SIMPATÍA

¿Qué es la simpatía?

Diderot escribe:

Es este impulso veloz, súbito, irreflexivo, que toma y une dos seres el uno al otro, a primera vista, de golpe, en el primer encuentro; porque la simpatía, incluso en este sentido, no es una quimera. Es el atractivo momentáneo y recíproco de alguna virtud. De la belleza nace la admiración; de la admiración, la estima, el deseo de poseer, y el amor. (Œuvres Esthétiques,Essais sur la peinture III. París: Éditions Garnier Frères, p. 700)

Etimológicamente, el término simpatía procede del latín simpathía, y este del griego συμπ?θεια(sympatheia), palabra compuesta de συνπiσχω + = συμπiσχω, literalmente “sufrir juntos”, “tratar con emociones”.

Diderot, parece tomar en cuenta la noción común del término simpatía relacionada con una comunidad de deseos y sentimientos positivos. La simpatía no es una quimera, –afirma–, es decir, no es aquello que se propone a la imaginación como posible o verdadero, no siéndolo; sino un atractivo mutuo, un deseo y una inclinación afectiva que se da de manera espontánea. Pero, lo que no ha tomado en cuenta, es otro sentido que subyace en la etimología de la palabra en griego, que también implica “sufrir juntos” o “sufrir con”. “Sufrir con” implica que yo sepa ver al otro como otro e incluye una cierta convergencia, un poder escuchar lo que afecta a otro, aunque yo no esté afectado por lo mismo. Implica, no sólo poder conversar o dialogar, sino poder “oír” su silencio. ¿A qué se debe el que no podamos acompañar al otro cuando sufre? ¿Cuál es la razón de no poder callarse? Gadamer sostiene que:

El no oír y el oír mal se producen por un motivo que reside en uno mismo. Sólo no oye, o en su caso oye mal, aquel que permanentemente se escucha a sí mismo. (Verdad y método. Salamanca: Edics. Sígueme, 1998, p. 209).

Es decir, podemos pensar que la simpatía implica no sólo tener una comunidad afectiva y positiva con otro, también implica un hacerse capaz de apertura al otro y viceversa, cuando el sentimiento está relacionado con algo que hace sufrir. Cuando este atractivo es recíproco, tanto en un polo positivo como negativo, uno siente que la vida nos ha regalado una presencia del otro auténtica.

Otra manera de decirlo es como lo canta el trío Simpatía con su canción: Con tres palabras. La letra dice así: Con tres palabras, te diré, todas mis cosas. Las tres palabras son: ¡Cómo me gustas! Para escuchar la canción, ir al enlace:

http://espanol.video.yahoo.com/watch/4889155/13029552

DOCTA IGNORANCIA

Una expresión reconocible de la muerte abunda en muchos filmes. Es la dibujada en el rostro de quien muere por un disparo, una puñalada o una insuficiencia corporal repentina (cardíaca, respiratoria, etc.), y deja en la cara un semblante que oscila entre la sorpresa y la fatal conciencia de la situación. Dicho semblante consiste en unos ojos abiertos súbitamente, fijos en ningún lugar; las cejas tensas al alza y la boca entreabierta. No encuentro mejor modo de referirme a él con otro nombre -pues desconozco si tiene uno propio- que el de No puede ser. Un rostro No puede ser que acoge tanto la sorpresa como una conciencia extrema: esto no puede estar sucediendo (pero efectivamente lo está).

-Como todos los detalles de la ficción, lo peor de ellos es que se entrometen en la realidad-.

La muerte de la conciencia es a su vez la conciencia más intensa de estar muriendo, y también de saber lo que la muerte es. Paradójicamente, morir consiste en no tener ya conciencia alguna. Místicos e idealistas confluyen aquí y el máximo conocimiento (la unión con el uno- superior o el Yo absoluto) es la disolución de cada uno de nosotros. Como la flor de agave, en la que el instante de máximo florecimiento coincide con el de su muerte. No hay aquí ningún juego conceptual, se intuye con facilidad que el máximo conocimiento se alcanza cuando la cantidad de conocimientos es ya insuperable, y esto se resistirá hasta la muerte si ésta, tomada como un conocimiento más, sólo se conoce en su totalidad cuando acaece.

Por todo esto mira a los tres monos sabios. Se tapan la boca, los ojos y los oídos. No sólo se privan de conocer algo completamente,sino que resisten tanto a la muerte como al No puede ser. No quieren morir. Actúa como ellos, o a cambio las sorpresas inesperadas, incomprensibles, siempre se presentarán mortales de necesidad.

BAJO EL AGUA

La vía de la introspección se parece a muchas cosas: a un erizo que se cierra, a un guante dado vuelta o a un turbante. Se parece al remolino en el vórtice, que permanece fijo mientras las aspas giran y giran y giran… Pero sobre todo la introspección se parece a sumergirse en el agua hasta lo más profundo.

