Deshaciendo silencios, de Marisé Clement
“Una tarde de invierno. Seis o siete hombres de distintas edades, extraños entre si, sentados en una pequeña habitación. Silencio, crujir de sillas, rumor de piernas al cruzarlas. lntercambio de miradas, cautela, medias sonrisas, incomodidad.” 1Así comienza uno de los textos escritos por hombres que acompaño en este capítulo dedicado a ese tránsito que algunos de ellos están haciendo desplazándose de la trayectoria patriarcal, apartándose de su punto de mira y propiciando el encuentro en un entre-hombres desde el cual, empezar a re-pensar y re-significar su masculinidad, tomando así conciencia de su diferencia libre de ser hombre en un solo mundo compartido con mujeres.
Leyendo los textos de autores que han estado o están en contacto con algún grupo de hombres indagando en nuevas masculinidades he encontrado en todos ellos, la necesidad de romper su silencio, necesidad acompañada del deseo de poder hablar desde su interior, de sus miedos, de sus deseos, de sus contradicciones, al fin y al cabo, de sus vidas. Todos ellos, en un acto valioso de necesidad, han decidido hacer una incursión al árido mundo masculino del entre-hombres, siendo un tránsito doloroso y gratificante a la vez, pudoroso, incierto y vacilante, lo que lo convierte en un acto de autenticidad porque, asistir voluntariamente a enfrentarse a la austeridad emocional que esos espacios masculinos emanan, ha de ir forzosamente acompañado de una gran necesidad y un fuerte deseo de encontrar algo más que hostilidad patriarcal. Hay en estos textos una apuesta por la necesidad de recuperar el sentido de la emotividad masculina, autorizando al cuerpo a mostrarse también en su fragilidad, porque sólo así podrán los hombres implicarse y aportar sentido a las relaciones, exponiéndose en un valioso gesto de confianza con los otros para poner en común la experiencia por medio de la palabra y nombrar la vulnerabilidad, algo que quizás algún día aprendieron junto a sus madres, pero que una vez hechos hombres, rechazaron y olvidaron precisamente por ese atávico miedo patriarcal a saberse pequeño, frágil y mortal.
En los textos escogidos, nombran también, la necesidad de buscar nuevas formas de relacionarse entre mujeres y hombres y la necesidad de aplacar la violencia contra las mujeres, necesidades nacidas del cambio de orden simbólico que la revolución de las mujeres ha traído al mundo. Mientras que para algunos, ha sido precisamente la libertad de ellas lo que les ha provocado de forma traumática, el sentirse desplazados como medida y centro de las relaciones, favoreciendo el resentimiento y el recrudeciendo de la violencia contra la libertad de las mujeres, otros, han visto en este cambio de orden la oportunidad de encontrar también ellos, la medida de su libertad fuera de los modelos patriarcales, lo que les ha llevado a tomar conciencia de la importancia de establecer nuevos vínculos, dando paso a relaciones de confianza desde la alteridad y desde la libertad. Estos hombres, que de una forma u otra, han sido tocados por el feminismo y por el pensamiento de la diferencia, en su intento de acercarse a las mujeres desde un lugar ajeno al patriarcado, han tomado conciencia de su carencia, es decir, de su falta de arraigo, de su necesidad de re-encontrarse con el origen materno, para restituir esa pérdida, han ido acercándose a sus emociones y sobre todo, a otros hombres, en la necesidad de hallar un espacio relacional de libre interpretación de sí mismos, algo en lo que quizás nunca pensaron cuando se acercaban a nosotras, porque la incapacidad masculina para pensar en términos relacionales ha sido históricamente, el nudo que tantas veces ha imposibilitado las relaciones entre hombres y mujeres, sosteniendo en muchos casos relaciones precarias y sin sentido.
Con ese vacío relacional han tenido que pasar cuentas en sus encuentros entre-hombres, ponerse en palabras sin la valiosa mediación femenina que tantas veces propiciaba el diálogo, el encuentro. Ahora, "solo ante el peligro", estando de cuerpo presente en ese espacio de introspección donde emergen la rigidez de los afectos, las relaciones dañadas, la fragilidad reconocida y nunca nombrada, el desarraigo y el miedo a saberse pequeño, es donde quizás resida, la posibilidad de transformación de su ser hombres, en un entre-hombres. Cada uno decidirá cómo pero es necesario que esa transformación se ponga en práctica en las relaciones entre hombres y en las relaciones entre mujeres y hombres, recobrando el poso del orden simbólico de la madre que ellos, igual que nosotras, traen consigo, porque ellos también han nacido de mujer, aunque hoy, se encuentren ante la dificultad de poner en palabras partiendo de sí, la incertidumbre de no reconocerse en el orden simbólico de la madre porque ella fue expulsada de sus vidas como guía, como vínculo con la vida, con las palabras.
