2010

CONTRALTO

Parece una simple cuestión de timbres (¿o será de timbres y tonos?) pero la voz de contralto tiene un encanto inconfundible que no se puede definir y, desde un punto de vista vocal, parece lo más puramente híbrido. No tiene género ni puede ser determinado y sin embargo es un registro único. Es la voz del Hermafrodita, es decir, lo que nuestra fantasía imagina en una especie de monstruo que, no obstante, se identifica con una mujer.

A diferencia del contratenor que, si no es castratto, su voz resulta impostada y técnica, la voz de la contralto es un registro natural que solo es accesible a una mujer.

Aunque, claro está, no es una mujer corriente

(¿Hay alguna que lo sea?)

sino que es una mujer extraordinaria y justamente aquí, en esa condición femenina insólita, trasgresora y fantasmal, está su mayor atractivo porque nos introduce una mujer sin sexo –o sea, sin peligro– una mujer sagrada que canta desde un fondo trascendente, sobrehumano: por eso puedo representarme adorando a la contralto pero no consigo pensarme amándola.

Imagina entonces lo que sería un mundo poblado de contraltos.

PURGA

Curvo el torso y mi trasero desnudo contacta con las baldosas frías. Noto el vaho de la humedad en las nalgas y no resulta tan insufrible como esperaba. Me animo a seguir lentamente, juntando la espalda al resto de la superficie helada mientras vigilo que los pies desnudos en la bañera no pierdan el equilibrio. Primero la espina dorsal, luego el resto de la columna hasta llegar a los hombros. Cada segundo que espero la insufrible parálisis del músculo me calmo, pues el dolor mudo –tampoco es dolor exactamente– que provoca el frío en zonas tan sensibles no me inquieta tanto como otras veces, aún siendo tan exagerado como siempre.

No es nada. No es nada comparado con la muerte de mi padrino que me han comunicado hace unos instantes por teléfono. Alguien cuyo último recuerdo que tengo es una discusión acabada con un súbito maldito cabrón y un portazo.

– Cuando regrese lo arreglaré- me repetía hasta ahora. –Cuando vuelva lo arreglaré.

Y así hasta ahora, sin haber arreglado nada de nada.

Lo peor de las purgas, desde el ayuno hasta la castidad o cualquier tipo de auto-castigo no es su supuesta inutilidad o todos los reproches vitalistas contra la ascesis (resentimiento, debilidad, etcétera), sino que todas ellas, en mayor o menor medida, son bastante siniestras.

–Pero espera un momento ¿Realmente crees que es una purga esta chiquillada de la ducha? Y él, ¿No te sacaba de quicio? ¿No propiciaba un ambiente insufrible de enfado y malvivir en tu hogar de siempre? ¿No era alguien inmaduro, caprichoso e incluso mezquino a veces? ¿No te insultó a ti, a tus padres y al resto? Sí, pero no arreglaste nada, lo dejaste ahí y ahora que ha muerto ya empieza a rodar la maquinaria de la memoria. Esas huellas de lo que fue y no arreglaste estarán ahí, como el frío, impasibles a lo largo de los años.
–¿Entiendes ahora esta prueba con el frío?
–Sí.
–¿Te sientes mejor entonces?
–No.

Descanse en paz.

LA PENA

Sumido en una inconsolable pena por haber perdido a su mujer, C. S. Lewis escribe:

Si H., “no es”, entonces nunca ha sido. Me he confundido y he tomado a una nube de átomos por una persona. No hay, nunca ha habido nadie. La muerte tan sólo revela el vacío que siempre ha estado allí. Pasa que tenemos por seres vivos a aquellos que aún no han sido desenmascarados. Todo el mundo está en quiebra, solo que a algunos esa quiebra aún no les ha sido declarada. (Lewis, A Grief Observed, 23-4)

E inmediatamente, para tratar de escapar al atolladero en que se ha metido, Lewis intenta reflexionar:

Pero esto no puede tener sentido: ¿el vacío revelado a quiénes? ¿A los declarados en bancarrota? A otras cajas de fuegos artificiales, otras nubes de átomos. Nunca creeré –más estrictamente, no puedo creer– que un conjunto de acontecimientos físicos pueda ser –o hacer cometer– una equivocación acerca de otro conjunto de acontecimientos.