(Quedarse así, quieto y callado allí abajo, en lo más hondo de uno mismo.)

SAMARCANDA (II)

Pensemos ahora en algo que resulta previsible porque tiende a repetirse, como ocurre con la respuesta del neurótico ante una situación que se asemeja al viejo trauma que causó su conducta insensata.

(¿Que por qué me comporto así? No te hagas el tonto, si ya te pasó una vez, infeliz. ¿Qué es lo que te extraña?)

En una repetición también tiene lugar algo que parece predestinado. Bastaría con instruir convenientemente al desdichado que se repite y así evitar que cometa el mismo error y no vuelva a cometer las mismas tropelías o no sucumba al vértigo de la repetición. Si así lo hiciéramos sería casi lo mismo que proponerle una vía para escapar de su destino, que es repetirse. Es lo que se propone el psicoanalista (o el buen amigo) cuando sugiere: “Mira aquí, ve con cuidado, que te repites.”

(Como la Muerte, que siempre se repite y que, sin embargo, es cada vez única –observa Derrida.)

No obstante, seguir el consejo del psicoanalista, cuando algo tiene todos los visos de estar predestinado que ocurra, es como creer que se puede engañar a la Muerte escapando a Samarcanda. Una vez determinado, el destino no da escapatoria posible como no sea el asistir a su confirmación; y justamente aquí, en la confirmación del hado funesto, debería hallarse la pauta que sirve para consolarnos por nuestra desgracia. ¿Qué pasa cuando no encuentras consuelo en la confirmación de la repetición? Sientes que lo que estaba destinado a suceder, a ti o al infeliz que se repite, no se ha confirmado.

Y eso que sientes, amigo mío, es aún más terrible porque, a diferencia del destino que se cumple, no hay manera humana de entenderlo.

SAMARCANDA

Supe de este pequeño relato de Las mil y una noches por una cita que hace de él Clément Rosset en Lo real y su doble: Ensayo sobre la ilusión, libro que yo mismo traduje para Tusquets Editores, en 1993. El relato dice así:

Érase una vez en Bagdad, un Califa y su Visir… Un día el Visir se presentó pálido y tembloroso ante el Califa:
–Perdona mi espanto, Luz de los Creyentes, pero delante del palacio he tropezado en medio de la multitud con una mujer. Me he dado la vuelta y he visto que esa mujer de tez pálida y cabellos oscuros, envuelta su garganta con una bufanda de color rojo, era la Muerte. Al verme ha hecho un gesto hacia mí. […] Puesto que la Muerte me ha venido a buscar aquí, Señor, permitidme que huya a esconderme en Samarcanda. Si me doy prisa, estaré allí esta misma noche.

Dicho lo cual, el Visir se alejó del lugar al galope de su caballo y desapareció en medio de una nube de polvo en dirección a Samarcanda. El Califa salió entonces de su palacio y también él se encontró con la Muerte:
–¿Por qué asustas a mi Visir que es un hombre joven y de buena salud? –le preguntó.

Y la Muerte le respondió:
–No he querido asustarlo. Sucede que al verlo en Bagdad, hice un gesto de sorpresa porque esperaba encontrarlo esta noche en Samarcanda.

Rosset comenta que, en el relato, la predicción se cumple por el mismo gesto que intenta conjurarla y añade que el Visir no sería capaz de dar cuenta de la naturaleza de su desengaño, que es el escamoteo de lo real por medio de un doble.

Yo añadiría algo a propósito del destino, cuya cualidad más sobresaliente es que proscribe toda afirmación de la libertad, entre ellas, la interpretación libre de sus signos. El destino es precisamente ineluctable porque sus designios no pueden ser interpretados sino en el sentido de que han de cumplirse inexorablemente. La necesidad sobrepasa el orden del acontecimiento y alcanza el orden de la significación.

Pero esta constancia deja pendiente otra cuestión, quizá tanto o más inquietante que la primera. Que podamos prever un destino y reconocerlo como inexorable tampoco nos hace más libres respecto de sus necesarias consecuencias sino más proclives a caer en el engaño y, a la postre, a hundirnos en la desgracia. Que yo supiera que ibas a hacer esto o aquello no me ha permitido ponerme a cubierto de tus actos puesto que la predestinación –conjurada en la previsión– se mantiene intacta en lo imprevisible de la forma del acontecimiento, es decir, en su manera de producirse.

Sólo una incontenible estupidez nos impide pensar que toda desgracia es, justamente por desgraciada, inevitable; y –oh ilusión vana– que es inútil intentar escapar a la cita en Samarcanda.

