WE COME APART TO INTERTWINE

Nos separamos para entretejernos. Es un verso de una canción rock. En él se encuentra un oxímoron, como en los famosos presencia de una ausencia o el célebre donde hay peligro, también habita lo que salva. El pensamiento dialéctico, desde Platón hasta Hegel, permite enlazar ámbitos muy dispares (incluso contrarios, como movimiento y reposo) y los hace dependientes entre sí.

…como suele decirse, llevan consigo a su enemigo y a su contrincante, y siempre marchan llevando en su interior un ventrílocuo, como el extraño Euricles. […] Pero, ¿qué ocurrirá si permitimos que todo tenga capacidad de comunicación recíproca? (Platón, Sofista, 251c-252e).

Ocurrirán la histeria o las arriesgadas conclusiones de métodos especulativos como los sociológicos, entre muchos delirios más. Max Weber puede establecer así un nexo causal entre el tipo de sistema económico (capitalismo) y la religión de la comunidad que ampara dicho sistema (protestantismo). ¿Pero no respondió Cristo “Al César lo que es del César” cuando le reclamaron tributos? ¿Qué relación causal tiene entonces una cosa con la otra? Lo mismo realiza Slavoj Zizek con un curioso paralelismo entre las manifestaciones intelectuales de Francia, Alemania y el mundo anglosajón en relación con el diseño de sus retretes.

Además del reflejo que determinada ideología pueda tener en la forma de un aseo, está en juego que todo sea susceptible de una relación rigurosa. Zizek, aparte de pasárselo bien –si observan cómo empieza el discurso, queda claro que es uno de sus propósitos–, parodia tanto los métodos sociológicos como la propia elasticidad del pensamiento para enlazar causas y efectos. ¿Eso significa que Zizek no cree en sus críticas a la ideología ni que, en el acto más banal del mundo, uno esté aún dentro del marco de la ideología? Por supuesto que sí, simplemente ya hemos dicho que trata de pasárselo bien (algo muy dialéctico por cierto). De hecho, su performance podría resumirse así:

–Ven aquí, ideología mía, nos separamos para entretejernos.
– Pero tú sólo quieres pasarlo bien.
– Por supuesto.

Histeria.

DISECCIÓN

En el desengaño sobreviene un cambio brutal en la relación del sujeto con lo real. Mejor dicho, tal como lo explica Clément Rosset, lo real se deja ver en su absoluta, su insoportable idiotez, sin representación que lo enmascare o que distraiga y encante al genio.

[…] el mundo se convierte de pronto en algo frío y desconocido, el hombre ya no capta los mensajes del mundo, como si hubiese sufrido una operación ubuesca de “descerebración”. El cuerpo continúa con vida, pero como vive la rana descerebrada por el bisturí del naturalista mientras patalea durante un tiempo sobre la mesa de disección del investigador: en ese cerebro que sigue funcionando pese a estar vacío ya no se inscribe nada que pertenezca al mundo, es un cerebro hueco, ausente de un mundo que ya no consigue impresionarlo (Rosset, Le Réel, 44).

(He visto agitarse a la rana, estaqueada con afileres sobre una placa de madera, en los laboratorios del Colegio Nacional de Buenos Aires. Recuerdo cómo boqueaba en pleno sufrimiento tanto como me recuerdo a mí mismo tocando su cuerpo disecado con el bisturí y mirando con curiosidad morbosa sus respuestas. Me sentía tan ataráxico y poderoso…)

Recuperar lo que es del mundo y lo real, aunque sea falso.

Hay que recomenzar de cero, volver a aprender poco a poco lo que uno sabía y que de golpe ha olvidado, recuperar pieza por pieza los miembros dispersos de lo real con la esperanza de que en algún momento se llegará a recuperar el tejido completo. Comenzar por las cosas simples, fáciles, elementales: volver a esperar por la mañana el despertar (yo existo y hay un mundo que existe, hay algo a mi alrededor); el cuarto de baño (existen los lavabos, existe el agua); la cocina (existe el café y el azúcar). (Ibid., 45)

Pero ¿cómo? Hay que emprender la disección al revés para descomponer o desarmar ese pesado bloque que forma el desengaño y que aplasta la propia conciencia arrasada. Trasegar el objeto, sustituirlo por la imagen de la rana disecada.

