¿Violencia post-patriarcal? El amor, la política y la necesaria reinvención de las relaciones entre hombres y mujeres, de Marco Deriu
Traducción del Italiano de Gemma del Olmo Campillo.
Mi intervención parte de algunas hipótesis de fondo. La primera, que estamos en el medio de una radical revolución de las relaciones entre los sexos de la cual no somos plenamente conscientes y que reconocemos solamente a trozos y confusamente. La segunda es que la violencia masculina sobre las mujeres a la que estamos asistiendo en este periodo está asumiendo características diferentes de las que conocíamos, tanto como para asumir formas que propongo definir "post-patriarcales". En tercer lugar, que el sacar a la luz este tipo de violencia nos ayude a comprender la naturaleza y la transformación de las relaciones entre hombres y mujeres, y, a la vez, a proporcionarnos pistas para la posible reinvención de una cultura de las relaciones.
Para comprender la naturaleza de la transformación a la que estamos asistiendo sobre el plano relacional ante todo se debe tener en cuenta el cambio de los vínculos matrimoniales y de las formas familiares en la historia reciente. El matrimonio, por ejemplo, ha cambiado radicalmente de naturaleza en el tiempo y hoy tiene un significado muy distinto respecto al pasado. Como ha escrito el sociólogo alemán Ulrich Beck: “Durante la Edad Media esta era una institución sui generis, creada prescindiendo del individuo y garantizada por Dios. Hoy, en cambio, cada vez más a menudo se trata de una asociación afectiva (temporal) que implica a dos vidas individuales. Su justificación ya no es de naturaleza tradicional y material (pensemos solo en las reglas de sucesión concernientes a los bienes y al poder), sino individual y emotiva”.
1 Durante toda la época premoderna y hasta tiempos recientes el matrimonio ha sido regulado por leyes y costumbres: 2 divisiones de las tareas, del trabajo, de la economía y de la herencia, de la sexualidad, la fe y la religión. El matrimonio no servía para la búsqueda de la felicidad de las personas pero servía para el orden social, la estabilidad, el mantenimiento del poder y de la riqueza, la construcción de alianzas y la garantía de una descendencia, la salvaguarda de la virtud femenina y del honor masculino. Estos aspectos económicos, políticos, religiosos, han sido durante mucho tiempo bastante más relevantes y vinculantes que las dimensiones afectivas y sentimentales, y que la propia voluntad de los individuos.
En el último siglo la familia ha ayudado a los grandes cambios. En primer lugar ha perdido las connotaciones políticas y productivas y ha reforzado las morales, religiosas y jurídicas. A continuación, con los procesos de secularización e individualización, las connotaciones tradicionales han ido decayendo para que las expectativas y los proyectos de personas individuales afloren cada vez más. En tiempos recientes el matrimonio ha empezado a representar que se persigue un ideal de relación y de vida, una idea de realización individual e interpersonal.
Lo que ha pasado con las formas matrimoniales es indicativo de un cambio más general en la naturaleza de las relaciones entre los sexos y de las uniones familiares. Hoy nos encontramos en una situación caracterizada por lo que el sociólogo inglés Anthony Giddens llama "relaciones puras". 3 Se entiende por relaciones puras relaciones no dictadas por obligaciones sociales, económicas o religiosas, sino fundadas sobre los beneficios que cada sujeto considera que tiene mientras mantiene una relación continuada con el otro.
De hecho las relaciones hoy se fundan sobre la comunicación y sobre el entendimiento emocional. Tal entendimiento en el pasado no era la base de los vínculos familiares que respondían a otros objetivos (aunque naturalmente era bienvenido cuando se creaba), hoy, al contrario, es su principal presupuesto y fundamento. Como ha indicado Giddens: “La relación pura tiene dinámicas completamente distintas de los tipos más tradicionales de vínculos sociales: esta depende de un proceso de confianza activa que induce a un sujeto a abrirse al otro, condición fundamental para que se dé intimidad. La relación pura es implícitamente democrática”. 4
Por tanto, si en el pasado las relaciones familiares estaban construidas sobre roles, obligaciones, proyectos económicos, relaciones de poder, y a veces de coerción, hoy este género de vínculos descansan más bien en la capacidad de comunicar y comprenderse, en la capacidad de establecer relaciones de intimidad, en la confianza y en el respeto, en la disponibilidad al diálogo y en la adaptación recíproca. La relación, en otras palabras, no se da de una vez para siempre, es fruto de un diálogo, de una contratación, de un entendimiento y de una confianza que tiene que ser reafirmada constantemente. En esencia, la relación de pareja o familiar no es superior a las partes y no encuentra un fundamento externo sino que coincide y termina con el interés y la voluntad de los dos sujetos.