LA EFIGIE

Dos usos contradictorios que hacemos de las imágenes y, no obstante, ambos responden a la misma idolatría. En uno de ellos evocamos al ausente por medio de una efigie que permite la adoración, el simulacro de una imposible compañía y, en la religión, el culto de lo que no está ni se ve. Por ejemplo, así usamos la imagen del dios, del santo, o del ángel de la guarda.

Con el otro uso se busca exactamente lo opuesto a la evocación de aquel que no está. En la imagen, que en uno u otro caso es un doble, se trata mantener al otro en su representación, pero muy alejado de nosotros para que no nos haga daño. También se trata de mantenerlo a salvo (y nosotros a salvo de él): es lo que tiene de ambiguo el culto a los muertos y la razón por la que está encerrado el Genio en la lámpara de Aladino.

En el primero de los usos la efigie nos mantiene unidos a un recuerdo consolidado que, con el tiempo, se hace de piedra y se resquebraja como las ruinas que asoman en casi todas las ciudades europeas. Pero también cambia la imagen en el segundo. Poco a poco va perdiendo la magia protectora que en un inicio tenía hasta que acaba por convertirse en un fantasma que nos persigue o nos amenaza.

Y entonces nos hacemos iconoclastas. Destruimos todas las imágenes.

LICUANTE

Descubro la delicia del chill-out, una especie de rumor musicalizado que al repetirse embota los sentidos. Suena vulgar y hasta tonadillero, con sus falsas complicaciones tramadas a partir de series de arreglos electrónicos encabalgados unos sobre otros. Desde el punto de vista musical el chill-out es abominable, pero su finalidad principal, que es suspender la acción de la memoria, resulta efectiva pues consigue que me olvide de casi todo. ¿Cómo lo hace? El chill-out produce un efecto licuante.

(Devenir líquido, como cuando se atraviesa el océano Atlántico durante varios días asomado a la nada, mecido por las olas, rodeado en todas partes por el agua, a todos los lados: la inmensidad del océano. Todo se hace agua. El pensamiento y la memoria se licúan y uno mismo se siente como un recipiente lleno de agua.)

Licuante. Placer licuante se titulaba una novela erótica de Luis Goytisolo: feliz hallazgo; no podía haber encontrado un adjetivo más exacto para definir el grado supremo de la experiencia erótica, cuando todo se hace líquido y asoman los jugos más íntimos del cuerpo junto al esperma, el sudor y la saliva.

Ya ves, el chill-out es mind eraser pero no consigue borrarlo todo. Suena el melotrón de Ulrich Schnauss y enseguida se hace voluptuoso, licuante, como cuando vas a toda velocidad en la motocicleta bajo la lluvia y el agua te cae a chorros por las comisuras del cuerpo.

(Anda ya, memoria, déjame en paz.)

DAR EXAMEN (II)

Hace unos días un conocido se aferraba a la idea según la cual su asistencia a un curso de acceso universitario para mayores de 25 años tenía como objetivo ponerse a prueba mediante la realización del examen oficial. En su actitud parece pasarse por alto que el examen lo pone el sistema educativo al servicio de la norma reguladora y que, por tanto, no responde a un antojo individual, razón por la que tal vez sea preferible no dejarse llevar por la falsa o inocente creencia según la cual el examen lo pone uno mismo.

Si eso fuera así entonces ¿porqué copiar? ¿porqué realizar la prueba mirando los apuntes de soslayo?

Miren, no es esta una cuestión moral, me parece perfecto que los alumnos copien, precisamente porque se encuentran obligados a realizar esos exámenes, en su mayoría, infumables; el problema radica en confundir el ponerse a prueba con el pasar la prueba: ¿se imaginan a un monje que únicamente se entregue a la realización de ejercicios ascéticos cuando se siente vigilado?

La diferencia entre ponerse a prueba y un examen podría ser la siguiente: mientras que la primera goza de la voluntad de un individuo que desea ejercitarse para conocer sus límites, la segunda, responde a la tarea encomendada por la voluntad general a la que el examen representa; cuestión que consiste en discriminar y dictar la aptitud o no en base a una norma. En definitiva, que el examen es un regulador.

Si apruebas, eres apto y por ende, puedes acceder a la universidad, de lo contrario te quedas fuera; ese es el resultado que se obtiene del examen en cuestión.
No es de extrañar que el objetivo de dicha prueba de aptitud sea un cedazo a través del cual permitir adscribir un sujeto a la normalidad, sobre todo no lo es, si atendemos a la siguiente curiosidad:

se denomina examen a la aguja que, en el centro, indica el peso de la balanza y equilibra los platillos. (San Isidoro de Sevilla. Etimologías. Madrid: B.A.C. 2004 (p, 1145).