(Coge el bisturí. Piénsalo como una disciplina o una vocación, piénsalo como una empresa.)

PERFUME

En las fiestas del Carnaval de mi adolescencia circulaban unas botellitas que lanzaban perfume y se usaban en los bailes. Si alguno te disparaba con ellas recibías un chorro helado que te daba en la cara, en el cuello o en la espalda, como una estocada. Cada disparo era un dardo perfumado pero también un signo de que habías sido señalado por alguien, que eras algo -una presa quizás- para otro.

El perfume no es lo mismo que el olor. Huele, sí, pero el perfume es un olor artificial y, por decirlo así, ilegítimo, porque no está asociado a ninguna esencia de uno mismo, ninguna identidad. En un perfume conviven innumerables esencias; y sin embargo es como una huella o la impronta muy personal, una especie de sombra que nos acompaña y que no está generada por luz alguna. Cada uno de nosotros es un perfume, es decir, un tufo inconfundible que nace de la fusión de los olores del cuerpo y la química de una sustancia compleja, un tufo que embriaga al otro cuando se hace presente; o que tú mismo añoras del otro cuando no está.

No podemos escapar a nuestro perfume. Es preciso oler a algo para no ser cadáver, así pues, lo empleamos como indumentaria para el cuerpo.

(O como una mortaja.)

MELANCOLÍA

Se oye la voz engolada y cursi del locutor de la BBC. Anuncia que se va a emitir por esa cadena la segunda sinfonía de Brahms. El locutor la califica como “su obra más melancólica”, pero en cuanto suenan los primeros acordes se nota que, más que melancólica, es amarga.

¿Se puede identificar un estado de ánimo en una pieza musical? Desde el comienzo del romanticismo todos suponemos que es así. Incluso la costumbre –habitual en nuestra época mediática– de dedicarnos canciones usando enlaces para comunicar a los demás nuestro estado de ánimo, se funda en esta pauta romántica: “Te quiero igual”, “Soy lo que soy”, “Inolvidable”, “Despedida”, bla, bla. Cada canción enlazada en un correo electrónico es una saeta que apunta al corazón del otro y, a veces, una especie de ejercicio de ventriloquia: digo con la canción lo que no puedo expresar por mis propios medios y, de paso, dejo que otro hable por mí.

(A veces, esta práctica puede resultar mortal.)

La segunda sinfonía de Brahms podría ser enlazada como una canción de Shakira pero no estoy seguro de que fuera a ser tan precisa porque, en el fondo, no es ni melancólica ni amarga. Sin embargo, el locutor de la BBC parece muy seguro de lo que afirma, incluso da referencias biográficas del propio Brahms en las que éste que reconoce su melancolía.

Pero no, todo eso es mera “teoría del arte”: yo estoy melancólico, yo estoy amargado. Esa es la verdad. La música es el lado de mí mismo que se deja ver a los demás en la forma de un animus sonoro. Un Gemüt.

(¿Gemüt? Ay, no seas pedante…)

La melancolía es la sustitución del objeto perdido por la experiencia inconsolable de la pérdida; y la amargura es el temple que corresponde a esa experiencia y no hay música que pueda expresarlas. ¿Por qué caemos entonces en el engaño de creer que un compositor iluminado ha conseguido fijar lo que sentimos? Porque para sostenernos en la pequeña parcela del mundo que nos toca vivir necesitamos romantizar nuestra experiencia. Practicamos una especie de liturgia, la necesidad del romanticismo, en la experiencia del yo.

(Pero qué amargo es todo esto…)

LA FASCINACIÓN

La fascinación se define como una atracción irresistible que alguien siente por alguien o por algo. La fascinación ha quedado reflejada en muchas obras de arte, y una de ellas, nos la ofrece el pintor Ernest Normand (1859-1923), en el cuadro titulado Pigmalión y Galatea.