El patriarcado que siempre hizo ostentación del discurso y se apropió de la palabra pública, en las distancias cortas y en la intimidad del conflicto se queda mudo y huye a refugiarse en un rígido silencio que marca una aséptica distancia que nosotras, las mujeres, conocemos bien. Porque si hay silencios necesarios, deseados, otros que marcan inicios, que recrean deseos, que dejan espacio y tiempo para ser silencios de espera, hay también un silencio mortífero, que desgarra, que separa, que incomunica, ese que media entre una mujer y un hombre cuando éste decide no entrar en conflicto, zanjar el asunto. Ese en el que no hay hueco para intimar, entrar y sacar a la luz el desencuentro. Es ese silencio el que a muchas tanto nos duele, porque oculta y amordaza las palabras que nombran la necesidad, el deseo, el desasosiego y la carencia, por eso muchos hombres entran en el conflicto a regañadientes y sin mediar palabra, en la estéril convicción de que, si éste no se nombra, desaparecerá y, aun así, muchas de nosotras, nos resistimos a aceptar la inutilidad de las palabras.
Silenciar y cancelar el conflicto aunque haga estallar una guerra, es una tendencia masculina que tiene que ver con esa forma de estar en el mundo desde la individualidad del yo, desde la soberbia de la razón 2 que deja fuera la empatía, los afectos, mostrando su desdén por los cuerpos, por la subjetividad que traen consigo y estableciendo bajo la lógica patriarcal amparada en la modernidad, relaciones instrumentales donde toda emoción es concebida como problema, debilidad y fracaso, haciendo de la objetividad su fortaleza inexpugnable, marcando distancia para preservarse del conflicto y de la relación, porque lo que hay detrás de esa sinrazón masculina 3 es un miedo oculto a dejarse tocar por lo otro, por al otra, por si acaso se queda atravesado de eso otro que le es distinto, ajeno, porque probablemente entrevé en ello, su propia vulnerabilidad, sabiéndose sin recursos para manejarse en los entresijos de las relaciones que traen consigo la vida entera, con los unos y las otras, enredado en el laberinto de los imprevistos se instala en la comodidad del desencuentro, buscando certezas en el falso refugio de la objetividad donde descansa y oculta su emotividad y con ella también, la desconfianza en las relaciones conviviendo absurdamente con esa fantasía de individualidad y autosuficiencia que el discurso abstracto legitima, dejando la vida y todo lo que ésta tiene de realidad fuera de sus márgenes codificados. Guardando silencio, ahoga el conflicto, y con él, la relación, mientras, el desencuentro crece, los vínculos se rompen y el cuerpo se daña, porque la palabra está en el cuerpo y sabemos por experiencia, que pensar y decir sin cuerpo le duele al cuerpo. Quizás eludir la intimidad de las relaciones signifique para muchos ponerse a "salvo", preservarse de la singularidad ajena y mantenerse en el engaño patriarcal de la independencia, un lugar duro y difícil de soportar para la vida, así lo expresó crudamente María Zambrano“(…) confinado en la miseria del asilamiento, que algunos se empeñan en llamar libertad o independencia; que algunos otros llegan hasta a llamar poderío, pero que es sólo miseria (…)” 4.
Por todo ello, abordar el conflicto como algo intrínseco a la relación es aceptar la realidad, porque en las relaciones se generan conflictos, y a pesar de su existencia, se hace necesario asumir el riesgo de participar en la relación, sin silenciar las palabras que lo nombran, ni tampoco aquellas que son capaces de apaciguarlo, ya que todo ello forma parte de la convivencia humana, porque como dice Lia Cigarini, “(…) abordar el conflicto es siempre relacional (...)” 5.