Si dejamos de lado al santo y dirigimos nuestros pasos al libro Vigilar y castigar, en él encontramos que casualmente, el autor escribe sobre el examen en un capítulo titulado “Los medios del buen encauzamiento”. También en dicha obra se atribuye como objetivo del nacimiento del examen, el erigirse como una más entre otras técnicas al servicio de la jerarquía que vigila y a las de la sanción que normaliza.

Y, no, no creo que haya que demonizar a los exámenes, en ese punto también estoy de acuerdo con el autor:

Hay que cesar de describir siempre los efectos de poder en términos negativos: “excluye”, “reprime”, “rechaza”, “censura”, “abstrae”, “disimula”, “oculta”. De hecho, el poder produce; produce realidad. Michel Foucault. Vigilar y castigar. México: Siglo XXI editores, 2001 p, 198).

Que nadie se confunda, los exámenes son necesarios, gozan de una clara intencionalidad: marcar la norma; lo que Foucault califica como producir realidad.

En todo caso podría aceptar que uno se pusiera a prueba mediante una prueba calcada de la original pero cuya nota no tuviera valor oficial, dado que entonces, sí queda claro que uno se plantea un reto a sí mismo, se ejercita, practica…
Lo más curioso es que la explicación que esgrimía mi conocido provenía de la desmotivación que sentía al realizar los exámenes sin repercusión oficial (pese a ser calcos de éste), cosa que pretendía utilizar, supongo, para justificar su suspenso.

En algunos casos confundimos la ascesis con la penitencia; si no que vengan y se lo expliquen a un amigo que lleva un tiempo más que prudente conduciendo moto y ahora por motivos varios está obligado a presentarse una y otra vez a… ¿cómo llamarlo? ¿a su ascesis?

No, no, llamémoslo por su nombre: a examen, es decir, a pasar por el aro, menuda penitencia…

DAR EXAMEN (I)

En una prueba cualquiera, por ejemplo, en un examen, el individuo corriente persigue una finalidad que es sumamente vulgar: trata de pasar la prueba, de aprobar el examen; y casi sin darse cuenta, una vez pasada la prueba, se coloca nuevamente en posición de examinando y se dispone a someterse a la inevitable prueba subsiguiente, porque –según se mire– nuestras vidas parecen estar compuestas por innumerables exámenes y pruebas y ordalías. Hay toda una propedéutica de la prueba. Así, los deportistas, por ejemplo, que son gentes muy, pero que muy simples, experimentan un goce absurdo cada vez que se ponen a prueba. No es la prueba en sí lo que los entusiasma sino el ponerse a prueba; y lo mismo hacen los estudiantes crónicos que, como están “en formación permanente”, nunca quieren terminar de formarse. A una carrera sigue otra, a un Master de empresa, un curso de meditación trascendental, etc. Dar examen es el simulacro mayor de una realización que estos individuos sólo conocen por sus sueños.

(Y los sueños, como apuntó Wittgenstein, casi nunca se cumplen.)

Pero también hay quien es cada vez uno distinto en cada ocasión que se pone a examen y que ve cada prueba como una alternativa nueva para encontrarse consigo mismo, en un extraño ejercicio de solipsismo que deja, por una vez, todas las finalidades y los proyectos fuera, como quien leaves the worries on the door step.

Ese practica la verdadera disciplina que, como dice Jünger, crece dentro de uno como una semilla.

LOS USOS DE RAMEAU

Entre las cualidades más sobresalientes de la tecnología digital está la versatilidad, la capacidad proteica de convertir cualquier cosa en cualquier otra cosa. Se diría que, como técnica, es una potencia metafórica. Puedo escoger el color de una escritura para dar a una respuesta escrita una tonalidad deliberada, puedo componer una fotografía para suprimir la presencia de alguien indeseable en una toma, como hizo Stalin con Trotsky, o puedo usar de mil maneras a Rameau.

Usé L’Egiptienne como tono de llamada del teléfono de una mujer que quise mucho. Lograba así que su llamada telefónica, que yo siempre esperaba con expectación, me alcanzase dos veces: primero a través de los compases de la suite de Rameau y enseguida a través de su voz inconfundible.

La mujer ya no existe, pero acabo de escuchar Les Tourbillons, una pieza muy breve de Rameau que remeda unos remolinos acuáticos en el clavicordio. Como su nombre indica, debería haberme hundido en el torbellino de las notas. Sin embargo, no fue así, escucharla no asoló aún más mi castigada alma sino que la llenó de gozo y me recordó que Rameau aún puede servir para incontables circunstancias felices, que el mar se retira y vuelve siempre cuando sube la marea, que a una estación sigue otra, y otra, que cualquier cosa, en definitiva, puede dar motivo de felicidad, tan sólo se trata de que aprendas a usarla debidamente.