Las relaciones de diferencia, de Lourdes Albi
Lia Cigarini 1 describe las relaciones de diferencia como las relaciones de intercambio políticas y afectivas con hombres para medirse con la disparidad de lo real. Ida Dominijanni 2 las define como las relaciones de intercambio político, intelectual y afectivo, basadas en la conciencia de la diferencia masculina y femenina y no en su eliminación o neutralización. Vita Cosentino 3, por su parte, apunta que en estas relaciones está en juego la libertad en el pensar, de los hombres y de las mujeres: “He sentido un posible terreno de intercambio cuando he percibido un razonar masculino más libre, menos preocupado en construir una teoría que contiene todo y de la cual deducir un actuar y un organizar, y más atento a acoger las ocasiones que se abren en la contradicción del presente por los sujetos vivos y pensantes. Y al contrario, he sentido una imposibilidad cuando esta condición no estaba”. Esta operación de libertad “no renuncia a un análisis total pero no lo llena del todo, se limita a delinear un posible horizonte político donde todavía está todo por jugar” por lo que se convierte para ella en una invitación a participar en el juego con su diferencia.Luce Irigaray, para quien la política debería preocuparse ante todo de hacer reinar el amor entre los ciudadanos y las ciudadanas y tener como primer objetivo asegurar la paz, la armonía y la felicidad 4, explicita un poco más este tipo de relaciones en el libro Amo a ti en el que aborda una relación entre los sexos que facilite un espacio para el reconocimiento del otro, de la otra, y el retorno a sí:
“"Amo a ti" significa: no te tomo como objeto de mi amor ni de mi deseo. Te quiero como irreductiblemente otro. Mantengo la "a" como un espacio inalienable entre nosotros, garantía de tu libertad y de la mía. "Amo a ti" significa que conservo contigo una relación de indirección para evitar toda posesión o consumación amorosas y proteger de este modo el dos que somos y la relación entre los dos: "amo a ti" como hablo a ti. "Amo a ti" indica un camino para respetar tu intención y la mía, y para construir una duración del entre nosotros. "Amo a ti" significa que nunca te conoceré totalmente y que amarte implica respetar el misterio que tú siempre serás para mí. "Amo a ti" quiere decir también muchas otras cosas escritas en el libro o para descubrir por cada una y cada uno de nosotros.” 5
Es la distancia, el espacio simbólico entre un hombre y una mujer, la que provoca una atracción que hay que sostener y no clausurar, porque ahí vive el deseo. Unos años más tarde, prosigue con el desarrollo de este punto en su poético libro Ser dos 6:
“Ninguna expresión del deseo vale sin esta pregunta silenciosa: "¿quién eres tú? Tú que jamás serás yo ni mío, tú que siempre serás trascendente a mí, aunque te toque, pues el verbo en ti se hace carne y también, de manera diferente, en mí". (...) La trascendencia del otro exige respetar lo invisible en él incluida la percepción sensorial. Más allá del color de los ojos, del tono de la voz, de la textura de la piel, realidades inmediatamente sensibles a mí y para mí, subsiste, en el otro, una subjetividad que no puedo ver, ni mediante los sentidos ni mediante el espíritu. (...) La pérdida de mi... sucede porque me pregunto cómo vivir una relación entre nosotros, entre dos sujetos hechos de cuerpo y de lenguaje, entre dos intenciones que constituyen una relación encarnada, actualizada por la carne y la palabra.”
Según estas autoras, no todas las relaciones de intercambio son relaciones de diferencia. Sin entrar en las relaciones marcadas por el poder y/o la violencia de forma evidente, hay muchas otras en las que la condición de mantenerse en sí sin ocupar al otro, a la otra, –la "a" del título del libro de Irigaray- no se sustenta. En las que tampoco se despliega la libertad de un hombre y la de una mujer. Es una posición bien difícil. Por poner un ejemplo, hay en Entredós -una fundación femenina de Madrid - un grupo de encuentro y reflexión que se llama "¿Es posible amar y ser libre a la vez?" que ya va por su cuarta temporada, y da medida de esta dificultad.
