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Texts de l'Era de la Perla

Presentació de la Revista DUODA

Revista DUODA 64 La llum que flueix entre místiques

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ORETO DOMÉNECH MASIÀ

Revista DUODA 64 La llum que flueix entre místiques

El 20 de octubre de 2023 tuvo lugar, en el Aula 313 de la Facultad de Filosofía, Geografía e Historia de la Universidad de Barcelona, la presentación del número 64 de la revista “DUODA. Estudios de la Diferencia Sexual” que tiene como tema monográfico La luz que fluye entre místicas” Intervinieron, en conversación con las autoras, Daphne Lomelí Sotelo y Oreto Doménech Masià e Isabel Ribera Domene.

Podeis ver la presentación en nuestro canal de youtube utilizando este enlace
https://www.youtube.com/watch?v=2P1aVVyfZLw&t=19m56s

Ofrecemos aquí el texto de Oreto Doménech Masià

“Como el amor que acerca los astros1 ”.
Sentir el calor del cuerpo y de la mirada.


Primera parte: las estrellas

Escribe María Zambrano que “El arte parece ser el empeño por descifrar o perseguir la huella dejada por una forma perdida de existencia.”

La obra de arte que cierra la revista número 64 de DUODA ha abierto en mí el deseo de sentir, perseguir y descifrar una emoción íntima. La artista, Tura Sanglas, ha sido la estrella polar que guía para, siguiendo su rastro, poder acercarme a las mujeres que han escrito sobre otras mujeres que también escribieron. Sin palabras, esta imagen ha esclarecido mi mirada, ha despertado mi sentir, ha cautivado mi atención.

Vemos, en el proyecto de artista de Tura, que blanco y negro, sombra y luz, no pueden estar la una sin la otra. Emprendemos el camino en la mitad de una estrella del interior de la cual sale una trenza bien apretada. Ya sobre las sinuosas líneas en zig-zag, vamos notando cómo la trenza se afloja para convenir en que, llegadas al lugar en el cual nos es más difícil mantener el equilibrio, encontramos algo diferente e inesperado. La trenza, que nunca se deshace del todo, envuelve sin apretar una estrella más pequeña, en una especie de lazo que no se anuda, sino que sigue fluyendo, en un movimiento infinito de vuelta a la mitad de la estrella mayor del principio.

No pude evitar, en un primer momento, pensar en la dorada trenza de Rapunzel cayendo desde la altura de la torre, abundante y magnífica. En los cuentos, las doncellas se sitúan en lugares elevados para entender la grandeza de ser mujer y, siempre, van acompañadas de la bruja, el hada o la madre. Después, sin duda, vino a la mente el cabello de Medusa y su risa, cabellos trenzados y vivos: el cuerpo de escamas que se arrastra dejando huella y testimonio del avanzar. Pues ponerse en camino es, en cualquier cuento, el preludio de una transformación que ocurre solo siguiendo el rastro de alguna forma perdida de existencia.

La serpiente arroja luz de sus escamas estrelladas y su sombra es la huella ancestral que recorremos las mujeres.


Segunda parte: tocarse sin tocarse

Antes de la palabra está el cuerpo y antes del diálogo está la mirada. Solo si tenemos eso, el simbólico de madre, es posible tocarse sin tocar. Con cuerpo y mirada previos podemos sentir a la otra, también, a través de las palabras.

La primera lectura que practiqué, siendo muy niña, era una lectura orgánica, corporal. ¡Recuerdo sentir las emociones tan a flor de piel! De nuevo, la piel, y en todo el cuerpo sentir la tristeza hasta llorar, reír a carcajadas, sentir amor y terror. ¿En qué momento exacto mudé esa piel y me quedé solo con un vacío en mí?

Pasé, entonces, a practicar una lectura para no estar en mí, una lectura evasiva. La lectura para no estar en ti nunca te deja satisfecha pues, yéndote a otro lugar, siempre vuelves a un no lugar. Detectaréis también esa clase de lectura porque pasa principalmente por nosotras en forma de ideas que fulguran con fría luz y a gran distancia, mientras nuestro cuerpo las admira inerte.

En las estrellas inertes de una pantalla, sin embargo, una experiencia de lectura, esta vez acompañada de una maestra, despertó de nuevo en mí el sentir el placer del cuerpo mientras leía. Stephanie Strickland me ofrecía un poema en forma de un universo preñado de constelaciones de versos y la fuente de todo ello era Simone Weil. Solo podía leer este poema si lo tocaba y lo transitaba y, en el proceso, experimenté una gran emoción: ellas me llevaban adelante y atrás, arriba y abajo, en un movimiento de ondas que acunan, que envuelven, que tocan. Leía a Simone Weil a través del poema de Strickland, sin entender a ninguna de las dos, aunque a ambas las sentía vivamente.