Es verdad: que el mundo sea una apariencia es verosímil. Que los sucesos del mundo sean ilusión también lo es. Pero entonces, ¿Qué propósito tiene caer en el error y la ilusión? Más aún, ¿para qué sirve darse cuenta del error? Gratuita consciencia que descubrimos en la desesperación. Cuando una pena es muy honda, nos sobreviene acompañada por la sensación de gratuidad y de una inmensa e irreparable injusticia que nos sume en lo que deberíamos llamar, pese a la grandilocuencia de la expresión: “desengaño existencial”. El nihilismo suele ser la vía de escape para este tipo de desengaño. Pero la trampa en que nos encontramos es mucho más terrible que cualquier argumento o argucia hecha de palabras. Si sólo hay alrededor de nosotros una nada insondable y opaca y nosotros mismos somos parte de ella: “¿cómo o por qué una realidad ha florecido (o se ha podrido) aquí o allá hasta convertirse en ese horrible fenómeno llamado consciencia?”, se pregunta el inconsolable Lewis (Ibid., 25).

La consciencia de mi pena desmiente a la nada. En efecto, puedo desmerecer mi propia desgracia transportándome a las estrellas para asumir el punto de vista de Sirio; siempre puedo –por así decirlo– ir con Dios

(Eso es la resignación.)

pero tarde o temprano retorna mi dolor, –ay, esa tristeza tan grande, mi pena, mi horrible desconsuelo–, Sirio se desvanece en ese tenebroso infinito que nada tiene que ver conmigo y el nihilismo, excusa de humano mal pagador, se revela como una inútil coartada desmantelada por mi también humana voluntad de sentido.

No hay escapatoria.

(Vuelve pues a tu pena, infeliz.)

TAN VULGAR

¿En cuántas cosas somos vulgares, y a veces sin quererlo? A ver, aquí van unas cuantas:

– el cigarrillo
– el miedo a morir
– “el llamado de la selva”, que es como denominan las mujeres a su claudicación ante la ideología de la maternidad
– las baratijas de la notoriedad
– atribuir un determinado espíritu a cada edad biológica
– creer que ser de izquierdas es más inteligente
– sentir respeto y hacer culto de la Revolución Francesa
– poner los ojos en blanco cuando se habla de Proust
– afirmar que Fulano “aún no ha resuelto su vida” (¿quién lo ha conseguido alguna vez?)
– defender que no hay contenido en la felicidad
Carpe Diem
– presumir de psicópata sentimental
– dar autoridad inapelable a los hechos (o a las cosas mismas)
– confundir una metáfora con un pensamiento
– no tener afición y estar cargado de vicios
– negar el valor del dinero
– hacer de la amistad una cruzada (para después traicionarla)
– mostrar signos de orgullo hispánico
– en los hombres, dejarse crecer la barba; en las mujeres, usar el tacón bajo
–- hablar en voz muy alta

(Para ya, no seas pedante y resentido, que eso también es muy vulgar.)

ENAJENACIÓN

Mientras divago acerca del crimen perfecto doy por casualidad con un libro de Jean Baudrillard que se titula precisamente así. En la página 33 descubro un pasaje desconcertante, lo que no es nuevo puesto que Baudrillard era un autor imprevisible que tanto podía resultar de incomparable lucidez como, en otro momento, parecer un cretino. El pasaje reza:

Se ha insistido mucho sobre la alteración del objeto por el sujeto en la observación. Pero nadie se ha planteado el problema de la alteración inversa y su efecto de espejo diabólico. Ahora bien, las situaciones interesantes son aquellas en que el objeto se oculta, se hace inaprensible, paradójico, ambiguo, e infecta con esta ambigüedad al propio sujeto y su protocolo de análisis.