Las relaciones de diferencia están marcadas por las condiciones en que se desarrollan: el respeto por el espacio que delimita la diferencia sexual y por mantener abierto como horizonte el infinito de cada sexo. Y a la vez son una apuesta por el intercambio entre los sexos: estas relaciones se juegan en el mundo entre un hombre y una mujer, y cada una es diferente porque toma la forma del mismo juego en que se despliega... Como nos recuerda Irigaray "amo a ti" significa muchas cosas por descubrir por cada una y cada uno de nosotros. Las relaciones de diferencia son el lugar privilegiado donde se encuentran las relaciones de los sexos y las relaciones entre los sexos, un laboratorio donde se abre la política sexual vinculada al deseo. Este lugar no está exento de dificultades porque son relaciones vivas, hechas de criaturas vivas y que se dan en el mundo real, con sus limitaciones y su potencia. Pero es esta y no otra la apuesta transformadora de las relaciones de diferencia, que nos modifican a nosotras, a ellos, a la vez que modifican el mundo. Lia Cigarini, insiste sobre este punto práctico y vivo de estas relaciones políticas: “Lo pensable puro, la posibilidad de esto o de aquello, aunque contenga todas las condiciones para realizarse, como sucede con los proyectos políticos de despacho, es inerte y suele quedarse en su estado inerte posible. En cambio, la práctica de la relación despierta el potencial de lo existente, porque despierta el deseo ” 7.
Los textos que presentamos a continuación dan cuenta de este deseo.
El 30 de mayo de 1989 Luce Irigaray y Renzo Imbeni se conocieron en Boloña; ella era su interlocutora en un debate público con ocasión de la elección de él para el Parlamento Europeo. Para preparar el debate, ella propuso una serie de cambios en el protocolo que sorprendieron a la mayoría pero no a Imbeni. Al contrario, él acogió estas modificaciones con toda tranquilidad. Y eso a ella le llamó la atención; lo vió como un hombre digno de confianza, que escucha y comprende rápido, piensa bien y da una respuesta inteligente, libre de las crispaciones y rigideces de una formación política. Le gustó su conducta justa y atenta, que asentía o objetaba con honestidad y firmeza. Le sorprendió su reconocimiento del otro y cómo lo afirmaba públicamente sin renunciar a ser él mismo. También su sentido de la equidad y su preocupación por la objetividad, cualidades que ella encuentra raramente y que no se pueden dar sino en la reciprocidad. Como ella misma dice “Éramos dos, un hombre y una mujer hablando según nuestra identidad, nuestra conciencia, nuestra herencia cultural, incluso nuestra sensibilidad” 8. “Con él resulta posible ser y permanecer siendo dos: una mujer y un hombre en una relación política, civil, que no renuncia a las cualidades sensibles de cada uno ni a la diferencia sexual 9 ”... Este hecho, raro y sorprendente, resulta decisivo para la filósofa y produce sus efectos: surge el deseo y el propósito de llevar adelante realizaciones juntos en la inteligencia y el afecto. Una de ellas, es el relato de este encuentro que supone tantas ganancias para ella: nace J’aime a toi. El libro, dedicado a reunir amor y democracia, aboga por un amor entre hombre y mujer que signifique amar desde dos diferencias creativas, curiosas y respetuosas de lo otro, no absorbentes ni aduladoras, que se limitan y se centran mútuamente y no compiten 10. Además, después de ese primer encuentro empezaron a trabajar juntos en un proyecto de ciudadanía en el marco del Parlamento Europeo, que dio lugar al documento titulado Perspectives politico-culturelles du Traité de Maastricht : pour une citoyenneté de l'Union européenne 11. De este trabajo a dos voces, ella da cuenta en su libro La democrazia comincia a due (1994) .
El texto de Renzo Imbenique presentamos se enmarca en el Seminario de Primavera de 1994 . Duoda invitó a Luce Irigaray para hablar del derecho sexuado y ella puso como una de las condiciones que Renzo Imbeni la acompañara. Así pues, el mismo día Irigaray pronunció una conferencia al lado de Imbeni. Más tarde, en su publicación en la revista Duoda, ambas intervenciones aparecen seguidas, con el mismo título, traducidas en dos idiomas diferentes, imagen preciosa que nos dice que el lenguaje de ella y el de él no son lo mismo.
En su ponencia, él narra que es un hombre comprometido con la izquierda, y que su propio recorrido personal y político le lleva a preguntarse sobre cuál es el germen de la intolerancia que recorre Europa. Empieza a buscar respuestas y es en este punto donde la elaboración teórica de Luce Irigaray y su propio compromiso político se encuentran: el reconocimiento y el respeto por la diferencia, empezando por la diferencia de ser hombre o mujer, es el fundamento de una nueva convivencia democrática. Y concluye que la traducción jurídica de esta diferencia ha de ser su garante.
Por su parte, ella habla 12 de una nueva relación civil y espiritual entre un hombre y una mujer que facilite el reconocimiento del otro, de la otra, a la vez que el retorno a sí. Esta nueva relación, que debe reconocerse y apoyarse en el derecho, especialmente en lo que respecta a las mujeres, resulta indispensable para una democracia verdadera.
El interés de las dos ponencias no está tanto en su contenido político formal, que comparte un horizonte común, como en la construcción diversa del texto que hacen autor y autora.
