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Presentació de la Revista DUODA

PRESENTACIÓN DE LA REVISTA DUODA  Nº 41 en CCD FRANCESCA BONNEMAISON, BARCELONA. Viernes17 de febrer

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CHRISTINE MICHEL FAYEK

PRESENTACIÓN DE LA REVISTA DUODA Nº 41 en CCD FRANCESCA BONNEMAISON, BARCELONA. Viernes17 de febrer

Estoy muy agradecida por haber sido invitada a presentar el n.41 de la revista de Duoda. Soy estudiante de segundo año del máster presencial y por cierto estoy en el medio de una aventura donde cuerpo y mente acaban de tener nuevos significados para mí. Desde cuando empecé el máster se me han abierto nuevos horizontes y muchas revelaciones sobre el hecho de ser mujer y es un honor poder hablaros de esto.
El recorrido de este último año me ha llevado adonde mi deseo siempre me había sugerido: en un mundo de mujeres con ganas de re-significarse desde su propia experiencia, encontrando un nuevo sentido para la lengua materna y sus palabras, para que sus significados se conformen con nuestro renovado sentido del ser.
El numero 41 de la revista en particular representa para mí todo el aprendizaje que me ha llegado a través de Duoda, un lugar donde sabiduría y autoridad femeninas han sido la fuente donde beber en el medio del desierto simbólico. De hecho, aún sin poder nombrarlo, la búsqueda del orden simbólico de la madre ha sido desesperada y asumida desde mi niñez, un punto de luz en la sombra sin sentido de un entorno patriarcal. Doy las gracias por poderlo ahora nombrar, por poder ver que las cadenas simbólicas ya no existen si tu no crees en ellas.
El tema monográfico de este número es la trascripción del encuentro seminarial del año pasado, fuente de riqueza e inspiración para mí. María Milagros Rivera Garretas nos habló de excelencia femenina y de virtud libre del binomio exceso-miseria. La grandeza femenina ha sido por largo tiempo encerrada entre el demasiado y el demasiado poco, con la medida masculina como constante referente. Como es posible comparar un árbol a otro? Y una flor a otra? Son comparaciones que no tienen sentido porqué en la vida no hay iguales, ni entre hermanos gemelos. Con la muerte del patriarcado ha surgido la nueva posibilidad de encontrar cada una su medida, que ni siquiera es la misma para todas las mujeres. Es una cuestión de unicidad del ser humano (y viviente), no solo de diferencia sexual. Cada una/o elige su medida así como el trayecto de su vida según su propia inclinación.
La temática principal de la intervención de Diana Sartori, de la comunidad filosófica Diotima de Verona, fue de hecho la medida, en el intento de quitarle su absolutismo a la hora de aplicar algo inventado en ámbito masculino a nosotras las mujeres. Como dijo Diana Sartori, “la excelencia y la virtud no dependen de una medida, ellas son la medida misma”. Cada mujer es la medida de sí misma como cada hombre la es de sí. Fue la madre que nos dio la ética para juzgar y ninguna ley escrita patriarcal podrá llegar adonde llega la medida de la madre. Por esto, si de verdad queremos un mundo de paz, hay que actuar desde nosotras en la educación de los varones. Si no queremos más asesinos y violadores en este mundo, nunca servirán las leyes de los gobiernos cuanto lo podrá el amor de una madre, y de una mujer en general. Somos nosotras el antídoto al patriarcado, no hay que olvidarlo.
Dentro de la antinomia típica patriarcal de miseria-exceso, las súper-mujeres ordinarias necesitan una genealogía de excelencia femenina que las sostenga y las guíe en el camino hacia el sentido libre del ser mujer. Empujadas por su deseo de libertad y para conseguirla, las hijas encontrarán mucha desorientación al desbaratar la jerarquía, ya que no sirve simplemente invertirla. Tener una maestra, o sea alguien que de ejemplos de vivencia, es fundamental y símbolo de los nuevos vínculos que pueden nacer al volver al orden simbólico de la madre. La sabiduría que las mujeres se transmiten de una a otra nace de la práctica, o sea de la unión de la experiencia junta a la conciencia de ser mujer. Por eso, esta sabiduría es política y verdadera, porque es la voz de lo vivido y no es nada teórico ni abstracto. El primer paso por hacer es convertirnos en nuestra propia medida, mirarnos al espejo con nuestros propios ojos.
La libertad sin necesidad de justificaciones es nuestra herencia cultural, en cuanto mujeres que agradecen a la lucha de todas las que nos precedieron. Libertad de hacer, no libertad desde algo o alguien. La insustancialidad de las barreras patriarcales es cada día más evidente, dado que, al nombrarlas, pierden la consistencia que la mente le da. De hecho, sólo él a quien otorgamos autoridad tiene poder e influencia sobre nosotras. Esto es verdad en el bien y en el mal, para el poder negativo de quien ententa esclavizarnos y para la autoridad positiva de quien puede ayudarnos a recolocarnos en nuestra genealogía con conciencia, en las raíces femeninas que nuestro cuerpo nos recuerda cada vez al mirarnos en el espejo. La autoridad se basa en la confianza mientras el poder en la manipulación, pero son las dos caras de la misma energía y es importante saberlas reconocer.