Es hora también de que asuman el riesgo de abandonar la abstracción para poder nombrar y dar sentido a la experiencia, explorar sus emociones y desde el saberse vulnerables acercarse a lo otro, a la otra, porque hoy, es el tiempo del fin del patriarcado y como tantas veces en la historia humana, aflora la necesidad política de afrontar el desencuentro entre mujeres y hombres, para ello, una nueva masculinidad requiere ser pensada y practicada, una nueva manera de ser hombre que ellos decidirán, pero que sin duda debe ser elaborada para dar sentido a ese limbo simbólico en el que algunos hombres se encuentran, porque la antigua convivencia entre hombres y mujeres que sustentaba el patriarcado, se ha quedado maltrecha y agonizante con el cambio de civilización que la libertad de las mujeres ha traído consigo, poniendo en entredicho el viejo modelo patriarcal de masculinidad viril, un modelo del que muchos hombres se han sentido y se sienten ajenos, y aun así, sin reconocerse y desentendiéndose de él, siguen desorientados, resistiéndose algunos a buscar una nueva forma de decirse hombre, aunque quizás, esa resistencia no sea más que la fragilidad de los inicios, junto con el riesgo de desorientación que trae consigo la elección de la libertad porque “(…) a veces la desorientación incapacita para reconocer lo que la realidad nos orienta(…)” 6.
Estos hombres que rozan otras masculinidades nos cuentan cómo sienten la dificultad de partir de sí, su falta de confianza en los otros, su dificultad para compartir experiencias, nos hablan también de las dificultades para establecer entre ellos relaciones significativas y no instrumentales, pienso que sólo cuando los hombres decidan hablar desde sí, poniendo en relación el cuerpo y las palabras, hablando desde las entrañas y, abandonando el pensamiento y el lenguaje abstracto de la ética y de la razón, prestado por la academia impidiéndoles poner palabras al sentir de la experiencia, serán entonces, capaces de asumir el riesgo de abrirse a las relaciones. Haciéndose permeables al sentido que las mujeres le damos a la relación, a la vida, reconociendo y poniendo en valor la tarea civilizadora de las mujeres, reconociendo autoridad femenina en el mundo. Esos hombres que han sentido el pálpito de las relaciones con mujeres que han dejado de darle crédito al patriarcado y a sus consignas, todavía hoy, parecen atrapados entre dos simbólicos distintos, sin saber tomar la decisión de prescindir del patriarcado por miedo a encontrarse ante el vacío de la no pertenencia, en una especie de "falsa complicidad patriarcal corporativa", ante el temor a saberse expuestos a la vulnerabilidad por carecer de simbólico propio capaz de expresar su diferencia libre de ser hombres. No quiero, con mi escritura, hacer recaer la culpa sobre los hombres por los privilegios heredados del patriarcado, ni pasar cuentas con la violencia masculina, sino más bien, invitarlos a crear simbólico que exprese otra masculinidad más allá de los límites impuestos por el patriarcado, salir del silencio acuñando nuevas palabras que expresen y ofrezcan otras maneras de ser hombres a las nuevas generaciones, para que sea posible recorrer y reconocer una genealogía masculina apartada de la violencia del poder. Que ellos sean capaces de transmitir a otros hombres, a las mujeres también, ese sentido libre de la diferencia de ser hombre es quizás el gran desafío que algunos hombres tienen en este fin del patriarcado. Confiaré en las palabras escritas por Lia Cigarini “(…) he intentado siempre hacer de la relación entre los sexos, también de la conflictiva, una palanca para cambiar la realidad. (…)”. 7
Hoy aun no sé cuáles serán las mediaciones que propicien el encuentro, pero si a lo largo de la historia he podido encontrar experiencias satisfactorias de relación entre hombres y mujeres propiciadas por éstas, no puedo renunciar a buscar y encontrar en mi presente nuevas invenciones de sentido necesarias para crear y sostener relaciones de confianza entre mujeres y hombres, que sean de nuevo fructíferas y llenas de significado, desde la alteridad, desde el acercamiento a lo otro y a la otra, desde la escucha y la palabra, propiciando la abertura de espacios de intercambio donde sea posible la creación de pensamiento libre, donde la madre no esté exiliada y se reconozca la diferencia de ser mujer y de ser hombre en este mundo. Donde haya lugar para compartir la libre expresión de la experiencia, de los deseos y de las palabras de mujeres y hombres, porque no es lo mismo habitar el mismo mundo, que compartirlo.
Invito pues, a los hombres y a las mujeres a escuchar lo que estos hombres desplazándose del patriarcado necesitan decir para ir deshaciendo silencios.