Una intuición y una preferencia me hicieron leer primero el texto de Irigaray. Fue una buena elección porque es ella la que me da la clave para entender el origen de los dos textos. Ella usa su propia experiencia en la relación con Imbeni para fundamentar sus afirmaciones políticas. Cuando ella habla de la relación entre un hombre y una mujer, está hablando de esa relación concreta que para ella ya es origen y prueba de su posibilidad de existencia. Ante nuetros ojos, despliega esta relación como si fuera algo material. Es, de hecho, una relación encarnada, que ella convierte en política para nosotras. Esta relación ocupa el centro del texto. La ilumina con su pensamiento, nos la presenta y nos la hace accesible a todos y a todas, no en forma de una teoría, un paradigma o un principio, sinó de algo que ocurre aquí, frente a nosotras. Lo podemos ver y lo comprendemos. De esa manera, por ejemplo, nos hace fácilmente reconocible cómo se manifiesta en una relación viva la no existencia simbólica de una relación civil entre un hombre y una mujer, cuyo signo de lo cual es la dificultad. Hablará de ella más adelante, la retomará en otros textos, pero para mostrarla nos la cuenta en primera persona:
“... El encuentro entre el hombre Renzo Imbeni y la mujer Luce Irigaray es casi imposible a nivel civil. Los (as) periodistas y las mujeres, comprendidas las feministas, han hablado en términos de constreñimientos reales cuando ellos o ellas han reducido mi relación con Renzo Imbenia una dimensión afectiva. La relación entre hombre y mujer debería permanecer al nivel del instinto y del sentimiento, ya que carece de medio de comunicación entre ellos a nivel civil. No codificado en términos de relación civil, el encuentro, para mí mujer, con el hombre Renzo Imbenies ya empíricamente muy difícil. Él, como candidato del PDS, representa a sus electores(as) dentro de su familia política, o bien se retira, en tanto que hombre, a la unidad natural de su familia privada, que representa civilmente como padre de familia. Nunca se representa civilmente en cuanto a hombre y si yo quiero reunirme civilmente con él como mujer no sé cómo hacerlo: se me remite de nuevo a la unidad natural de una familia, es decir la de un partido, a una relación instintiva entre los sexos, a menos que yo me convierta en un "individuo" sobre un damero electoral. Evidentemente hablo de las condiciones objetivas de un encuentro posible o imposible entre nosotros. Pero la subjetividad no puede ser independiente de los cuadros objetivos en los que se ejerce, y éstos son tales que toda amistad por mi parte aparece como un intento por seducir al hombre (¡sin tener en cuenta a su mujer!) o al electo, mientras que su amistad coresponde a un deber democrático de patriarca hacia todo ciudadano(a). El diálogo entre nosotros es civilmente impracticable y mi intención en Amo a ti y en La democrazia comincia a due es intentar hacerlo posible. Si, en tanto mujer, yo no puedo conversar civilmente con el electo que él es, la democracia es por segunda vez falseada por la ausencia de representatividad de los dos sexos y de su relación a nivel público.” 13
Por su parte, Renzo Imbeni reconoce en un momento de la exposición su deuda con Luce Irigaray. Reconoce también que la elaboración de ella sobre la diferencia sexual ha sido para él el inicio de un nuevo pensar la democracia, cuando estaba en un nudo de sentido que lo tenía paralizado. Y, a partir de ese gesto de reconocimiento, nada pequeño, él sigue la propia deriva de su pensamiento para desarrollar el título de su conferencia. Tal como él lo presenta, el lugar de encuentro entre ellos se da en el mundo de las ideas. Cada uno trae un regalo consigo que, al juntarlos, producen algo nuevo, y es eso lo que él nos presenta. En cambio, Luce Irigaray viene a hablarnos con todo, con las ideas, pero sobretodo con los cuerpos en relación.
Yo no había leído estos textos cuando escribí "Una relación de diferencia" 14. Mi escrito nació de una invitación de Lia Cigarini a narrar nuestras experiencias en relaciones de este tipo 15. Como Luce Irigaray, yo también puse en el centro la relación con un hombre para hablar de la diferencia que se significa y se hace política. También fue un texto encarnado, hecho a nuestra medida, o para ser exacta, a mi medida, porque intentaba decir algo de lo que a mi modo de ver se movía en la relación con Josep Sanahuja, colega y amigo. Quería dar cuenta del acercamiento de un hombre y una mujer que disfrutan de ir tejiendo una relación basada en el intercambio y que la hacen política cuando intentan narrarla. Tiempo después lo invité a escribir "su parte" para el número 28 de la revista Duoda, cuyo monográfico estaba dedicado a las relaciones de diferencia.