En esta composición se hace visible un hombre que contempla fascinado una escultura femenina de una gran belleza. Como estatua de mármol que es, Galatea no tiene ninguna expresión comunicativa que responda con algún signo a la mirada deseante de Pigmalión. Entre lo que se nos hace visible en este cuadro, quisiera destacar dos aspectos: el primero, está relacionado con el acto de la mirada. El pintor muestra un hombre fascinado ante la contemplación de tal producto de su fantasía, con cuya imagen nos presenta su ideal de belleza femenina. La admiración que aparece en esta mirada de fascinación es tal que, como se narra en el mito, el hombre desearía exclamar: ¡Ojalá existieras y estuvieras viva! (Como sabemos, en el mito, este deseo se hace realidad).

El segundo aspecto que quiero destacar, hace referencia a los gestos que con cada mano hace Pigmalión. Con la mano derecha y con los dedos flexionados, se toca la cabeza. Es un gesto con el que el artista ha podido querer significar un enigma que podría formulase como: ¿qué hace que una imagen nos fascine? Con este gesto parece significar la búsqueda que hace en sus recuerdos acerca de las resonancias de esta imagen con impresiones grabadas en su memoria y olvidadas. Con la mano izquierda, semi extendida, aparece un gesto como de precaución. ¿Contra qué habría que precaverse? Contra la quimera que su imaginación ha fabricado y que, precisamente, le ha alejado de la vida y de su encuentro con una mujer real.

Sobre la misma temática, el pintor inglés Edward Coley Burne-Jones (1833 -1898), pintó el cuadro titulado El Hechizo de Merlín. Esta obra se inspira en dos cuentos místicos, clásicos de la época medieval. El tema es extraído de la leyenda del rey Arturo. La heroína llamada Nimue, aprende los misterios del mago quien, por estar enamorado de ella, se los confía. Ella, haciendo uso de su astucia femenina los utiliza en contra del mismo Merlín y se produce una inversión de posición entre ellos: Merlín queda desposeído de sus poderes hipnóticos y pasa a quedar hechizado por Nimue, quien le abandona despectivamente cuando ha logrado su cometido.

Trasladándolo al terreno amoroso, podríamos decir que la metáfora del amor, que Platón narra en el Banquete entre el amante y el amado, no se ha producido.

¡Un desencuentro más!

UN GESTO

Fijémonos en como decimos adiós: estiramos el brazo dejándolo ligeramente flexionado, lo que denota cierta contención que disimula nuestras emociones. Movemos la mano a uno y otro lado de manera un tanto apocada, en lo que parece un gesto sin sentido. Sin embargo, esa acción corresponde a los restos, a la ya depurada gesticulación de un conato tan natural como es el de intentar agarrar algo. Asimismo podemos observarlo en la reacción de un niño ante la presencia de un objeto que desea poseer.

Es decir, que cuando un niño quiere algo que no está a su alcance, estira el brazo mientras abre y cierra de manera compulsiva la mano, en lo que es un claro intento de prensión, de intentar agarrar el objeto de su deseo. El observador comprobará como, con el brazo extendido, estiran sus diminutas manos repitiendo desacompasadamente el gesto que consiste en juntar y separar los dedos tras tocar la palma de la mano.

La cuestión es: ¿por qué se parecen tanto ambos ademanes?

La respuesta probablemente está relacionada con la temprana educación (guía) que damos a los pequeños que al encontrarse ante algo frente a lo que practican dicho aspaviento como intento de apropiación, sus más allegados les repiten aquello de:

–Dile adiós, dile adiós,- (mientras realizamos un gesto híbrido entre el del adulto y el del niño).

Quizá deberíamos dejar de preguntarnos en qué momento el hombre aprende a dar por perdidos o a abandonar sus sueños, quizá ese momento está ya en nuestra más tierna infancia.

