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Barcelona es la provincia que más ciudadanos ucranianos ha empadronado en el mes de marzo, más de 2.700, según el Instituto Nacional de Estadísticas (INE). Algunos han salido al momento de comenzar la invasión y otros han prolongado algunos días la huida, pero todos traen sus vidas pasadas en el equipaje. Entre la ropa, los artículos de aseo y los documentos personales se cuelan objetos que son parte de la historia de cada refugiado. Lo esencial toma formas que no siempre se comprenden. Aún cuando la guerra toca a la puerta y el futuro es incierto, hay cosas que vale la pena llevar en la maleta.

GABRIELA MELÉNDEZ RIVERA

Ser mayor de edad

A las 5:00 de la madrugada del 24 de febrero una llamada alertó a la familia de Maxim Slobodyanyuk que Rusia había comenzado a bombardear su país. Doce días después, partieron desde Dnipró hacia la frontera con Polonia. Ya habían perdido la esperanza de que la situación se calmara. Esperaron más de ocho horas en la fila de la estación de trenes y, justo antes de subirse al tren que los llevaría hasta Chelm, Maxim Slobodyanyuk le pidió a su madre una bolsa de plástico. Ella, sin cuestionar el singular pedido, le entregó una de color azul que encontró entre sus pertenencias. El joven de 17 años se puso en cuclillas, agarró un puñado de tierra y lo guardó en la bolsa.

—Lo hice para tener una parte de Ucrania siempre a mi lado —explica, mientras mira la tierra atrapada por múltiples nudos dentro del plástico azul. Según él, el pequeño pedazo de patria del que se ha adueñado es el objeto más importante que ha traído en su maleta.

Maxim Slobodyanyuk reside actualmente como refugiado en Guissona (Lleida) junto a su madre Alina y su hermana Yana. Aunque se encuentra cursando virtualmente su último año escolar, no sabe si irá a la universidad. Mientras cierra el puño de su mano sobre la bolsa de tierra, dice:

—Amo a Ucrania. Quiero ir a pelear con mi padre y mi abuelo.
—¿Sabes usar un arma?
—No, pero no importa.

El 16 de diciembre es una fecha que Maxim Slobodyanyuk espera con ansias. Cumplirá 18 años y cambiará las velas por la guerra.

¿Cuánto falta para el verano?

El 8 de marzo Alina Slobodyanyuk, la madre de Maxim, salió de Ucrania con él y su otra hija hacia Polonia. Hicieron la fila de la estación de trenes bajo el frío y la nieve. No podían escoger el tren en el que viajarían, sólo subirse en el que tocara. El viaje fue de 48 horas hasta Polonia. Luego, un vuelo hacia España.

Cuando abrió su maleta en el primer lugar donde la recibieron encontró un bañador blanco de una sola pieza. Unos días antes del inicio de la guerra le había llegado por correo a su casa. Lo compró en anticipación al verano y a los viajes que haría. Mientras desdobla el bañador sobre sus piernas, se sonríe. No recuerda porqué ni cuando lo empacó.
—Es parte de mi vida normal, cuando no era una refugiada—comenta.

A Alina Slobodyanyuk le apasiona viajar, se siente como una mujer libre cuando lo hace. Su móvil está lleno de fotografías de ella y su familia en distintos países. Sin embargo, uno de sus lugares favoritos es el rio Dniéper, que pasa por Rusia, Bielorrusia y Ucrania y por el cual han nombrado la ciudad donde vivía, Dnipró.

Alina Slobodyanyuk está alojada en Guissona y trabaja virtualmente en un banco ucraniano. Su tiempo libre lo ocupa ayudando en las recolectas de artículos para las personas que continúan en Ucrania, como su esposo. Aunque en el fin de semana de pascuas pudo visitar Barcelona, no sabe cuándo volverá a viajar como antes.

Algunas flores no mueren

Elisabeth Markova cumplió 18 años el 20 de enero. Lo celebró en Kherson, su ciudad natal, junto a su familia y amigos. Su padre le regaló un ramo de nueve rosas. Al ponerlas sobre la mesa del comedor, Elisabeth Markova vio la oportunidad de un buen retrato. Además, le ganaría ventaja al tiempo que marchita las flores tan deprisa. Buscó su cámara Polaroid y las fotografió. La fotografía salió instantáneamente en un formato pequeño y rectangular con bordes blancos. Entonces la guardó dentro de la carcasa transparente de su móvil, con la intención de verla siempre.
—Tengo al mejor padre del mundo —afirma mientras saca la fotografía de la carcasa.