Mi corazón latía desmesuradamente el día que entendí que el universo creado por Stephanie en diálogo con Simone era como el tapiz en el que anverso y reverso, sombra y luz, letras y números, la máquina y el papel, Stephanie y Simone, lectora y lectora se tocaban. Sin tocarse, sin tiempo, sin espacio. Y yo entre ellas.

Y, entonces, me sentí capaz. Como si recibiera un don que fulguraba tanto como mi interior. Fue la primera vez en que lo invisible de las mujeres se hizo visible para mí.

La lectura que no habitamos no es casa y no nos habita a nosotras. Llevada por este poema recuperé la lectura para mi cuerpo y me puse en camino cosa que, en los cuentos, supone acoger la posibilidad de transformarse. Entonces visité a otras mujeres, anduve hasta ellas y me asomé a sus casas, desde el otro lado de la pantalla y, también, cara a cara. “Bajo los más fríos y claros pensamientos corren, a veces, los sentires más apasionados”, escribió María Zambrano. Y yo lo sentía así.

Dejarse tocar sin tocar, es el prolegómeno que alumbra la luz que fluye entre las místicas. Luz que acaricia las palabras de Caro y Antonietta, que dialogan entre ellas. “La creación se percibe acompañada, asistida; nace una relación mientras se desprende un fruto” escribe Caro. “Y además, querida Caro” imagino que responde Antonietta, “El tejido es escritura porque entre hilo y contrahilo se anuda la vida”. “Mas habéis de entender que va mucho de estar a estar” puntualiza Teresa. Y añade Antonietta, recordando la amistad entre Noemí y Rut: “nosotras sabemos que cuando los eruditos dicen que no se conoce el origen de un texto es porque viene de una mujer”.

Y en el diálogo con Teresa, Clara, Catalina, Rut, Noemí, Caro, Antonietta y las tejedoras nos vamos transformando. Porque nos dejamos tocar.

Y es gracias a esta compañía de mujeres que me he atrevido, por primera vez después de tanto tiempo, a leer a Simone Weil. Y he sentido que ahora tenía que leer La Ilíada o el poema de la fuerza. Y así lo he hecho, y me ha dolido la guerra y me ha dolido el dolor de Simone, imposible de esconder en su análisis pese a tanta contención e intelectualidad distanciada como ella intenta. Compasión frente a tanta masacre: toda esperanza en un ápice de amor. Se trata, según Simone, de “No admirar jamás la fuerza (...) al contacto de la fuerza sufrimos su infalible efecto, que es transformar a quienes toca en mudos o sordos”.

Para sentir entre mujeres no hace falta tocarse, como expresan Antonietta y Caro. El mal, en cambio, sí que necesita tocar y toca en profundidad. ¿Cómo distinguir la amistad buena de la mala? Puede ser difícil escuchar el sentir pues, según Simone, la fuerza, el mal, nos convierte en cosas.


Tercera parte: trenzar

Encuentro similitud entre tocarnos el cabello, peinarnos las unas a las otras y la relación de amistad intangible o invisible en la que fluye la cálida luz de la inspiración: la compañía, el estar, el sentir. El cabello es parte del cuerpo, pero no es el cuerpo; es sensible y si lo tocamos conduce, desde la distancia, multitud de sensaciones placenteras que recorren toda nuestra piel, pero, en cambio, si lo cortamos, no nos duele. El cabello es símbolo de la grandeza femenina en muchos cuentos y augura las metamorfosis de las edades de la mujer, especialmente en la adolescencia.

De pequeña mi madre me trenzaba el cabello: una trenza a cada lado. Luego me enganchaba las trenzas en forma de diadema. Me veía preciosa con el peinado dorado y resplandeciente y sonreía satisfecha cuando me miraba en el espejo. Un día aprendí a hacerme una trenza de espiga yo solita y, orgullosa, se la mostré a mi madre. Ella me observó y, cuando acabé, la escuché decirme con voz alegre: “que bien, así no tendré que peinarte más”. Ser capaz no era bueno, debí pensar. Y una tristeza habitó en mí.