Cuando leí su texto me impresionó sobre todo el lugar desde el que él hablaba: eligió para hablar las paredes de la relación, el marco. La distancia que nos separa-une. Eso fue una sorpresa y, en aquella época, también una decepción, porque yo esperaba que él, como yo, hiciera un esfuerzo por describir la relación en sí misma, lo que circulaba entre nosotros, y cómo él se transformaba con ella. Yo esperaba que hablara del contenido, y el habló del continente. En realidad, ese movimiento quebrado me despistó e interpreté que con ese gesto se alejaba de la relación; pensé que hablaba de ella tomándola "por una punta", usándola como un ancla para desplegarse después por los mares de su propio pensamiento.
Esa primera decepción señalaba un malentendido muy común entre hombres y mujeres, fruto de la misma diferencia sexual. Está claro que nuestra experiencia del mundo es diferente y nos llama a hablar de él desde puntos de vista bien diversos. Cuando invité a Josep a hablar de nuestra relación, desde la libertad, él se tomó la suya –de la misma manera que yo había hecho con la mía- y se colocó en un lugar diferente al que yo esperaba que nos encontrásemos. Muchas veces la lectura que hacemos de esto las mujeres, como yo la hice, es que a ellos les da miedo, o les cuesta, meterse en camisa de once varas hablando de sentimientos o de cosas que cuesta mucho de tocar, aunque son importantísimas, a nuestro modo de ver. Como si fuera una falta de ellos. Con el tiempo, puedo decir que solo la mirada atenta del otro, su escucha sin interpretaciones previas, tampoco con la esperanza de encontrar lugares comunes o puntos de acuerdo, permiten ver la riqueza y la novedad de lo que traen para decir. Y hay que contar con la sorpresa y el asombro cuando nos ponemos a la tarea. Frecuentemente es en el juego entre los dos que vamos descubriendo la verdad, porque a veces ellos, a veces nosotras, sin querer, nos damos la razón de antemano. Por evitar el conflicto que, pensamos, va a destruir la relación; porque nos quieren o los queremos, porque aceptan nuestra autoridad y nosotras la suya, porque no tienen palabras todavía -o nosotras no tenemos- para decir eso que les/nos remueve... Y en ese momento, una, uno, se podría dar por satisfecha, sin ver que solo es el punto de partida y que hay que pasar por ahí, decidirse y dar el paso, arriesgarse a lo que puede parecer un desencuentro, para llegar más allá. Sin ningún camino trazado, en un juego lo más libre posible.
Por eso ahora, releyendo su texto, esta vez mucho más atenta, se me ocurre sin preguntarle que Luce Irigaray lo hubiera aprobado. Porque él estaba hablando del espacio que abre la preposición "a" de "Amo a ti". Porque él decía algo de la distancia que pone en tensión la relación, y que la hace vivir. La que nos separa a la vez que mantiene en vilo la atracción y mueve el deseo. Ahora puedo ver también la relación encarnada ahí, aunque más que de la materia de los cuerpos, él hable del espacio. Es como ver la relación por el fondo, más que por la forma.
Si me zambullo en sus palabras y a la vez mantengo viva en mí la relación que las sostiene, puedo reconocer que la distancia es una cuestión nada pequeña para él y entiendo por qué escogió hablar desde ahí. A decir verdad, encontrar la buena distancia es crucial para ellos y también para nosotras, aunque la tratamos de forma diferente. Creo que las mujeres nos llevamos mejor con ella, la transitamos con más facilidad o al menos, de forma menos abrupta. Para nosotras se vuelve flexible, algo tan "natural" que muchas veces hacemos como si no estuviera: la tomamos, nos acercamos, nos alejamos, nos la saltamos... Aparentemente con menos preocupación porque la damos por supuesta, sabemos que está ahí, como el aire que nos envuelve. Para ellos no es así; algunos hacen auténticas acrobacias para saltársela o para mantenerla a toda costa como una defensa. Es más una puerta, una pared, un obstáculo que algo que facilite el paso. La distancia, para ellos, es una cosa. Y la tratan como una cosa.
De la lectura de los textos contenidos en este capítulo, los de Imbeni y Sanahuja y, implícitamente los de Irigaray y el mío propio, yo podría decir que ella y yo tomamos la relación de diferencia directamente y la ponemos en el centro. Y que ellos la mantienen a su lado, haciendo de ella una referencia. Pero naturalmente, esto no tiene validez alguna si no vuelvo a ponerlo entre los dos (en este caso, entre Josep y yo). Esa es la apuesta que mantiene vivo el juego: lo que se desata por la relación, hay que seguir manteniéndolo en la relación, alimentándola, dando juego. Y ver dónde nos lleva.