La forma más clara de esta tendencia llega con el incremento de las llamadas parejas de hecho, que no son otra cosa que la ejemplificación de una relación que es tal solamente mientras los dos sujetos —y nadie más— la reconocen como tal. O bien mientras la relación se muestre, considerando el conjunto, satisfactoria o fuente de beneficios para ambas partes.
De hecho, esta libertad cada vez mayor de los vínculos y esta individualización de las relaciones e incluso del matrimonio determina una nueva condición caracterizada por algunos elementos:
-El debilitamiento cada vez más marcado de los modelos tradicionales de relación rígidos y preestablecidos que se traduce en una menor presión conformista para cada uno/a.
-Una mayor responsabilidad por parte de hombres y mujeres con respecto a la elección de comenzar o continuar una relación estable.
-Una situación de mayor intimidad y simbiosis en las relaciones.
-Por fin, una mayor exposición a la libertad y a las decisiones de la otra persona.
Este último aspecto es especialmente relevante para los hombres. Mientras históricamente las mujeres en el fondo siempre han estado oprimidas por las voluntades masculinas, no se puede decir lo mismo de los hombres. De hecho este paso coincide con una crisis de las estructuras patriarcales que por primera vez deja desarmados a los hombres, enfrentándose con la propia dependencia y vulnerabilidad. De repente los hombres ya no establecen las reglas y ya no manejan el juego. Deben discutir todo y contratar cada aspecto de las relaciones. Se muestra cada vez más la importancia de las figuras femeninas en la construcción del propio equilibrio y del propio sentido de sí. Esta situación también se fortalece con motivo de la crisis de las estructuras y de las culturas patriarcales.
Como ha indicado el sociólogo Manuel Castells: “El patriarcado es la estructura familiar básica de todas las sociedades contemporáneas. Se caracteriza por la autoridad, impuesta desde instituciones, de los hombres sobre las mujeres y sus hijos en la unidad familiar. Para que se ejerza esta autoridad, el patriarcado debe dominar toda la organización de la sociedad, de la producción y el consumo a la política, el derecho y la cultura”. 5
Sin embargo, en las últimas décadas la estructura patriarcal, jerárquica, vertical, fue puesta en crisis radicalmente por los cambios sociales, económicos, tecnológicos, culturales y políticos que han transformado radicalmente las circunstancias de las mujeres y de los hombres en nuestra sociedad, en todos los aspectos y en todas las dimensiones sociales. Las transformaciones de la sexualidad con la difusión de la contracepción y la legitimación del aborto, la introducción del divorcio y la desacralización de la institución del matrimonio, la llegada de las nuevas tecnologías reproductivas, las transformaciones económicas y del mundo del trabajo con una creciente importancia del trabajo femenino, y más recientemente la crisis de las instituciones políticas y económicas, han contribuido a hacer manifiesto el final del modelo cultural patriarcal basado en la autoridad masculina, en la jerarquía, en el predominio de la figura paterna, en la negación de la subjetividad de las mujeres y en el control sobre el cuerpo femenino.
En todo esto y detrás de todo esto ha jugado un papel fundamental la experiencia del movimiento de mujeres. Este movimiento ha contribuido enormemente a modificar la cultura de base de nuestras sociedades, a criticar la lógica del poder y de la jerarquía masculina, a librar a la mujer de la centralidad de la norma masculina, a valorar la subjetividad femenina y a promover la libertad de las mujeres. En particular, creo que la valoración de las relaciones entre mujeres ha dado mayor confianza y seguridad a las mujeres.
