño mismo del cuerpo de mujer. La coincidencia no es fija sino inestable, sosteniéndose –lo que se sostenga- con el deseo de las mujeres o de una parte de ellas.

El cuerpo de mujer nace con una facultad suya propia que es su capacidad de ser dos. Esta capacidad es tan delicada que ha generado una maraña inmensa de opiniones, mandatos, prohibiciones, etc., que todo el mundo conoce, y que han tapado lo que es, quizá, lo principal: su abrir el cuerpo femenino a lo otro, a lo más otro que hay que es otra vida, otro cuerpo, un cuerpo imprevisible. Enseñándonos, así, a las mujeres, lo necesaria que es la mediación, tanto si somos madres como si no lo somos.

Una prueba de ello es la fotografía de la soldado norteamericana Lynndie England torturando a un iraquí que, desde mayo pasado, ha circulado por los medios de comunicación de masas de todo el mundo para decir a gritos la necesidad de una mediación o mediaciones nuevas que detengan la guerra de Irak: que detengan la guerra, sin más. Para decir a la desesperada que las mediaciones hasta ahora disponibles han fracasado, y pedir que se inventen otras que detengan el desbordarse de lo negativo que estamos viviendo, solo la fotografía de un cuerpo de mujer embarazada destruyendo su propia obra ha resultado elocuente.

En nuestra historia, en la historia de Europa, a la mediación se le ha llamado, con frecuencia, amor. Y del amor se ha dicho mucho que es Dios, o sea, que es eso otro que está en todas partes y que todo lo puede. El amor, como la mediación, ronda constantemente la vida de las mujeres y de algunos hombres.

De la desmesura del amor cuando fracasa la mediación trata, precisamente, la película A los que aman, de Isabel Coixet, que vamos a ver y comentar. De esta película –para mi gusto, preciosa- yo deseo destacar su llamada a la necesidad de la mediación, a la necesidad de que, cuando amamos, cuando el amor nos visita, encontremos las mediaciones para acogerlo, para traerlo al mundo. Y las encontremos sobre todo las mujeres.

En la película, todo el mundo ama, pero nadie encuentra las mediaciones para ser amada o amado por quien ella o él ama. El fracaso de la mediación lleva a la infelicidad, a la destrucción de relaciones, incluso a la muerte. Yo sostengo que cuando una mujer ama –cuando yo amo- sin encontrar las mediaciones para que mi amor sea viable en mi mundo, el amor se vuelve destructivo, implacable, mata, destruye algo en mí y puede matar; porque da paso a lo negativo que tengo en mí.

La mediación es femenina porque soy yo, una mujer, quien con frecuencia se hace disponible al amor y, cuando miro a mi alrededor, veo más mujeres que hombres haciendo lo mismo. Se dice que el amor es mediador, y así es, pero sin una criatura humana concreta que haga suya la mediación que el amor ofrece y la convierta en historia, el amor no llega a la vida, no crea, no se transforma en felicidad humana sino en un padecimiento insoportable. Porque, sin mediaciones históricas concretas inventadas y sostenidas día a día en vivo, el amor pasa por encima de todo, arrasando, sin nada ni nadie que lo contenga (en los dos sentidos de la palabra “contener”).

Pongo un ejemplo histórico de un amor enorme que, al no ofrecérsele las mediaciones adecuadas, destruyó en vez de dar una felicidad equivalente a su grandeza.

En el siglo XII, entre 1098 y 1179, vivió en lo que hoy es Alemania Hildegarda de Bingen. Hildegarda fue un profetisa, fundadora, científica, música, médica y consejera de papas y príncipes, que vivió entre mujeres en monasterios benedictinos, de dos de los cuales fue abadesa. Hildegarda –según ella misma explica- amó a una alumna suya, llamada Ricarda von Stade, cuya relación le dio a Hildegarda la medida que necesitaba para creer en sus visiones y escribirlas por primera vez en un libro titulado Scivias (de Scite vias, “Conoced los caminos”, o sea, las mediaciones que te llevan a donde quieres ir). Hacia 1151, le fue ofrecido a Ricarda el cargo de abadesa en el monasterio de Bassum. Hildegarda, desesperada, movió el cielo y la tierra para evitar la separación; pero, al año siguiente, Ricarda se marchó a Bassum. Poco más tarde, en medio de un sufrimiento insoportable que le hizo pasarse los días llorando –según relata su hermano en una carta a Hildegarda-, Ricarda murió el 4 de noviembre de 1152(2). . No sería absurdo decir que murió de amor.