Hasta aquí, la fórmula escogida por Baudrillard se apoya en un argumento de simple inversión: si todo el mundo se fija en el sujeto, pues mira, yo me fijo en el objeto. Pero la observación resulta interesante pues:

a) llama la atención acerca de una situación harto habitual en la que el sujeto se enajena en el objeto y sufre lo que bien podríamos llamar posesión; posesión debida a que el objeto es radicalmente ambiguo e indeterminable, llama todo el tiempo al sujeto y no le permite satisfacer su curiosidad;

b) el vínculo entre sujeto y objeto es efectivamente una “posesión” porque Baudrillard interpreta la condición del sujeto alterada por el objeto como “diabólica”

Y enseguida, tras especular con la posibilidad de que sea el objeto el que “descubra” al sujeto –lo que es un disparate– Baudrillard sugiere que en lugar de un descubrimiento puede que haya una auténtica invención del sujeto por el objeto. La invención sólo sería posible si la enajenación fuera completa, como es característica del pensamiento animista y de cierto misticismo benjaminiano, donde se imagina que las cosas entablan relaciones entre sí con independencia de quién sea que las determine como tales.

Un objeto ambiguo, inasible, inapresable, resulta un objeto fatal porque su indeterminación lleva al sujeto a completarlo: lo que mi conciencia no logra determinar en ti lo pongo yo; y así, me hago la ilusión de que resuelvo ese enigma escandaloso que me plantea tu existencia. Hacemos esto todo el tiempo con lo que no alcanzamos a entender. El sujeto pone en el objeto lo que detecta que falta en este y su procedimiento le permite un juicio. Así pues, puede pensar de manera consistente un objeto indeterminado sin enloquecer, esto es, Kant básico. La diferencia con la kantiana facultad de juzgar es que el juicio reflexionante kantiano favorece la comunicación mientras que Baudrillard describe un crimen y una enajenación completa y el riesgo de perder la razón puesto que, tal como lo piensa Baudrillard, el sujeto no ve otra cosa que él mismo en el objeto, dicho de otra manera, se convierte él mismo en objeto.

En la medida en que el objeto precede, por su característica ambigüedad, al sujeto que intenta hacerse con él, está causalmente antes que el sujeto y, por esto mismo, es constituyente de él. Sólo se me ocurre un contexto en que el objeto constituye, por así decirlo, al sujeto que lo determina. Este sería el caso del enamoramiento, supuesto que dicho estado tenga lugar y no sea más bien una simple enajenación en la que el sujeto renuncia a su propia condición para “hacerse” literalmente objeto. Semejante “posesión” del enamorado es, ciertamente, diabólica puesto que su experiencia consiste en una descomposición de la propia instancia subjetiva en dos pautas incompatibles: de un lado un yo que se enajena o sale de sí en la pulsión erótica; y del otro, ese mismo yo devenido imposible objeto de su pulsión en una suerte de encantamiento que, en última instancia, tiene todos los visos de ser un narcisismo desenfrenado.

¿Cuál sería la pauta del proceso contrario a esta enajenación? No se trataría tanto de desprenderse del objeto –cosa imposible porque el sujeto está enajenado en el objeto, ha devenido uno con él, se confunde con él y no puede eliminarse a sí mismo como no sea suicidándose (y, de hecho, está lleno de enamorados suicidas)– sino por medio de un retorno a la condición subjetiva, es decir, a la propia subjetividad, lo que las terapias de autoayuda denominan de forma trivial “recuperar la autoestima”.

Pero recuperar la autoestima es un consejo estúpido puesto que fue precisamente un exceso de confianza (o de autoestima) del sujeto lo que llevó a su enajenación en el objeto. No, la clave de salida está sin duda en las manos del objeto

(Claro, si no, ¿por qué creemos en el Diablo?)

y lo único que el sujeto puede hacer para salvarse es practicar una especie de exorcismo psicomágico, a la manera de los consejos que suele dar Alejandro Jodorowsky.

