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Presentació de la Revista DUODA

Revista DUODA 55

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55 LOLA MÁRQUEZ BORRULL

Revista DUODA 55

Llibreria Pròleg, 21 de febrer de 2019

La cocina: El misterio de la relación con la madre


Buenas tardes, desde el día en que Isabel me invitó a compartir junto a ella y a Susana el presentar el número 55 de la revista de DUODA, la satisfacción y la gratitud son mi sentir.

Es importante para mí agradecerle su gesto y al de todas las mujeres que forman parte de la Comisión Permanente o están vinculadas a Duoda de una manera u otra. Sin vosotras, hoy mi ser mujer no sería el que es.

Isabel me pidió que hablara de aquello que más hubiera resonado en mí de este precioso número de la revista titulado “La cocina: el misterio de la relación con la madre”. En realidad, todos los artículos me han nutrido y cuanto más los leo, más simbólico de la madre encuentro, a través del cual civilizar la vida de otra manera y que Marisé Clement nos recuerda en su artículo.

Las experiencias de relación en la cocina de Stefania Giannotti, Lola Santos Fernández, los cantares poéticos de Nieves Muriel García, y el coloquio sobre lo que es estar en presencia tras las palabras de Pilar Babi, han hecho acudir a mi memoria recuerdos de mi genealogía femenina. Y lo que las mujeres que la conforman son para mí.

El fuego, lugar central en el hogar…
Me gustó mucho que Laura Mercader nombrara a la diosa Hestia al escribir la editorial de este número de la revista, pues a los círculos de mujeres traigo a las diosas mediterráneas para ver qué hay de sus arquetipos en nosotras, es decir, a través de conocer su estar en la vida, nos permite hacer un ejercicio de autoconocimiento.

Laura Mercader dice que Hestia nos recuerda que “el centro de la vida es de mujer” pues Hestia es la diosa del hogar y del templo, y constituía el centro sagrado de cada casa circular, la casa natal y relacional.

Y es que Hestia con su presencia sabia en el interior, la trasluce en su exterior, es fuente de limpieza, de luz y, por supuesto, de calor, la única manera de cocer los alimentos, como en las antiguas cocinas.

Traigo dos imágenes de mi experiencia que me dicen mucho de esto: la de mi abuela paterna Montemayor y la de mi abuela materna Dolors.

La primera es el recuerdo de mi abuela Montemayor en un pueblito de Andalucía cociendo a fuego lento arroz con leche en un enorme puchero. No para uno, ni para dos, sino mostrando su dadora generosidad, sin medida. Así pues, los platos de arroz con leche abundaban en aquélla cocina, a menudo rondada por la tribu materna.

La mezcla de la leche y el azúcar echado a “ojo” iba embriagando aquella cocina, preludio de un rico postre. En medio de aquél inconfundible aroma y alrededor de ese calor, ella era capaz de contribuir a reunir a la gente y a hacer nacer y alimentar vínculos con su presencia activa, -desde su aparente inactividad meditativa-, sólo dando vueltas al cucharón. Una gracia misteriosa la acompañaba al añadir esa ramita de canela en rama y la cáscara de limón, mientras iba poniendo en palabras pasajes de su historia de vida.

Mi abuela paterna era una presencia femenina que impregnaba aquel lugar, la casa, y lo transformaba en un lugar sagrado. Con una semilla de quietud albergada en su interior, poseía una sutil influencia transformadora sobre los demás y el entorno.

El fuego del hogar se relaciona con el alma y la casa; van trenzados, como las largas hebras canosas de la cabellera de mi abuela Montemayor.

La segunda imagen que traigo es el recuerdo de mi abuela materna Dolors, una mujer que igual que la diosa Hestia, tenía tendencia a centrase en los detalles de la casa, el orden y la sencillez.

Una actividad, pienso, que me equilibra y que, a la par que ordena la casa, pone orden en mí misma. Es como lo que me procura la escritura, que al darle voz a mi pensar, ordena mi sentir, o en palabras de María Zambrano: “pensar es descifrar lo que se siente”.