Después de muchos años de investigación personal he llegado a dos verdades en particular: se necesita un hombre para darse cuenta de ser mujer, y se necesitan otras mujeres para aprender a serlo. Es sólo después de la aparición de un hombre al horizonte con su evidente diferencia que tiene sentido para una mujer plantearse de ser tal, y solo relacionándose con más mujeres ella podrá gestionar y desarrollar con libertad su pertenencia a la genealogía femenina.
Hay una historia que me sale en la cabeza cada vez que hablo de libertad, sea esta masculina o femenina a pesar de que a nivel físico las mujeres hayamos sido históricamente mucho más obstaculizadas. Es una historia un poco triste, como lo ha sido la cautividad en el patriarcado para las que hemos nacido en ello, pero llena de esperanza.
Había un elefante recién nacido en un zoo, y en seguida atado con una cadena de hierro en la pata. El pequeño elefante ententó liberarse durante horas y días pero no podía, no tenía suficiente fuerza. Lloró mucho y se desesperó, pero al final tuvo que aceptar esa vida sin libertad. Pasaron los años y el elefante creció, y ahora era un grande y fuerte elefante, habría podido con un solo golpe romper la cadena que lo ataba. Pero lo que pasaba era que el elefante se había acostumbrado al estar encadenado y no sabía que ahora sí tenía la fuerza de liberarse. Su cadena era mucho más mental que física, porque él estaba convencido de no poder liberarse. Lo que yo añadiría como final de la historia es que un día el elefante se hartó y quiso seguir sus sueños interiores y ententó liberarse una vez más, o quizás vio otro elefante en libertad y le llegaron inspiracíon, esperanza y mucha voluntad, y rompió las cadenas, empezando a correr hacia su verdadera vida, con los ojos luminosos y la euforia de los inocentes.
Esta historia me recuerda que muchas veces sí que tenemos la posibilidad de ir más allá de las barreras patriarcales que de hecho ahora se rigen en pura abstracción simbólica, solo hace falta nombrar y darse cuenta de lo que está pasando. Para mí el máster ha significado retomar esa palabra que nos había sido dada por la madre, el poder nombrar el “apartheid sexista” desde la interioridad de quien lo ha vivido y aún sigue viendo sus restos, después de la explosión simbólica que ocurrió en los años ’70. La libertad del elefante ha sido precisamente la vuelta a la palabra materna, posible gracias al trabajo sobre el lenguaje.
Duoda me restituyó el orden simbólico de la madre que devolvió sentido a mi ser mujer, esto ocurrió gracias al hecho de poderlo nombrar y crear, al mismo tiempo de nombrar el patriarcado para poderlo derrotar. La búsqueda de este nuevo y ancestral orden simbólico ha sido un hilo muy sutil que desde mi infancia me ha llevado al máster y a los círculos de mujeres: para reconectarme con mi verdadero ser, más allá de lo racionalizado a nivel mental, había que volver al cuerpo.
Consciente de mi sitio en la genealogía femenina que me ha conducido a ser la que soy ahora, quiero dar las gracias a Duoda especialmente por haberme abierto la perspectiva de un mundo de mujeres de mi proprio origen geográfico, las mujeres de Milán, haciéndome descubrir una historia viviente de mutuo soporte y de reivindicaciones que han hecho posible hoy mi libertad.
Lo que aprendí en el máster también tiene que ver con la vida como relación, es decir el deseo y la necesidad intrínsecas de cada una y cada uno de compartir para dar un sentido al vivir. Relacionarse no siempre es fácil pero sí es esencial y es la base de la vida. El cuidado de los y las demás es tan importante como el cuidado del planeta mismo, sin cuya ayuda y sustento no se podría vivir. Somos parte de un todo y la relación es lo que nos pone en contacto energético con lo que nos rodea. Todo discurso humano es inevitablemente sexuado y por esto hay que sanar la relación con el otro y la otra para poder encontrar el equilibrio.
Gracias a Duoda he empezado a sanar mi relación con las mujeres, las semejantes, y entonces conmigo misma y con la madre también, para después llegar a la sanación de la relación con el otro, cuyo atributo principal es la alteridad. La relación con la madre es el primer punto de un camino largo cuanto la vida de cada cual, y sanarla y agradecerla es el comienzo de una nueva perspectiva de luz. Esto ha sido parte de mi recorrido hacia el encuentro de una armonía interior que en Duoda ha encontrado las palabras para expresarse. Espero que mi búsqueda, al reflejarse en el mundo exterior, pueda ser útil y llevar a la reconciliación del principio femenino y masculino, necesaria para la creación de un mundo mejor y más equilibrado.

Universitat de Barcelona
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