La experiencia del amor: práctica política de relación, de Carme Vidal Estruel
Estas palabras son apertura a dos textos que, aunque dispares, traman una misma imagen: la transformación que nace en la experiencia masculina al reconocer autoridad femenina. Porque este reconocer es arraigo, reencuentro y parte. Acto que deviene lugar. El lugar que nos (les, en este caso) fue dado por la madre y del que posteriormente partieron. Y es, por tanto, retorno a un estar en el mundo desde la diferencia: admite el origen materno y agradece el don de la palabra y el cuerpo.No es tarea fácil digo – para los hombres - asumir un legado de muerte como principal herencia de sus ancestros los hombres patriarcales, aunque empiezo a pensar que del mismo modo en que hemos aprendido de Milagros Rivera que el patriarcado no ha ocupado nunca todos los espacios ni la vida entera de una mujer; quizá tampoco la vida entera de todos los hombres haya sido invadida por este, más todavía si reconozco que tras la magia del aprendizaje de la palabra está la madre y los niños hablan también – aunque sea por un breve período de tiempo – la lengua materna.
Decía que no debe ser plato de buen gusto erguirse como digno sucesor del patriarcado y presumir de su patrimonio con honor… y justo en este punto caigo en la cuenta: el legado de la madre es también para sus hijos. Sí, la madre deja también en herencia a sus hijos el simbólico del que ella es dueña a través de la palabra. Así, aquellos que quieren reconocer y practicar su ser hombre en relación de diferencia pueden volver al origen, que es su madre, y redimir de la relación de confianza en la que aprendieron a hablar, las palabras verdaderas. Dhuoda escribió ese legado a sus hijos – Guillem y Bernat – con el fin que no quedaran huérfanos de simbólico materno al ser apartados de su lado a muy temprana edad. Y siento que todas las madres abrimos – no sin dificultades – ese camino de relación con nuestros hijos que es deseo de libertad también para ellos.
Como madre de un niño intuyo que no puedo resignarme y admitir la miseria simbólica masculina, sin más, puesto que faltaría a mi verdad y a mi experiencia: la mediación amorosa, en la relación entre los sexos, abre en el presente un pasadizo que transforma a hombres y mujeres en la creación de constelaciones de diferencia que sostienen este tiempo. Sin este atreverse de hombres singulares – que dudan de los privilegios y asumen las propias carencias – mi libertad femenina no sería imposible, pero sí sería otra y este sería otro tiempo, más violento, si cabe. Saben – algunos hombres – que los privilegios a ellos atribuidos sobre las mujeres por el patriarcado tienen un coste, y dicen – algunos hombres – que es un coste demasiado elevado. Pues no se trata solo de ser cómplices de, sino de la posibilidad de ser singular y concreto. Y este es un placer al que es difícil renunciar, una vez descubierto.
Y si bien es verdad que hay muchos Abelardos 1, y otros tantos Diegos 2, también lo es que existieron y existen algunos Tomasos da Písanos 3, y que siempre al abrigo de la relación que reconoce la diferencia sexual como un más – hombres y mujeres iguales en necesidad – son muchos los espacios de creación femenina que han gozado de concurrencia masculina, los salones de las preciosas del siglo XVII sean quizá los de mayor vistosidad, pero también las herejías del siglo XII… y más.
La ideología de la igualdad subraya en las páginas de la historia del género las incursiones femeninas en terrenos relegados por la norma social a los hombres, sin embargo, para mí tienen mayor interés – por ser doblemente infractoras – las andanzas que los hombres ‘degenerados’ hacen en los espacios que por convención nos han sido asignados a nosotras, las mujeres. Ahora es pensable y me gusta; que Ferran sea maestro de infantil, que Julio enfermero, y que yo tenga un maravilloso compañero amo de casa y la suerte de un presente en el que inventar una relación de diferencia – suelta del corsé del deber ser – que me abre la puerta a otra experiencia del mundo; este mundo tan enmarañado que yo habito y transformo en relación con las y los demás.
Hace tiempo que he dejado de buscar en los hombres la respuesta, pues ya he adivinado que ellos tampoco la tienen (aunque muchos mientan) pero sí me complazco en compartir también con ellos – en la singularidad de la relación, que siempre es de a dos – el tropiezo, la casualidad y el encuentro ante los mismos interrogantes, pues es ahí donde nace mi deseo de aprender y mi deseo de verdad.