Hildegarda, cuando era ya muy mayor, interpretó este episodio trágico de su vida con estas palabras: “cuando escribí el libro Scivias, tuve en amor pleno a una joven noble, hija de la marquesa que acabo de mencionar, como Pablo a Timoteo. Ella se había vinculado a mí en amorosa amistad en todos los sentidos, y mostró compasión por mis enfermedades, hasta que terminé ese libro. Pero entonces, a causa de lo distinguido de su linaje, se inclinó por un puesto de más renombre y quiso ser nombrada madre de una iglesia espléndida. Buscó esto no por amor de Dios sino por el honor de este mundo. Cuando me dejó, yéndose a otra región lejos de nosotras, perdió muy pronto la vida presente y la fama de su nombramiento" (3). Con “el honor de este mundo”, Hildegarda se refiere a los intereses sociales que influirían en Ricarda, que era una chica joven de la alta nobleza, para aceptar el cargo de abadesa que le separaría de su lado. En su interpretación de la historia, Hildegarda contrapone el honor de este mundo al amor.

Ricarda von Stade se encontró en una situación de doble tirón, dividida entre el amor y el prestigio social, y deseando tener los dos; como tantas mujeres –me atrevería a decir- de todos los tiempos, especialmente en la juventud. El doble tirón es una encrucijada que me pone en dos obligaciones contradictorias: se me obliga a matar y a vivir, por ejemplo. Decía la filósofa del siglo XX Simone Weil que la calidad civilizadora de una civilización la miden las situaciones de doble tirón en las que esa civilización no nos pone a la gente: “La imperfección de un orden social” –escribió- “se mide por la cantidad de situaciones de ese tipo que entraña” (4). O sea, el mejor orden social es el que no nos pone a la gente en ninguna situación de doble tirón.

¿Es posible encontrar mediaciones entre el amor de Dios y el honor de este mundo, entre amar y estar a gusto en la sociedad? Pienso que, hoy, cuando hablamos de la mediación femenina, es esto lo que andamos buscando; porque muchas mujeres no queremos elegir entre el amor y el mundo sino dar cabida en nuestras vidas tanto al amor como al prestigio social, sin vivirlos como dos obligaciones contradictorias. Hoy, las mujeres estamos en todos los lugares de la llamada vida social en los que deseamos estar, ocupando cargos, contribuyendo a su funcionamiento, etc. Pero, el amor, ahí no entra, no hay manera (entra solo la sexualidad fálica). No conocemos, de momento, los caminos, como decía Hildegarda. Y nos encontramos, con frecuencia, en situaciones de doble tirón en las que preferiríamos no estar. Tal vez como la soldado norteamericana a la que me he referido antes, puesta en la situación de doble tirón de ser mujer y formar parte del ejército de su país.

NOTAS

1. Esta expresión en: Librería de mujeres de Milán, El final del patriarcado. Ha ocurrido y no por casualidad, en Eaed., La cultura patas arriba. Selección de la revista Sottosopra (1973-1996), Madrid, Horas y horas, (en prensa).
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2. Marirì Martinengo, Ildegarda e Richardis, en Diótima, Il cielo stellato dentro di noi. L’ordine simbolico della madre, Milán, La Tartaruga, 1992, 73-97
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3. Peter Dronke, Women Writers, 151 y 234 (texto latino). Una trad. algo distinta: Hildegard von Bingen, Vida y visiones, sel. y trad. de Victoria Cirlot, Madrid, Siruela, 1997, 62.
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4. Simone Weil, Las necesidades del alma, en Ead., Echar raíces, trad. de Juan Carlos González Pont y Juan Ramón Capella, Madrid, Trotta, 1996, 24. Volver al texto

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