Tres meses y tres días después de aquel día, Elisabeth Markova aterrizó en Barcelona. Vino sola desde Polonia en un avión del consulado de Ucrania. La esperaba su madrina en Badalona. Cursaba presencialmente su primer año en la facultad de abogacía en Kharkiv, ahora lo hace de forma virtual. Quiere ejercer como abogada de defensa.

La provincia ucraniana de Kherson se encuentra, actualmente, ocupada por la milicia rusa. La familia de Elisabeth Markova continúa allí, incluyendo a su hermana de 8 años. Ella observa las flores en la fotografía y se le inunda la mirada.

El compromiso de recordar

Justo antes de salir de Kharkiv hacia Barcelona, la madre de Alina Vasylenko, se quitó su anillo de matrimonio y se lo colocó a su hija en el dedo anular de la mano izquierda. El mismo ritual de compromiso, pero diferentes votos. El anillo es de oro y tiene tres diamantes redondos sobre una placa plateada adornando la parte posterior. A sus 22 años, Alina Vasylenko emprendió el viaje hacia Barcelona huyendo de la guerra. La acompañó una amiga. Su familia no quiso abandonar la casa donde la había visto crecer.

Alina Vasylenko llegó a la ciudad condal el 24 de abril. Es analista de negocios para una compañía estadounidense y trabaja virtualmente desde su nueva casa en Selva de Mar. Convive con la amiga que la ha acompañado en el recorrido. A ambas les parece un lugar muy pequeño. No quieren quedarse ahí. Desean regresar a Ucrania en cuanto puedan. Alina Vasylenko lleva el cabello rubio hasta los hombros, viste colores oscuros y no lleva más prendas que ese anillo. Mientras lo contempla en su mano dice en un castellano de aprendiz:
—Es un recuerdo de mi madre.
—¿Sabes cuándo la volverás a ver?
—No.

El amor también va en la maleta

Soviatoslav (67) y Tatiana (68), pareja refugiada de Kyiv.

Tatiana y Soviatoslav llevan casados desde los 17 años. Tatiana tiene 68 y en el mes de mayo Soviatoslav la alcanzará. Se conocieron en la escuela, en el último año de estudios. Aunque no han querido dar sus apellidos, no se negaron a posar para la fotografía.
—¿Qué es lo más importante que has traído de Ucrania? —le pregunta Tatiana a su esposo.
—ви —contesta Soviatoslav sonriendo y metiéndose las manos al bolsillo, en señal de no tener nada más. Tatiana ríe con él y traduce:
—Dice que a mí.

Siempre han sido ellos dos. Nunca tuvieron hijos y Tatiana lo lamenta. Él fue profesor universitario. Ella habla castellano y ha dedicado su vida a la traducción entre ucranianos e hispanoparlantes. Esto la hace muy querida y le ha dado la oportunidad de tener muchas opciones de casas de acogida. Sin embargo, Tatiana no quería abandonar Kyiv, su ciudad. El objeto más preciado que ha traído desde Ucrania es un libro de oraciones. Su fe cristiana la tenía convencida de que la guerra era un destino que había que afrontar. Era parte de la voluntad de Dios.

—Salvar vida, decía él —explica Tatiana refiriéndose a Soviatoslav, que no habla castellano, pero está atento a cada palabra que dice su esposa. Luego de un tiempo, Soviatoslav logró convencerla. Llegaron a Barcelona el 5 de abril. Al preguntarles si ganó el amor, ambos asienten y vuelven a reír.

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Gabriela Alexander Melendez

Borinqueña. Escribo de sociedad y asuntos de género. Experta en nada, aprendiz de todo. Cuando no soy periodista, soy bailarina. Cuestiono y luego existo.
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3 thoughts on “Las guerras no solo están hechas de pólvora, también de maletas

  1. Me encanto el titulo. Vidas reales. Gente real. Estas anecdotas dan fe al amor a la patria, al valor y a la esperanza. Bien hecho!

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