La revolución que estos cambios han traído puede ser resumida en un hecho fundamental: las últimas décadas han visto la llegada de la libertad de las mujeres en las sociedades contemporáneas, aunque de manera distinta y en diferente medida según los países y los contextos. Este hecho puede ser contrastado y también discutido con disposiciones o leyes, pero sencillamente ya no es reversible social y culturalmente. No solo eso, sino que como ha indicado Manuel Castells “Es la revolución más importante porque llega a la raíz de la sociedad y al núcleo de lo que somos”. 6
Ahora una parte de los hombres han aceptado este pasaje —la crisis del orden patriarcal y la llegada de la libertad femenina— como una ocasión de libertad también para sí. Otros hombres están viviendo este pasaje con una sensación de miedo, cuando no de amenaza. Comprenden que ha cambiado algo, ven a las mujeres más libres y autónomas en los sentimientos, la sexualidad, las relaciones, el trabajo, se percatan de que las mujeres ya no están ahí para sostener sus deseos y sus necesidades sino que son sujetos autónomos que pretenden a su vez cierto tipo de presencia en la relación.
Por tanto, de fondo hay una cuestión crucial. Hoy las relaciones entre mujeres y hombres han cambiado y los hombres viven por primera vez el "miedo a una «relación libre»". Como decía, todos estos cambios desplazan sobre todo a los hombres, acostumbrados a ser medida y baricentro de las relaciones.
En el pasado los hombres obtenían una gran parte de su reconocimiento a partir del rol social y de su identidad pública, del trabajo, de la política. Una vez desplomado el apoyo a una autoridad patriarcal socialmente preconstituida y reconocida de manera estable, los hombres deben medirse mucho más dentro de las relaciones.
¿Qué significa para los hombres la llegada y el reconocimiento de la libertad y del deseo de las mujeres respecto a la reconstrucción de una cultura de las relaciones en las distintas dimensiones afectivas, sexuales, sociales y políticas?
Para los hombres no se trata solo de renunciar a poder y privilegios sino también de reposicionarse y mantener el ritmo de un cambio profundo que ya está encarnado en la vida de muchas mujeres. Paradójicamente, es justo la libertad y la subjetividad de las mujeres lo que más pone en dificultad hoy a los hombres. Las mujeres hoy ya no se definen solo en razón de sus compañeros o de los otros en general, sino que están ocupadas en la construcción de su vida personal relativamente autónoma. La autonomía económica, intelectual, sexual alcanzada por muchas mujeres vuelve a poner en discusión la estructura misma de las relaciones afectivas, familiares, económicas, políticas a las que los hombres están acostumbrados.
En esencia, los hombres se encuentran hoy afrontando un doble cambio en el plano personal y social 7. Por una parte deben reencontrar un equilibrio y una recomposición interna para reaccionar a las contradicciones y a la esquizofrenia impuesta por la sociedad industrial moderna (además de por los rígidos y dualistas esquemas patriarcales, hoy en vía de licuefacción), y por otra deben aprender a reinventar formas de relación con el otro sexo fuera de los modelos tradicionales, o bien mostrar los recursos interiores y psicológicos necesarios para vivir en relaciones no fundadas sobre la dependencia y el control sino sobre la autonomía y la libertad, con todos los riesgos (las frustraciones y las realizaciones) que esto comporta.
Desde este punto de vista, la rápida decadencia del modelo jerárquico patriarcal no se transforma automática y linealmente en una ganancia en el plano de las relaciones hombre mujer. En este régimen de transición son grandes los riesgos de desorientación, de confusión, de resentimiento, claramente visible en la aparición de movimientos masculinos nostálgicos y revanchistas; en una nueva proposición de la violencia masculina hacia las mujeres, sobre todo en las relaciones de proximidad (familiares, amistosas, laborales, entre grupos de iguales).
Las contradicciones se muestran de manera aún más evidente si se analizan los países del Norte de Europa, que en nuestro imaginario han representado durante décadas los lugares más avanzados en la construcción de un ideal de "paridad" entre hombres y mujeres. Descubrimos, por ejemplo, que incluso en Suecia, el país más avanzado en términos de legislación, de paridad, de reparto de los puestos y las responsabilidades, en el país con el mayor número de mujeres empleadas (más del 71%), con el mayor número de mujeres en el parlamento después de Ruanda, también en este país, en Suecia, el problema de la violencia contra las mujeres está a la orden del día. Asimismo, hay un problema grandísimo de silencios alrededor de un problema que parece contradecir la imagen avanzada de este país. Algunos datos oficiales hablan además de un significativo aumento de las violencias desde los años 70 a hoy.
