Unos amigos. Entre la espada y la pared, de Grupo de hombres de Verona
Publicado con el titulo Tra incudine e martelloen "Via Dogana. Rivista di pratica politica" 67 (diciembre 2oo3) 5-7. Traducido por María-Milagros Rivera Garretas.
Una tarde de invierno. Seis o siete hombres de distintas edades, extraños entre si, sentados en una pequeña habitación. Silencio, crujir de sillas, rumor de piernas al cruzarlas. lntercambio de miradas, cautela, medias sonrisas, incomodidad.
Este ha sido, mas o menos, el inicio de nuestros primeros encuentros en la universidad de Verona. No me había encontrado nunca en una situación semejante.
Después del tiempo necesario (no más de dos minutos), uno rompía el hielo y las intervenciones se encadenaban, en desorden y amalgama. Para mi, ese momento de "impasse", que se repetía todas las veces, fue determinante: hizo que confiara en lo que estábamos haciendo. Fue como una garantía de la autenticidad de lo que queríamos intercambiar, sin vías prefijadas ni programas que respetar. Ahora, ese pequeño vacío inicial casi ha desaparecido, pero han surgido otros signos de autenticidad: el placer de volverse a ver, el profundizarse de las relaciones, algunos conflictos.
En dos encuentros participo D., el más joven de todos, que luego dejo de asistir por motivos personales. La segunda vez dijo algo que sentí que era verdadero también para mi, haciendo visible una sensación que me acompaña desde hace mucho tiempo, sin ser consciente de ella. Dijo, mas o menos, que el tiene la sensación de no tener raíces, y que para el el mundo es un lugar en el que esta como huésped.
Pienso que esta sensación de desarraigo es sobre todo masculina y provoca una inquietud sutil y continua. Muchos hombres intentan enraizarse a través de la acción: cuanto mas hacen (se muestran, consiguen, construyen, seducen, combaten ...) mas vivos se sienten. Pero no es así como se puede recuperar un vínculo verdadero y sustancial con el mundo. El crecimiento de las raíces va por otros caminos, hechos de silencio, de oscuridad y de adaptación a la naturaleza del terreno; se trata mas que nada de dejar hacer, de tener una confianza (¿fe?) subterránea en la vida y en el transcurrir del tiempo. Es también importante la capacidad de sacar alimento del ambiente que te rodea, sea favorable u hostil. Esto, pienso que las mujeres lo hacen mejor, a todos los niveles: desde la comida hasta las relaciones, el bienestar físico o el saber no abstracto, capaz de iluminar la vida cotidiana. Es por eso por lo que las mujeres saben, mejor que los hombres, dar alimento a sus hijas, hijos, amigas, amigos, amantes y, en sentido más amplio, a la realidad en la que viven. Porque la planta que tiene raíces mas extensas y profundas da mas fruto.
Quizá una de las cosas que esta intentando hacer este grupo de hombres sea desarrollar las raíces.
Hace aproximadamente un año, durante un seminario de Diótima, tire una piedra con la curiosidad de saber si, entre los hombres allí presentes, había algún otro que deseara relatar el efecto que le producían las palabras pensadas y pronunciadas por las mujeres. No me había prefigurado nada concreto. Esperaba un intercambio interesante y, al mismo tiempo, me imaginaba también un agotamiento repentino del interés.
En cambio, hizo entrada en el grupito algo vital y contagioso. Las palabras de las mujeres fueron la ocasión de un encuentro entre nosotros y nos han permitido poner en circulación palabras nuestras, o sea, experiencias, vivencias, preguntas, dudas... Más que nada incertidumbres. Un balbuceo, si se le compara con lo que hacen las mujeres ya entrenadas en esta practica. Un hablar desordenado que, cada vez más estimulado por el deseo de tomarnos en serio, se esta todavía transformando en un compromiso común de relatos, de búsqueda, de solidaridad, de cercanía...
Me ha ocurrido que he percibido la fuerza del grupo en momentos imprevistos en los que he notado que, detrás del escenario de mis jornadas, se movía algo difícil de decir, que me daba una sensación de vinculo y de continuidad de pensamientos, emociones y dificultades vividos en algunos de nuestros encuentros y que, casi sin darme cuenta, se han convertido en parte de mi.
Si vuelvo a mi deseo inicial de curiosidad, descubro que detrás de el se escondía, probablemente desde el principio, el deseo de sentir que yo era de verdad muy único en mi soledad, en mi modo de percibirme y de estar en relación con el mundo. He descubierto que mis semejantes son más parecidos a mí que lo que las costumbres y la cultura nos han permitido reconocer. Gracias a esta semejanza, los compañeros de grupo me ayudan, sin saberlo, a ponerme en palabras y a descubrir mi singularidad. Siento gratitud hacia ellos porque, exponiéndose, hacen un gesto valiente y confiado, mostrando la fragilidad de los saberes que no te tocan y haciendo que surja la fuerza vital de los sonidos que dan voz al propio ser.