Con toda franqueza, la solución de Werther es luctuosa, pero parece mucho más elegante que la psicomagia.

EL CRIMEN PERFECTO

Ningún crimen puede ser perfecto porque (dícese) el mal no puede –o no debe– triunfar. Una obstinada resistencia hace pensar que no puede ser, que el mal no existe, que la existencia lo desmiente, que todo lo que es necesariamente es bueno en razón de su íntima naturaleza y condición. Y, por una típica vuelta de tuerca, se piensa que si algo es, entonces es bueno que sea.

Qué bueno que existas, qué bueno haberte conocido, ha valido la pena, etc…

(¿El mal no existe? ¿El mal no puede triunfar? Yago no lo piensa así.)

Vaya, hoy nos hemos levantado metafísicos.

MANÍA

Ión habla por boca de un dios (o de un verdadero poeta o de su musa) pero no lo sabe. Cree ser el mejor estratego de la Hélade porque puede recitar la disposición de una batalla tal como aparece en un poema que ya no recuerda haber aprendido de memoria. Confunde el saber con la experiencia de saber; algo que puede resultar sumamente engañoso. A Ión lo domina una manía que los románticos confundían con la inspiración y, en el paroxismo de sus propios delirios razonados, con la llamada ”creación”.

(No está solo: el mundo está lleno de papanatas y pobres de espíritu que se creen ”creativos” solamente porque son presa de la locura. La locura no tiene nada que ver con la creación sino con la muerte.)

¿Pero alguien estuvo alguna vez ”inspirado”? Nunca. En una entrevista que dio en Barcelona dos años antes de morir (y de la que he sabido por Elisenda Julibert) Susan Sontag hace un par de observaciones pertinentes a propósito de la creatividad y la inspiración. Por una parte afirma que toda creación se apoya en alguna especie de disidencia y sostiene que para crear es preciso disentir u oponerse a alguna pauta establecida; opinión que recuerda a los tópicos de la heroicidad del artista romántico pero que no obstante contiene algo de verdad, cuando menos si tenemos en cuenta el ejemplo de aquél que introdujo el primer novum en el mundo –Jesucristo–, quizá el más conspicuo de los disidentes.

Y por otra parte Sontag describe someramente en la entrevista cuánto esfuerzo pone en hacer creer que todo lo que le sale del caletre es natural y espontáneo, que viene ya arropado en una forma y que está inspirado, cuando en realidad es el producto del trabajo, la dedicación y de una técnica sutil de simulación que le sirve para borrar las huellas de su artesanía.

No hay inspiración, no hay creación, ningún dios nos habla al oído. Sólo hay (cuando la hay) manía, que es muy poca cosa. Así pues, por mucho que nos duela en el alma romántica, cabe concluir que quien se presenta como un creativo maníaco es casi con toda seguridad un vulgar farsante.

IMAGINAR (III)

Los siempre sugestivos vericuetos de Wittgenstein. Encuentro entre mis anotaciones este pasaje extraído de uno de los batiburrillos que sus albaceas von Wright y Anscombe compilaron bajo el título Gramática filosófica:

[…] “¿hablamos acerca de mi comprensión o de la comprensión de otras personas?”
“Sólo yo puedo saber si entiendo, los demás sólo pueden conjeturar.”
“Él entiende es una hipótesis; ‘Yo entiendo’ no”.
Si esto es lo que decimos, entonces concebimos “entender” como una experiencia, análoga, por ejemplo, al dolor. (Wittgenstein, Phil. Grammar, 83)

Y me acuerdo de…

–No has entendido nada, Enrique.
–¿Pero cómo puedes tú saber lo que yo he entendido?
–No te entiendo.
–Yo tampoco.
–A ver si me entiendes.
–¿Pero cómo?