VANITAS VANITATIS

Me dirijo de noche al centro de la ciudad cuando doblo una esquina para llegar a Gran Vía. En ella se encuentra un hipermercado de productos perteneciente a la cadena Veritas, que basa su fama en vender alimentos que tratados química o sintéticamente en ninguna etapa de su producción. Al pasar por delante me encuentro a un grupo de gente que, cerca de un cubo de basura que hay al lado del establecimiento, hambrean alimentos recogidos del suelo y de una caja de plástico que se encuentra ahí mismo. Ante mi asombro, ninguno de ellos presentaba algunos rasgos comunes a los indigentes que yo suponía: harapos, falta de higiene visible, especialmente en un pelo grasiento, zapatos sucios, cara sonrojada por posible ingesta de alcohol y un predominio de signos de vejez -o de un acelerado e incoherente envejecimiento- en sus caras. No iban todos juntos, lo que denota su práctica no planeada, pero sí tenían las mismas características: rozaban la treintena e incluso unos cuantos de ellos aún se encontraban en el decenio de los veinte. No vestían deshilachados sino con unas humildes prendas de colores (sólo por aspecto, pues sé que hay muchas tiendas donde puedes adquirir este tipo de ropa a un precio nada humilde) y que en ningún caso mostraban los efectos de un tipo de vida tan precaria como para obligarte a roer las sobras de comida.

Este cúmulo de cretinos convertían en equiparable la manzana en mal estado que el indigente muchas veces debe comer, con la orgánica que ellos sí aceptan mendigar, sólo porque es orgánica y no porque deban de rebajarse al no poder permitirse la comida, que es el caso del primero. Equivalencia irreverente para quien realmente lo pasa mal. Su actitud lo que hacía era convertir la mendicación en algo ocasional, como quien ahorra para comprar ocasionalmente ropa de marca –los alimentos orgánicos son mucho más caros que los corrientes-. Si fueran indigentes que hambrean usualmente estarían de peor aspecto, o ya habrían vendido las bicicletas que algunos montaban, para llevarse algo a la boca. No se rebajaban para obtener algo con lo que sobrevivir, que es el motivo por el cual uno puede llegar a humillarse como para buscar entre la basura, sino que lo hacían únicamente para conseguir algo de calidad. Fetichismo y del peor. Hambrear se convertía en algo frívolo y vanidoso.

Vanidad de vanidades, que actúa dialécticamente: hacer pasar por selecta la humildad conecta con un gusto selecto y nada humilde, que lleva a realizar sin embargo actos estúpidos, de pobreza moral e intelectual. La vanidad se vuelve vanitas cuando muestra por sus actos vanidosos (en teoría selectos) el pedazo de mierda que eres.

–Pero cállate y atrévete a morder la manzana podrida, si tanto criticas. Da igual si es orgánica o transgénica. Del polvo vienes y en polvo te convertirás.

INSONDABLE

Cuando años atrás oteé desde el puente de Santa Cristina el horizonte de San Sebastián, los efluvios pestilentes que emanaban del río Urumea me conminaron a bajar la mirada. A dejar de lado mi pose sobria, un tanto altanera, fruto del desdén que me acompañó durante buena parte de mi vida. Una vez allí, para intentar parecer impertérrito ante el resto de transeúntes que pasaban a mis espaldas indiferentes, me dispuse a lanzar al agua dos terrones de azúcar envueltos en un papel ajado, procedentes del café que acababa de tomar y que todavía conservaba en mi mano un tanto sudorosa.

De manera aparentemente automática, pero con todo un dispositivo bien estudiado, con mucha parafernalia me centré y concentré en aparentar la tranquilidad y autonomía que no disfrutaba en ese instante. Rasgué lentamente el papel que cubría el azucarillo mientras miraba de soslayo a ambos lados, y a la ausencia de curiosidad de los viandantes, se sumaron los pestilentes aromas que seguían golpeando mis fosas nasales. De modo que acabé por lanzar sendos terrones con toda la violencia contenida que alguien puede expresar contra tan diminutas víctimas. En ese momento, ora como manchas negras ora como relumbres de plata, los peces se desplazaban raudos por esas aguas, en cuyo fondo se intuían los restos de algún paraguas hecho jirones y alguna silla blanca repleta de desconchones y marcados lunares de óxido. Desconozco la razón, pero siempre hay alguna silla descascarillada en las orillas de los ríos de tránsito urbano.

