Para introducir la buena distancia, de Josep Sanahuja
Al final de un texto que me pasó mi amiga Lourdes Albi, su autora, Luisa Muraro, dice que “las mujeres se toman con Dios una libertad que los hombres ni se imaginan.” 1 La autora nos aclara que se trata de una libertad que no se confunde con sus definiciones ni con sus celebraciones, y que para conocerla hace falta experimentarla. Cierto es que una experiencia es siempre algo que concierne solo quien la vive, y es por eso que tiene toda su importancia que diga que es posible no para todas, sino para algunas. Puedo entender que se trata del modo como una mujer usa su libertad más allá de cualquier prescripción, lo que conecto con otra frase que me aporta algo de luz, cuando habla del “paso en el que la libertad no lleva todavía su nombre”. Una bonita manera de decir que se puede hablar de aquello sobre lo que la palabra no alcanza, lo que tiene que ver más con la dimensión del decir que con la dimensión de la palabra. Luego, añade: “decisión que puede tomarla también un hombre, un hombre que alcanza la madurez de saber que no sabe, porque -se dice él- no soy más que un hombre.”Probablemente esta imagen expresa acertadamente algo del sentido de la diferencia de ser mujer, porque expresa un reconocimiento fundamental de la singularidad femenina que ninguna categorización podría fijar, irreductible a una construcción. A mi modo de ver, el feminismo ha contribuido notablemente a desentrañar las construcciones ideológicas subyacentes al análisis de la diferencia sexual, por largo tiempo confinadas bajo la mirada masculina, y ha relanzado en el mismo movimiento la cuestión de la alteridad del lado mujer. En efecto, ha sido gracias a su investigación de las complejidades de la subjetividad lo que ha permitido superar la identidad como termino positivo y estable, que sólo conduce a dilemas esencialistas. Me parece que es en esta perspectiva que Lia Gigarini ha podido ver en el signo de la diferencia femenina un punto de orientación al considerarla "mediadora de la diferencia sexual y, por tanto, de la diferencia masculina". 2 Se abre entonces, desde este momento, una llamada al juicio masculino y una exigencia a repensar los términos del consabido conflicto entre los sexos. Este signo puedo reconocerlo en la idea que la subjetividad desborda siempre las definiciones y categorias, y por eso "cuesta trabajo o no se consigue decir el sujeto mujer que actúa". Y otro tanto para el sujeto hombre, añadiría. Por lo menos yo soy sensible a la escalada galopante que en todos los órdenes de lo cotidiano sigue habitando esa pasión oscura de la reglamentación.