"¡Nos piden que intervengamos en su congreso!"
Nos miramos descarriados e incrédulos, como si nos hubiera sido concedida una acción de héroes protagonistas de teatro.
"Nos tenemos que preparar para el 5 de diciembre."
Voces vacilantes y preocupadas nacen del grupo de hombres de Verona. Un puñado de hombres cansados del producto patriarcal y de su lenguaje dominante, que ha decidido afrontarse y compartirse dentro de su mismo genero para conseguir hablar de su vulnerabilidad expresando sus debilidades, sus miedos e incertidumbres personales.
''¿Que sentido tiene que nos inviten a un congreso antes de que el grupo haya adquirido su identidad, aunque sea mínima, y sin esperar a que fuéramos nosotros los que nos ofreciéramos?"
Mi reacción con respecto al grupo es fuerte y agresiva, tanto que me peleo dura y animosamente con todos. ¿Por que esta reacción? Mis vivencias con mi madre me han dejado una profunda sensación de algo no resuelto y he desarrollado en mí una cultura paterna en contraposición con la imagen materna.
Es como mínimo obligado que admita el vinculo entre mi reacción y el miedo a seguir delegando una vez más en una mujer la expresión de mis sentimientos y de mis emociones.
He percibido en el grupo de mujeres de Diótima una "Madre simbólica" de la que nutrirme y sacar fuerza vital para reencontrar una identidad nueva de hombre: me pregunto si el grupo esta implicado en ello y lo sabe...
Siento que el trabajo en el grupo saca a la superficie realidades abismales e importantes. Cada uno de nosotros es portador, a su manera, de preciosas historias personales, y estoy convencido de que puedo desaprender algunos de los aspectos mas negativos de lo masculino precisamente escuchando y observando a estos hombres.
Ahora estoy más sereno y puedo apreciar y comprender lo que nos espera en el congreso de Diótima, sabiendo en lo más profundo de mi lo importantes y esenciales que han sido para mi camino de introspección las mujeres de mi vida.
Pienso en "estas" mujeres que están creando un nuevo sistema de pensamiento, y no puedo dejar de preguntarme cual será el cambio también para nosotros los hombres.
¿Qué evolución seguiremos? ¿Qué identidades? ¿Varón viril o sensible?
Quizás un hombre pluridimensional...
Cuando supe de un grupo filosófico masculino que se proponía reflexionar sobre el tema de la diferencia sexual, tuve una sensación de sorpresa y de alivio.
Reflexionaba sobre el tema desde hacia mucho tiempo, había leído algo y acudía a los seminarios de Diótima desde principios de los años noventa. Entonces estaba solo o en compañía de muy pocos.
La soledad consiste sobre todo en no tener la posibilidad de compartir una experiencia. Los hombres -pocos, a decir verdad- con los que me trataba, me respondían con indiferencia. Las mujeres, ajenas al argumento, me escuchaban pero no me entendían: las que estaban dentro me habrían probablemente entendido, pero no me podían escuchar.
Quizá el alivio que sentí deriva precisamente de esto, del poder compartir finalmente una experiencia de sentido en la que el sentido reside en la posibilidad de transformación de nuestro ser hombres entre hombres y hombres entre mujeres.
Lo que esta en juego es mucho y no creo que sirva hacer apuestas; tal vez sea más eficaz la confianza en el propio deseo, en el intento apenas esbozado; en el desafió masculino por la victoria y en la aceptación femenina del fracaso.
Me acerqué al pensamiento de la diferencia sexual por casualidad y porque me invitaron personas amigas. Después empecé a participar en los seminarios de las mujeres de Diótima con una sensación inicial de confusión, pero también con una atención creciente; luego, otra vez por azar y porque me invitaron, participé en los encuentros entre hombres.
Este fue un momento del que solo ahora, un año más tarde, me doy cuenta de su posible significado. Ahora siento con fuerza la dificultad que nace de no saber a dónde ir, y siento, además, que los pasos que doy hacia adelante tienen una relación intensa y profunda con mi estar, con mi vivir con otras/os.