Volviendo al orden y al cuido del detalle, es una manera de mantener el fuego del hogar, es decir, se encuentra la armonía interior a través del orden exterior. Cuando una mujer pone orden, armonía y belleza en un ambiente, sea cuál sea el lugar y en el tiempo o momento que sea, está creando un espacio sagrado.

Y esto tiene mucho de satisfactorio. Se convierte en una actividad meditativa si no pretendemos poner la vista en el reloj. Y, si permitimos que las tareas absorban nuestra concentración, resulta placentero.

Recuerdo momentos de esta presencia meditativa junto a mujeres de la casa materna con mi abuela Dolors, mi madre y mi madrina. Estando en el centro de la casa y con calma entre escucha y conversación, unas lavábamos los utensilios, otras los secábamos, otras los ordenábamos en armarios y cajones, otras doblábamos los paños de cocina...

Tanto mi abuela Montemayor como mi abuela Dolors vivieron circunstancias muy adversas en su vida: la una, perdiendo a dos hijos y a una hija; la otra, subiendo a sus tres criaturas muy pequeñas tras el fallecimiento precoz y accidental de mi abuelo materno. En su experiencia de pérdidas y de dolor, creo que supieron descubrir la riqueza de la vida espiritual interior que era perceptible en sus casas, pues como María Zambrano decía: “la vida no se compone exclusivamente de infortunios y, aunque se compusiera, sería menester abrir paso a una energía propiamente creadora que transforme la desdicha haciéndola punto de partida de una resurrección.”

Mi abuela Montemayor a mí me la transmitía con la dulzura, la paz y la tranquilidad que llegan con la aceptación de lo paradójicamente inaceptable.

Mi abuela Dolors lo hacía cuidando los detalles y la limpieza de su santuario acogedor. Ella nos daba la bienvenida a la mesa circular embellecida en su centro con un jarrón de flores frescas de lavanda donde compartir alimentos y amor, cual sagrado altar.
¡Muchas gracias queridas abuelas, allí donde ahora estéis!!

Del nutrir que da la madre…
Lo primero que quiero decir es que estoy contenta y le reconozco autoridad a mi madre pues ha hecho y hace política primera en mi casa natal.

Gracias a la palanca que ella hizo, tomé una de las decisiones más importantes de mi vida. Sí, porque mi madre hizo un corte de sentido con aquél sinsentido en el que yo vivía.

Traigo un momento delicado e imborrable en el que mi madre me dijo que yo podía entrar en su casa siempre que quisiera, pero que la puerta para el que era entonces mi marido, un hombre que utilizó la violencia hacia mí y hacia nuestro hijo, estaba cerrada y ya no le estaba permitido entrar.

Ese colocarme entre la espada y la pared fue clave para yo pasar por la puerta estrecha y afrontar a todo lo que viene después de cuando una expresa que va a separarse de un hombre maltratador; y eso, lo sabemos bien las que hemos pasado por ello y las que nos han acompañado.

Un cuerpo sexuado, el mío, que se iba imponiendo. ¡Menos mal!! La ecuación se iba manifestando como sigue: pérdida progresiva de apetito, pérdida de peso importante, ausencia del comer…

Yo alimentaba saludablemente a mi hijo, sí, pero era incapaz de meterme algo en la boca.

Y la ecuación prosiguió con un resultado: células de mi piel, - esas que delimitan aquello que una desea y aquello que una rechaza con todas sus fuerzas- fueron volviéndose vulnerables, alborotadas, caóticas…

Otro síntoma de que el cuerpo se iba imponiendo: las fuerzas, que pareciese que no las tuviera. Pero cuando parece que ya no se tienen fuerzas, como dice Pilar Babi: “cuando ya no puedes más, es cuando a veces nace algo” .

Y el cuerpo finalmente habló: y para eso es que la enfermedad lo atravesó. Hoy lo sé, no lo supe al instante, pero sí intuía la salida del canal de este parto; un canal de parto que no se valía cruzar de puntillas, sino que había que atravesarlo para ahora sí, otra resurrección, la mía.