Una investigación a gran escala en Suecia, Finlandia y Alemania 8 evidencia que en estos países más del 35% de las mujeres entre los 16 y los 67 años han sido víctimas de violencia física o sexual. Otras estadísticas dicen que en Suecia un 50% de mujeres han sido víctimas de violencia al menos una vez en su vida.
Ejemplos parecidos nos recuerdan que el problema de la violencia masculina contra las mujeres no concierne solo a áreas o segmentos culturales atrasados. Esta violencia tampoco es enmarcable solo como un residuo o un coletazo de la sociedad patriarcal. En cambio, es posible lanzar la hipótesis de que en este momento de transición se está ante una transformación de la violencia masculina en términos si no cuantitativos sí ciertamente cualitativos.
Tomemos el caso de los feminicidios. En Italia, según el último "Informe sobre la criminalidad en Italia" hecho público por el Ministerio del Interior el 18dejuniode2007, los homicidios voluntarios disminuyeron de 1.901 casos en el año 1991 a 601 en 2005 (1 por cada 100.000 habitantes). En 2005 la tasa de homicidios ha sido la más baja de los últimos treinta años. Con una mirada todavía más extensa, podremos advertir que en muchos aspectos vivimos en una sociedad que resulta ser mucho más segura que cualquier otra del pasado. Sin embargo, si se mira mejor y se presta atención a las diversas tipologías de homicidios vemos que han disminuido los homicidios de la criminalidad organizada, los homicidios por peleas, riñas, motivos banales, los homicidios por robos y atracos, los homicidios por otros motivos; la única tipología de los homicidios que, contra la tendencia, prácticamente se duplica son los que conciernen a la familia y a pasiones amorosas (de 97 casos en 1992 a 192 en 2006, sobre un total de 621).
En otras palabras, disminuyen todos los tipos de homicidios en casi un tercio, mientras que aumentan, incluso se duplican, los amorosos, que ahora superan a los de la criminalidad organizada (192 frente a 121).
Dentro de este dato, podemos ver que en cerca del 85% de los casos el autor del homicidio es el hombre, y en más del 60% de los casos es el compañero o el novio actual o anterior.
Algunas investigaciones desarrolladas en Italia en los últimos años mostraron que estos homicidios afectan a situaciones en las que los compañeros no han aceptado la separación llevada a cabo o inminente, en un porcentaje que va desde el 31% a más del 50%, según los años. Este problema afecta sobre todo a los hombres, lo que sugiere bastante claramente la realidad de una mayor fragilidad y dependencia psicológica, así como una menor autonomía por parte masculina.
El problema del feminicidio, en particular en el ámbito doméstico, no es un dato solo Italiano. Según estadísticas del Parlamento Europeo, cada año en el viejo continente cerca de 900 mujeres serían asesinadas a causa de la violencia empleada por el propio compañero.
También aquí merece la pena apuntar que, por lo que respecta a la incidencia del feminicidio en el ámbito doméstico, entre los países con la tasa más alta por millón de habitantes hay diversos países del norte de Europa, en particular Finlandia, Suiza, Eslovaquia, Dinamarca, Noruega, más algunos países del Este como Hungría, Eslovenia, Croacia y Rumania.
Por tanto lo que quiero subrayar es que dadas las características de algunos de los países más golpeados por estos homicidios, dada la tendencia al aumento de estos crímenes en los últimos años y dadas, en fin, las situaciones en las que estos delitos se realizaron, podemos afirmar que este tipo de violencia es algo distinta respecto a las violencias tradicionales típicas de una cultura y de una sociedad patriarcal.
