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Omplint el món d'altres paraules

ANA MAÑERU MÉNDEZ

¿DE QUIÉN ES LA LENGUA? EL PAÍS | 08 de marzo de 2012

La lengua es tuya y mía, de la gente; pero hay quienes dicen que solo es suya y ponen el grito en la tierra cuando lo oyen, braman, rugen y casi siempre prohíben. Se aferran a esas reglas peculiares que llaman científicas, cultas, correctas, estéticas o económicas, pero que solo son violentas. Son violentas para mí, quizás para ti, en todo caso para quienes nos gusta nombrar y ser nombradas, nombrados, nombrad@s, nombradxs,… a nuestra manera, como queramos cada cual.
La violencia de quienes se quieren adueñar de la lengua se ve en la historia y ahora mismo: prohíben la lengua de toda una comunidad de hablantes, silencian o desprecian a quienes no usan sus reglas y, casi siempre, arremeten contra las mujeres y lo femenino libre. Se despachan de un plumazo, o de un golpazo, diciendo que ya están representadas con eso que llaman masculino, o neutro, pretendidamente universal, aunque nadie sepa lo que es, porque nunca se ha visto en ningún sitio.
Violentan la lengua al máximo, niegan la evidencia de que siempre y en todas partes, tú y yo y todo el mundo nacemos de mujer. Venimos de, y gracias a, una madre que nos regala el cuerpo, con su facultad de hablar. Después, ella, o quien esté en su lugar, nos enseña a hablar en una relación amorosa, de cuidado, sin la que no seríamos viables. Así de simple, así de grande y así de sexuado y complejo a la vez.
La lengua no es de quienes peroran sobre ella sentando cátedra, o sentándose en ella, o en su particular sillón. No es de las academias ni de las universidades ni de las iglesias ni de los gobiernos ni de las empresas ni de los bancos. La lengua es de quienes la hablamos y se va transformando en el tiempo, se quiera o no, porque la realidad cambia todo el rato. Sin gente que hable no hay lengua que valga y la lengua, como la gente es sexuada.
Concretando, yo, que soy una mujer que elijo serlo y no reniego de ello, hablo en femenino y nombro en femenino siempre que me parece bien. A mí me gusta que todo el mundo pueda decir cómo quiere hablar de sí, y de otra gente y del mundo; me gusta que ellas, ellos, ell@s, ellxs, cada cual diga a su modo. Yo uso el femenino y el masculino porque me sirve para decir lo que quiero decir y no otra cosa.
No me sujeto a reglas gramaticales que no me van o no me valen para vivir en paz. La lengua materna, la que dice lo que es, me da felicidad. Lo otro es discurso, cuando las palabras no se corresponden con las cosas y eso te hace sufrir porque te puede llevar a la mudez.
La lengua está viva y existe encarnada en quienes la hablamos y escribimos con libertad. Por eso, por ejemplo, algunas mujeres del siglo XXI hemos creado Sabina Editorial, para publicar libros libres, o hemos fundado Entredós, para hablar como nos gusta y de lo que nos gusta a cada una.
De mí, cuando escribo poesía unas veces digo que soy poeta y otras poetisa, según me apetece, sin pedir permiso a nadie. No soy una jueza, pero si lo fuera nunca diría que soy un juez, porque me sonaría muy raro. Y así, con cada palabra, vas eligiendo la que te va bien. Si no existe se crea, de hecho necesitamos palabras nuevas cada día.
A mí me apasiona esta práctica política de “Nombrar el mundo en femenino” (es el título de un precioso libro de María-Milagros Rivera Garretas).

Ana Mañeru Méndez es economista y editora. Ha sido responsable de programas de Educación y Cultura del Instituto de la Mujer.

http://blogs.elpais.com/mujeres/2012/03/de-qui%C3%A9n-es-la-lengua.html

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