Helena es historiadora, pero cuando lee a Elisabeth Cifre es arqueóloga del sentir. Como en lo misterioso de los cuentos y en palabras de María Zambrano: “Quiere decir el secreto; lo que no puede decirse con la voz por ser demasiado verdad; y las grandes verdades no suelen decirse hablando”. Elisabeth Cifre puso el cuerpo en juego para que otras iniciaran transformaciones: entró en el ortus conclusus, el huerto preservado por un muro, inviolable y nutricio, donde crece el alimento que se comparte mediante la relación. Cada visita se lleva consigo el fruto del sentir, pues Elisabeth y las otras místicas experimentan corporalmente lo divino lejano. Son tocadas sin ser tocadas y tocan sin tocar.

No es verdad que mi madre no me peinara nunca más des del día que le mostré mi trenza de amor propio. Lo hacía cuando me vestía de valenciana, pues las valencianas nos guardamos la trenza que nos cortan de pequeñas para después utilizarla en un peinado bastante barroco e imposible de realizar por una misma, por muy autosuficiente que seas. La mía, mi trenza, que todavía conservo, era de un dorado precioso. Mi hija también ha heredado ese color.

Virginia me parece, en la foto que comparte Monalisa, investida del hábito de su madre. ¿Lo habita o se enmascara? ¿Es algo postizo que usa para la foto en un gesto de ironía? Miro la foto intrigada y siento que Monalisa mira a Virginia con suma compasión y cariño. Es emocionante, como lectora, atender el empeño por descifrar este gesto secreto y misterioso.

En Al faro la señora Ramsey piensa en el cuento “El pescador y su mujer” mientras contempla la mar. Los cuentos siempre transportan símbolos y éste nos habla del corte de la espada sobre la madre ancestral. El torrente de palabras de Al faro me arrastra, no me da tregua y no me deja entrever el resplandor luminoso del faro: una nebulosa esconde la mar y las estrellas. Quizás es que todavía no soy capaz y, por eso, agradezco a Monalisa la mirada que ejerce sobre Virginia.

Yo he sentido, leyéndolas, ganas de tener a la pequeña Virginia en el regazo, de acunarla, de decirle bajito al oído cuan perfectas son sus imperfecciones, cantarle una canción y, después, contarle un cuento lleno de símbolos que pervivan en variantes por todo el planeta y que hablen de la grandeza de las mujeres. Con ellas también está Simone, a ella también la abrazaría yo muy fuerte para que no deseara morir.

La madre de la artista, Carme Sanglas, es pintora y dibuja cuerpos oscuros con pan de oro brillante el cual, lejos de contrastar y diferenciar, ilumina todo en cada escena. De las pinturas que he podido admirar me llama la atención especialmente una en la que la sombra, de cuerpo estilizado y largos brazos, sostiene con ambas manos una larga trenza dorada que surge de la cabeza: una trenza que no está hecha de pan de oro sino de precioso cabello natural. La artista y su madre crean algo nuevo a partir de la muda de la serpiente, de la muda del cabello: aquello que se abandona renace con otro sentir. La abuela prensaba flores y, siguiendo la huella que dejó el pigmento, ambas, madre e hija, siguen el rastro de vuelta a la casa materna.

¿Os había explicado ya que en los cuentos encontramos en el camino a las ancianas que otorgan dones porque las estamos buscando? Ellas saben leer el corazón: ven la bondad y la maldad en el interior y, por eso, pueden ser tanto brujas como hadas.

Primero es la madre. Yo misma, acunando a mi hija, me mecía también; cantándole a ella me escuchaba yo; pegándola a mi cuerpo, yo misma me abrazaba. Y ahora vuelvo a empezar un camino y sigo un rastro de piedrecitas brillantes como estrellas. Voy con mucha delicadeza tocando sin tocar, separando el cabello fino y dorado en tres partes, trenzando a mi madre, a mi hija y a mí misma.

La mirada de mi hija sobre nosotras dos, mi madre y yo, nos va envolviendo a las tres en esa luz que fluye de los cuerpos habitados por el placer: las nuestras hacia ella y las de ella hacia nosotras y hacia el mundo. Aunque mi madre no me mire así, aunque yo no la mire así a ella, enlazadas en la trenza que no aprieta: me dejo tocar sin ser tocada. El pequeño y cálido cuerpo de siete años de Maria irradia amor y acerca los astros.

Por cierto, las ancianas de los cuentos también regalan sus dones sin tocarnos recordándonos, así, que algunos de estos, como el de estar hoy aquí todas juntas, se nos dan por gracia.

1 El verso que incorporo entre comillas en el título es traducción propia del segundo verso del poema “Maternitat” de Maria Josep Escrivà (publicado en el libro Remor alè, 1992).

Universitat de Barcelona
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