No se trata de violencias que nacen en una situación de atraso cultural, sino, al contrario, en un contexto de creciente igualdad y reconocimiento de derechos y paridad. Esta violencia golpea en especial a las mujeres que manifiestan libremente su pensamiento y su deseo, que abren conflictos y toman decisiones autónomamente, como terminar una relación, decidir sobre la propia maternidad, vincularse a otras personas, reorganizar la propia vida social, profesional, económica. 9
Sería un error considerar que esta violencia masculina presupone, como ocurría en el pasado, un juicio de inferioridad respecto a las mujeres o un puro y simple intento de sometimiento. Al contrario, parece más plausible pensar que nos encontramos ante una violencia producida por una incapacidad del hombre para enfrentarse con una sobrevenida autonomía y libertad femenina. Se trata por tanto de un sentido de inadecuación hacia la otra, hacia sí mismos y hacia la vida. Eso también se evidencia en los numerosos casos de homicidio-suicidio extendidos sobre todo entre los hombres. No solo no consiguen aceptar no ser ya amados y ser abandonados, sino que tampoco consiguen imaginarse a sí mismos fuera de esa relación. En el momento en que la compañera abandona al hombre, estos inesperadamente se dan cuenta de que no son y nunca han sido una sola cosa. Descubre, por tanto, su fragilidad y su total falta de autonomía. Efectivamente, distintos estudios dirigidos en Canadá y en los Estados Unidosmuestran que los hombres violentos contra las propias mujeres son emotivamente dependientes, inseguros y con un bajo nivel de autoestima. 10
Por tanto, me parece importante indagar y profundizar en la idea de una violencia masculina específica, que podamos definir "post-patriarcal", típica de una condición social y simbólica de mayor igualdad formal como la alcanzada en las democracias igualitarias.
El orden patriarcal, además, mientras imponía una violencia sobre el plano estructural y simbólico, regulaba a la vez las formas más explícitas de violencia. Hoy, al contrario, las violencias masculinas asumen una forma más explícita y en muchos aspectos más extrema.
No está en absoluto establecido que el paso de un sistema patriarcal a uno idealmente más paritario e igualitario signifique "una disminución de los conflictos o de "la violencia". Al contrario, yo creo que en el momento en que se afirma una igualdad formal se manifiestan y se manifestarán las mayores contradicciones y conflictos, contemporáneamente.
Conflictos por la división del trabajo del cuidado, conflictos por la custodia de los niños, conflictos por la reproducción, conflictos en la política, en las profesiones y en los ambientes de trabajo, en los afectos y en la sexualidad.
En el momento en que decaen las estructuras sagradas del patriarcado, se modifican también las formas mismas de los conflictos. En opinión de algunos, debemos revisar la tradicional inclinación a recalcar la dimensión vertical de los conflictos sociales —entre padre e hijo, entre soberano y súbditos— para reconocer que en la época democrática prevalecen fundamentalmente los conflictos horizontales, entre iguales, entre hermanos. 11
¿Qué tipo de sociedad y también de masculinidad sucede a la tradicional patriarcal? ¿Y qué tipo de autoridad puede nacer una vez que no se reconoce la sacralidad de los modelos patriarcales y se pone en crisis el fundamento de los modelos jerárquicos 12?
Si para la primera de estas preguntas tenemos una respuesta parcial, la segunda, en cambio, sigue atormentando nuestra situación. De hecho, al menos en una primera fase, el tipo de sociedad que sigue al modelo patriarcal es la que alguien ha llamado "fratriarcado", o sea un modelo horizontal en el que el mecanismo fundamental ya no es la regulación jerárquica de las tensiones sociales con el consiguiente conflicto edípico de sustitución, sino más bien la envidia fraterna y una competición exasperada y aparentemente sin límites. Esta situación ya la tenía clara Alexander Mitscherlich al final de los años sesenta: "El conflicto principal entre ellos no se caracteriza por la rivalidad edípica, que disputa al padre los privilegios del poder y de la libertad, sino por la envidia fraterna hacia el vecino, el competidor que ha tenido más". 13
Desde el punto de vista de los nuevos fundamentos de la autoridad política la cuestión es más compleja y más problemática. En una "sociedad sin padres" ningún individuo identificable tiene él solo en sus manos el poder, y tampoco los cargos más importantes del estado, del gobierno, de las cámaras, de los partidos, tienen ya ese aura de sacralidad institucional con la que en un tiempo se revestían.