Y no lo hice sola, había alguien que estuvo ahí presente. ¿Quién me alimentó como si de nuevo fuera una criatura pequeña? ¿Quién iba al mercado a por verduras y fruta fresca cada día? ¿Quién me tenía el plato caliente a punto? ¿Quién me cocinaba potajes, arroces, tortillas…? (¡como la tortilla de patata y cebolla de mi madre no hay otra igual!!)

Fue mi madre la que cuidó de mí, aunque a menudo era un cuidado excesivo, pues insistía en que “debía comer para ponerme buena”. Lola Santos Fernández dice, cuando habla de las madres y del “cuidado” -como elección con sentido político- que a veces es un cuidado excesivo y que “ese exceso desmedido va orientado gracias a su apertura al mundo y a su deseo incansable de confrontarse con él” .

Y lo cierto es que, aunque mi madre insistiera en que al menos “algo debiera de comer”, yo ya no podía tragar más, porque ya había tragado demasiado. Pues un nudo tremendo en la garganta sentía y que, a media tarde de a diario, se me hacía más presente.

Gracias a la relación sin fin entre “mi madre y mí”, -que creo hemos sabido sostenerla, con más o menos gracia a través del tiempo y del amor- y a través de ella (nuestra relación), pude encontrar mi salvación, -que fue y es mi fuerza-, para tomarla y para poder ir sanando.

Mi madre fue mediación para que pudiera volver al origen, que era algo que yo me repetía constantemente. Pues mi deseo era sanarme, por supuesto, pero necesitaba transcender todo eso para que esta experiencia me “aportara vida y sentido de la vida” , en palabras de Carla Lonzi, y no quedarme en el “y por qué a mí?”

Necesitaba hacer ese desplazamiento, tan anhelado por mi ser mujer, para traducir mi malestar en un camino fértil de valor y sentido político.

Mi madre, a través de la nutrición, cuidaba el vínculo y como dice Stefania Giannotti, “la nutrición es gesto de sustracción de la muerte y de su atracción en casos extremos. La comida, fuerza y potencia vital, se le contrapone .”

Para finalizar, deseo acabar mi intervención con algo sin lo cual faltaría algo muy importante y necesario ser nombrado.

Honrar la matriz natal…
Hoy muchas cosas se están re-colocando en mí, voy pudiendo nombrar cosas que para mí antes no eran decibles, una necesidad muy femenina de “tocar tierra” porque palabra y cuerpo están conectadas, el cuerpo se ha vuelto presente. Aquello que un día dañó mi vida, me trajo muchos tesoros después.

Mi cuerpo sexuado me ha pedido volver a la matriz y habitarla. Porque escuchar nuestra verdad es liberador, alivia y restituye, aleja enfermedades del alma, se desatan nudos, se gana simbólico y un vivir desde la sensatez, desde el que seguir aprendiendo de la madre.

Siento que es desde aquí que mi ser ha enraizado en un orden que nada tiene que ver con el de la fuerza, sino con uno totalmente distinto que es el del amor. Sentir esta diferencia, ha permitido que mi cuerpo sexuado ya no esté confundido posibilitando que mi ser y estar en el mundo sea a través de una mirada radicalmente diferente a cómo yo era y estaba antes, porque aquí, en DUODA, he vivido el reconocimiento de autoridad femenina y estoy aprendiendo lo que es realmente llegar al corazón de las cosas, que es mediante el aprender a hablar la propia experiencia.

Mi sustento no es la miseria femenina. Mi alimento es el cultivar las relaciones sostenedoras de vida.

En este “echar raíces” quisiera depositar un deseo para dejarlo florecer aquí, entre-nosotras: mi deseo es seguir haciendo política de mujeres, pues la mayor revolución que ha experimentado mi vida ha sido estando en relación entre mujeres.

Muchas gracias, Isabel, muchas gracias Duoda, por darme la preciosa oportunidad de vivir experiencias de libertad femenina.

Muchas gracias maestras, compañeras y Amigas por todo el conocimiento que me habéis regalado y al intercambio, medida y vínculo.

Os necesito para vivir y será un enorme placer seguir en relación.

Muchas gracias por seguir estando ahí, en presencia.

Universitat de Barcelona
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