De ese instante, únicamente conservo una idea confusa, según la cual, el Urumea se muestra infinito, inmenso, cosa que hoy, a mi regreso a la ciudad, se ha puesto de manifiesto como una fantasía guiada por la pestilente presencia de los vapores procedentes del río, que hicieron que antaño, prestara menos atención de la que me habría gustado para captar la extensión de su aguas.

Esta mañana de viernes, hastiado, detenido sobre el puente, ha sucedido la situación inversa. A la incapacidad de levantar la mirada y permanecer hierático, se ha sumado mi profusa búsqueda de las manchas sombreadas que forman los grupos de peces que se han ido sumando a mi particular magdalena de Proust, la cual había sido elaborada a base de detritos, moho y un terrible hedor a humedad que he imaginado abriéndose paso a borbotones por mi cerebro. En ese instante he levantado la mirada, y sí, en esta ocasión he podido otear el horizonte, admirar la fragilidad del hombre que a ciencia cierta ya no seré, cosa que supongo debo atribuir a la traducción de Agustín García Calvo de la sentencia de Heráclito que dice:

En unos mismos ríos entramos y no entramos, estamos y no estamos. (Diels-Kranz, Fragmente der Vorsokratiker, 22 B12).

De nuevo el agua, y que esta se escriba ur en euskera evoca ese otro ur, en este caso germano, que remite al origen, al principio, a lo primitivo.

Me digo que en realidad, agua y origen son inseparables. Pero ¿cual es el origo fontium? Es decir, ¿cual es el origen de la fuente de la que mana dicho supuesto par inseparable?

Ahora entiendo que hacen todas esas sillas y paraguas en el fondo de los ríos, todo hombre que se precie, ante el hedor de de ese (y esa) Ur (vanitas) que transita a lo largo de las ciudades únicamente puede o bien sentarse a contemplar el espectáculo o intentar resguardarse bajo un paraguas para protegerse de posibles salpicaduras provenientes del agujero al que toda fuente debe su existencia.

En un burdo ademán contra-plotiniano me digo que el origen de la existencia de una fuente no tiene nada que ver con ella misma, dado que toda fuente brota de una obertura por mínima que sea.

Para que exista una fuente previamente debe existir un agujero.

Así lo expresó pictóricamente Gustave Courbet en su L’origine du monde.

La existencia es, pues, un agujero;

insondable.

LO QUE NO PUEDE SER

O sea, lo imposible.

¿Imposible? Ah no, hay experiencias que trascienden esta acotación, esta sanción del infortunio. En lo imposible algo no se da, hay algo que no tiene lugar. En cambio en lo que no puede ser se da como posible lo imposible. Hay una experiencia de lo que no puede ser y su correspondiente memoria.

Por ejemplo, es el lado oscuro, lo decepcionante de la utopía, el saldo de un amor desperdiciado, una vocación que no se completa, cualquier fracaso.

Lo imposible produce frustración. Lo que no puede ser es desesperante. Lo primero es fácil de olvidar porque nunca tuvo lugar. En cambio, lo que no puede ser es inolvidable.

LO QUE (CALLA) DICE EL DESEO

em>Sé que te amo porque mis manos son incapaces de permanecer unidas en tu rutilante presencia. Porque por las noches me despierto cubierto de anhelos y por el día busco tu rostro a tientas en la oscuridad de ese paraje inhóspito que es el mundo sin-ti-en-mis-brazos. Porque lleno los espacios vacíos de cada latido pensando en tu nombre para que así la ausencia de ti habite en un eterno continuo palpitar. Porque en mi deseo, que es habitación sin rostros donde moran cientos de cuerpos desnudos, una única mirada tuya derrumba mil templos y te encumbra a mis cielos.

Sé que te amo, lo sé desde que escuché tu voz, desde que soñé rozar tus labios, desde que acaricié tu pelo. Desde siempre, ab aeterno.

¿Yo?, no; yo no te amo.