Desde el incremento de las protestas, por las decisiones impopulares tomadas por parte de las autoridades centrales (ya sea por la ubicación de instalaciones de drenaje, de vertederos, o de infraestructuras de cualquier tipo), al incremento de autoridades locales y conflictos microidentitarios, desde la ruptura del monopolio de la fuerza a la proliferación de las patrullas voluntarias, muchos aspectos hoy prueban que la autoridad en sentido tradicional cada vez goza de menor capacidad de regulación de las tensiones que atraviesan nuestra sociedad.
No hay que sorprenderse de todo esto, porque un modelo completamente horizontal deja abierto el problema del reconocimiento de cualquier tipo de autoridad, también contextual y desacralizada, que permite un principio de organización y de dirección. En resumen, el distanciarse de los modelos patriarcales y autoritarios no parece dar lugar a un sistema fraterno y pacífico sino, más bien, a una gestión del poder desaprensiva e irresponsable, incapaz de reinventar nuevas formas de autoridad y de reconocimiento.
Con esto no interpretemos que hay que dejar de reconocer el potencial de liberación, de emancipación, de autodeterminación, implícito en la ruptura de los sistemas simbólicos patriarcales de regulación vertical y en el paso a un sistema democrático de tipo igualitario-horizontal. Lo que creo poder poner en duda es la ilusión de una política interpretada como lugar de individuos autónomos que por un lado se han emancipado del modelo autoritario paterno y, por otro, de la dependencia materna, y que ahora finalmente deben decidirse a encontrar un acuerdo y un reconocimiento recíproco dentro de una situación de igualdad establecida. El conflicto entre los sexos en el espacio político y la persistente alteridad de las mujeres está ahí para recordar que desde este punto de vista las cuentas no salen, y que los problemas tardan en ser resueltos.
Hay un lado oscuro en el imaginario igualitario democrático moderno que los hombres siguen sin querer ver.
¿En qué consiste la época moderna de la igualdad? Si queremos recuperar la idea de igualdad de condiciones propuesta por Alexis De Tocqueville podemos decir que la llegada de una época de igualdad está vinculada al final de las diversidades sustanciales que caracterizaban y organizaban las relaciones sociales, religiosas, económicas y políticas en los siglos anteriores. Por tanto, al no reconocimiento de las diferencias ontológicas, consideradas "naturales", fundadas sobre la raza, la religión, el género. 14
Aquí está el nudo de la dificultad, la equiparación pura y simple de la diferencia sexual a una diversidad identitaria, como las raciales, de clase, religiosas, culturales, y el intento de cancelar o retirar esta diferencia.
Ahora pienso que el problema de la violencia en las sociedades democráticas contemporáneas, en las que, como se ha apuntado, los propios individuos han interiorizado la idea misma de democracia, no está vinculado a un rechazo de la igualdad de condiciones (en el sentido tocquevilliano del término), o al rechazo de los derechos o los méritos de las mujeres, sino a una dificultad para aceptar la alteridad real, o bien la diferencia subjetiva.
Los hombres saben discutir con las mujeres en la medida en que o asumen modelos identitarios tradicionales y reconocibles, o imitan formas, modalidades, lenguajes y deseos masculinos en una perspectiva post-moderna. En estos dos casos los conflictos pueden ser extremos pero no radicales o intolerables. Sin embargo, las mayores dificultades se producen en el momento en que las mujeres encarnan su propia diferencia. Esto es cierto tanto a nivel interpersonal como político.
A nivel interpersonal creo que una violencia como la de los homicidios domésticos surge en el momento en que comprenden que la propia compañera o ex compañera ya no es una continuación, un reflejo del propio deseo o de las propias necesidades. En el momento en que la mujer elige en base a un deseo propio que es diferente (otro) y no mimético (igual o simétrico) respecto al masculino.
A nivel político la dificultad del simbólico masculino es hoy la de reconocer que la discusión y los conflictos no adquieren necesariamente las formas jerárquicas verticales o simétricas horizontales.
Basta traer a la memoria algunas de las dimensiones más conflictivas en las relaciones entre hombres y mujeres que han preocupado durante estos años.