Wittgenstein continúa:

La gente dice: “No puedes saber si entiendo o no (saber si me complace o no), etc.; no puedes mirar dentro de mí.” “No puedes saber en qué pienso”. Sí, pero eso es así mientras no se te ocurra pensar en voz alta y no nos interesa aquí la diferencia entre pensar en voz alta (o escribir) y pensar en la imaginación (Ibid.).

Cada uno de nosotros es una mónada hermética, inalcanzable, un mundo que el otro sólo puede imaginar; y ahora que imagino lo que entiendes o lo que te complace, ahora que creo entenderte con toda certeza, preferiría no haberlo sabido nunca.

IMAGINAR (II)

En 1863 un Nietzsche muy joven anota:

La virtud que embellece a una cosa es una cierta propiedad cósmica o una fuerza capaz de descubrir relaciones con el conjunto del mundo. La actividad de la imaginación [Phantasie] consiste en hacer ver que cualquier cosa se puede transformar en otra […] ( Notas sobre Emerson, en Beck-W., II, p. 259) (Nietzsche, Libro del filósofo: 172)

¿O sea que imaginar es hacer ver que cualquier cosa se pueda transformar en otra? ¡Qué peligro! Piensa lo que sería el mundo en perpetua e inevitable transformación. Un sueño absoluto. Un espanto de incertidumbre. Cuánto mejor sería no ser capaz de imaginar nada y permanecer como un hombre literal, o sea, como un perfecto palurdo.

(Como uno que juega al dominó.)

La fantasía es un inútil resabio de la infancia; y aún peor que dejarse ganar por ella es tener la conciencia de poseerla, algo que sólo se descubre cuando uno se lleva un tremendo fiasco.

IMAGINAR

Hay, cuando menos, un libro brillante sobre la imaginación (Maurizio Ferraris. La Imaginación. Traducción de Francisco Campillo García. Madrid: Visor-La Balsa de la Medusa, 1999.) al que remito si se quiere aprender algo acerca de lo que los filósofos han imaginado sobre lo que es imaginar. Mejor dicho, no tanto acerca de lo que es imaginar sino de la idea de la imaginación que, por cierto, es bastante extraña.

Darse a uno mismo la imagen de algo: eso es en definitiva de lo que se trata al imaginar. Pensar en algo como si se tratase de un recuerdo y evocarlo en imagen, lo que es también una ocurrencia. Aunque imaginar no es solamente darse a uno mismo algo como imagen sino también caer seducido por la imagen que uno mismo se da. Imaginar, por lo tanto, es una inclinación natural de los narcisistas, por poco imaginativos que sean.

Kierkegaard lo señaló en esa tendencia –tan moderna– del Seductor a vivir algo, cuando menos, dos veces:

El espíritu poético era ese “plus” que él mismo agregaba a la realidad. Ese “plus” era lo poético que él gozaba en una situación poética de la realidad; y volviendo a invocarla en forma de imaginación poética, gozaba de ella por segunda vez; de modo que así, en toda su existencia, él sabía sacar partido del placer. En el primer caso gozaba del objeto estético; en el segundo, gozaba estéticamente su propio ser. (Kierkegaard, Diario del seductor: 9)

Así pues, imaginar es como gozar de uno mismo en la experiencia del goce. Mejor dicho, gozar poéticamente del acto de producir una imagen y, naturalmente, quedarse atrapado en ella y en la propia facultad de imaginar. Uno imagina algo o imagina al otro y, al final, uno acaba por inventárselo todo. Cree estar gozando en una experiencia inefable cuando en verdad lo que experimenta sólo es un espejismo de su propia fantasía, un producto de su imaginación. Hay aquí una terrible paradoja, porque para ser estéticamente sensible en la experiencia del mundo es preciso ser al mismo tiempo un individuo muy imaginativo, un ser poético, lo que inevitablemente conlleva caer víctima –desdichada víctima– de la propia fantasía y reemplazar el mundo verdadero por una imagen.