Cuando hace cinco años Natalia -mi mujer- me propuso que participara en el Seminario Grande de Diótima, mi primera respuesta fue: "Pero ¿que pinto yo ahí? ¡sois todas mujeres, me sentiré incomodo! No entiendo para que ir a pasármelo mal." Natalia participaba en el Seminario Grande desde hacia muchos años. Cuando me hablaba de esos encuentros, usaba un lenguaje que yo no entendía (y que todavía no me resulta del todo claro): me hablaba de la importancia del partir de si, de lo difícil pero esencial que es la relación, me hablaba de alteridad, de dar y recibir autoridad, me explicaba y explicaba pero -lo reconozco yo no entendía. El impulso (fundamental) de Natalia y mi curiosidad hicieron que participase en dos encuentros. Salí trastornado, un poco molesto de estar en un ambiente frecuentado casi solo por mujeres (los hombres eran realmente poquitos...), pero no cerrado a participar en futuros Seminarios. En los años siguientes, participe también en cursos universitarios dados por las filosofas de Diótima: Chiara Zamboni, Luisa Muraro, Wanda Tommasi o Annarosa Buttarelli, que me ayudaron a entender por que estaba allí, que era lo que me llevaba a frecuentar esos lugares, a interrogarme sobre esto, y se me aclararon algunas cosas. Sus aportaciones y su saber han sido indispensables para mi y les expreso mi deuda de gratitud, pero es a Natalia -mi mujer- a la que le hago el reconocimiento mas grande: sin su constancia y su amor seguiría perdido.
Al mirar los dos universos, Hombres y Mujeres, el que me parece que es el principal problema de los hombres para con las mujeres es la falta de reconocimiento de autoridad femenina; para mi, que soy consciente de que la autoridad femenina existe, el principal problema es decirlo, hacérselo saber a las mujeres con las que me relaciono y en especial a mi mujer.
¿De dónde procede esta dificultad? ¿Es orgullo? Quizá sí, me respondo, pero solo en parte. Sigo estando convencido de que es la competitividad le que nos hunde, la competitividad que nos han enseñado desde pequeños: "sé fuerte, no llores, sé hombre...", un poco como en ese anuncio idiota del desodorante: el hombre que no debe pedir nunca. Creo que es este el verdadero problema. Te enseñan a no ser débil, cuando admitir que lo eres (hoy empiezo a entenderlo) es liberador. Si no sabes, no sabes; si no lo consigues, no lo consigues. Admitir que estas en esta condición puede abrir el camino a una tercera vía, por ejemplo la de intentar saber, intentar conseguirlo.
Todo esto es fatigoso, y esta fatiga nos pesa, no estamos acostumbrados (hablo en plural porque, después de conocer a muchos hombres, me he dado cuenta de que es algo que tenemos en común). Esta fatiga es dolorosa, y nosotros huimos del dolor. Delegamos en otras. Las filósofas de Diótima nombran este dolor usando la metáfora del descendimiento (a los infiernos), lo hacen reconociéndoles autoridad a las filósofas que les han precedido. Descender implica excavar, sufrir, estar mal y luego (quizá) volver a subir. Pero ¿estoy yo dispuesto a afrontar este tipo de descendimiento? ¿Lograré volver a subir? Y, además, me pregunto: esta vía del descenso ¿es la única posible? Para encontrarle sentido a mi vida ¿tengo que arriesgar tanto?¿Hasta dónde tengo que bajar? ¿Y si luego no puedo volver a subir? Tengo todavía que entender tantas cosas que esto me crea no pocos problemas.
Al acabar el Seminario Grande de Diótima de 2002, titulado "Mujeres y Hombres. Afio Cero", un hombre, Mario, propuso que los hombres que estábamos allí, si nos interesaba, nos reuniéramos para hablar del tema del seminario. Nos reunimos desde hace un año (ocho o diez hombres) y personalmente le estoy sacando provecho a esta nueva experiencia. La practica del partir de si empieza a hacer mella en el grupo; para mí, la novedad esta en hacerlo con otros hombres porque, hasta ahora, esta era una práctica que conocía solo en femenino. Y es uno de los regalos que me ha hecho Natalia, mi mujer. El partir de si crea apertura, y estoy redescubriendo la importancia de la relación entre hombres, cosa rara de encontrar y de crear. Pues entre hombres difícilmente nos destapamos, podemos pedir una opinión, una ayuda, pero manteniéndonos siempre en la superficie: antes de estos encuentros no había hablado nunca con ningún hombre de mi sentir como hombre.
Como dice Luisa Muraro, “el patriarcado ha muerto”; yo añado "pero los hombres no". Ellos siguen estando. Y no solo los que hacen la guerra, o los políticos, o los violadores, o los padres tiranos. Hay más, hay otros. Hay algo que se esta moviendo, hay deseo y necesidad moviendo a los hombres en busca de relaciones, para entender, para darle sentido al propio vivir. Hay algo mas que lo que se ve y se oye.
Yo soy de naturaleza optimista (¿es bueno o malo? ¿es superficialidad el optimismo?) y creo que un poco de optimismo lúcido puede ayudar a creer y a pensar que algo bueno es posible. Obviamente, el optimismo solo no es suficiente, es necesario comprometerse para que el hecho de que haya hombres diferentes marque de verdad una diferencia.