En Italia hemos tenido fuertes conflictos en torno a la ley (40) sobre la "fecundación asistida" y en particular sobre la cuestión de la fecundación heteróloga. Hemos tenido una reanudación del conflicto en torno a la "cuestión del aborto". 15 Se arrastra una discusión en torno a la "Píldora RU 486" disponible en casi todos los países europeos pero no en Italia 16. Ha habido también una larga batalla por la ley sobre la custodia compartida que, incluso poniendo cuestiones importantes relativas a compartir responsabilidad y relaciones, se ha jugado en clave antifeminista y antifemenina, y en el plano de una igualdad abstracta entre roles que no corresponde a la realidad.
Entre líneas, detrás de estos conflictos podemos reconocer algunos miedos o dificultades masculinas que nos hablan de una "asimetría entre los sexos":
- "La dificultad masculina para pensar el propio origen y la propia relación originaria", o bien la propia relación con la madre. Sigue valiendo lo que escribía Adrienne Richhace tantos años:
“Hay muchos elementos que indican que la mente masculina siempre ha estado obsesionada por la idea de que deben la vida a una mujer, el esfuerzo constante del hijo por asimilar, compensar o negar el hecho de ‘haber nacido de mujer’” (Rich, 1983, p. 7).
-“La incapacidad masculina de pensar no en términos de individuos singulares y de derechos individuales sino en términos de relaciones entre sujetos”. El problema general que emerge obviamente como contradicción en su dimensión originaria es la idea de tutelar la vida abstrayéndola de su fundamento que es la relación con la madre. Reconociendo la posibilidad de decisión de la madre no en cuanto sujeto débil y a riesgo de su salud, sino en cuanto raíz y presupuesto de la vida, por su papel de "mediadora"...
-"La no aceptación de una asimetría ante la procreación". La mujer es reducida a cuerpo y recipiente de la vida. Mientras se ensalza la sacralidad de la vida se cancela lo que es el fundamento de la vida, es decir, el vínculo, la relación, a partir de la originaria entre la madre y el niño. Se quiere afirmar el "el derecho del individuo singular" privado del vínculo biológico y humano con la madre, en contra del reconocimiento de la dualidad, de la relacionalidad de la vida. Se nos olvida que la vida no puede ser garantizada negando o sustrayendo estas relaciones, sino, si acaso, reforzándolas o entrelazándolas con otras relaciones.
-"Los fantasmas masculinos de inutilidad, de ser accesorios, de inseguridad acerca de su propio lugar en el mundo". Poned una detrás de otra la cuestión de la hostilidad hacia la fecundación heteróloga, las reivindicaciones de los padres separados, el ataque contra la libertad de elección de la mujer en la procreación y en el aborto y veréis que lo que está en juego evidentemente es una profunda sensación de impotencia masculina. El miedo masculino a descubrirse inútil, marginal, accesorio, respecto a la procreación, a la paternidad, al propio papel en la familia.
-"La atribución a las mujeres de la crisis masculina". Otro aspecto notable es el hecho de que, de una evidente crisis de identidad de los hombres, de una crisis de su papel social, de la crisis su autoridad por la disolución del orden patriarcal, sean consideradas culpables las mujeres. Como si la libertad femenina les hubiera sustraído algo. Los hombres arremeten contra las mujeres como si ellas tuvieran algo que restituirles y con la ilusión de que, una vez restituido, las cosas se colocarán en su lugar.
-"La evasión en la norma". Es interesante advertir que una vez más en esta crisis se intenta reaccionar sobre el plano normativo. Algunos hombres querrían que las relaciones entre mujeres y hombres fueran reguladas y controladas por leyes.
De hecho, ante la crisis de los modelos patriarcales y la llegada de modelos democráticos igualitarios, los hombres se encuentran no solo por vez primera frente a una relación libre entre dos sujetos deseantes, sino que descubren también que la diferencia sexual además los pone frente a una situación asimétrica. Por tanto, la clave es "afrontar una relación libre y asimétrica".
En otras palabras, es preciso recordar que la discusión o el conflicto entre hombres y mujeres no es un juego cuya suma es cero", como si la ganancia de las mujeres fuera una desventaja para los hombres, y lo que han perdido los hombres hubiera sido cogido por las mujeres. Al contrario, yo creo que se puede mostrar que hay un "recorrido de libertad de las mujeres que puede encontrar un recorrido de libertad de los hombres".