Comparto con Carlos Requena Amadas el placer por descubrir – desvelar en primera persona, toma de conciencia política y sentimiento de verdad encarnada – coincidencia en tiempo y lugar de una idea que nos ha habitado pero que toma cuerpo y sentido repentinamente y sabe a celebración. Hablo del momento en que – tras mucho tiempo de búsqueda – apartamos el gran telón y descubrimos el mundo, que es la oportunidad de sabernos tocados por la gracia del orden simbólico de la madre.
Le agradezco el riesgo y la tarea de decir – ese siempre tan difícil yo, singular y concreto – su experiencia como hombre, su práctica de reconocer autoridad femenina. Sus palabras señalan la apertura – necesidad apremiante para hombres y mujeres – de la mediación universal sexuada en femenino 4: “(…) he pensado que tal vez la clave pueda radicar, no tanto en resignificar la masculinidad, sino en dejarnos llevar, los hombres, por la autoridad femenina; en aceptarla (…)”. Sus palabras, susurran, a la vez, un desasosiego: enfrentar el ser hombre en los tiempos del final del patriarcado y resolver – después de la miseria – el más masculino, aquello que en la experiencia masculina del mundo no ha sido tocado por el patriarcado, aquello que los hombres libres han preservado y os legan – en este presente – para ser dicho.
Yo, al descubrirme sentí la grandeza de ser mujer encarnada en el cuerpo, bailé durante días entre las líneas de los textos legados por las mujeres, me tatué sus nombres (es broma) y me reí con ellas de sus invenciones y de mi libertad por fin sujeta. Sin embargo, en tus palabras hay una reserva de sentido – yo leo tristeza. Es un dolerte porque te mides, no conmigo, pero sí de algún modo con las mujeres. Yo te conozco, y seguro que tú también a mí (y quizás por eso me tomo la libertad de tutearte en este lugar tan inconveniente) formamos parte de esta constelación de relaciones que se tropiezan, en tiempo y espacio, por su (el tuyo y el mío) deseo de horizonte. Pero también es verdad que nunca hemos sido conversación de a dos. Aún así me atrevo a ser inoportuna, pues convengo que los más complicado es la tarea que tú señalas: resignificar el imaginario masculino para que el amor entre, otra vez, en la política de los hombres.
Escribes: “(…) lo que las autoras de las que hablo me aportan es un pensamiento inundado de luz (…) observé que cuando aparecía un hombre alumbrado por la mística, o con una espiritualidad especial y con una visión política sexual liberadora, siempre parecía haber mujeres que le transmitían su autoridad, que le habían ayudado a crecer (…)” y aquí te respondo que el camino también se ha andado y se anda al revés, también hay hombres que son mediación, en mí experiencia hubo necesidad de mediación masculina, mediación entre otra mujer y yo, mediación imprescindible que fue puente de encuentro. Te confieso Carlos que tu amor por las mujeres – cuando se desata del embeleso y se mide con la realidad encarnada – ha sido en este proceso de escritura sostén de verdad: el amor masculino debe ser rescatado y significado, justamente ahora que el patriarcado ya no tiene crédito femenino.
Las mujeres de la Librería de mujeres de Milán 5 dijeron: “Un deseo masculino no solidario con el dominio, sabemos que existe porque hemos dado con él y porque sabemos, por nuestra propia historia, que el deseo es de por sí potencia anárquica que precede a toda historia y a toda pertenencia, incluida la de género. Nuestra apuesta será, pues, la de entrar en relación política también con hombres, hombres cuyo deseo (ya) no tenga deudas con el orden patriarcal, hombres cuya virilidad se exprese fuera de la competencia masculina por el poder y la primacía, intérpretes de un sentido libre de la diferencia masculina”.
Y aquí me expongo: mi apuesta (aunque nunca renunciaré a los – mis – espacios de relación femenina) es fundar relaciones entre hombres y mujeres – un entredós sostenido en la diferencia sexual – que abre una grieta de sentido para mi imprescindible, más ahora que soy madre de un niño. El amor como mediación posible en la relación entre los sexos, la mediación amorosa como práctica política de transformación de mí y del mundo. Y ante el riesgo de errar – miedo que me ha acompañado en este escribiendo tan espinoso – digo que para abrir el diálogo, hay que aventurar la posibilidad de una palabra, aunque el eco sea solo un motivo para volverlo a intentar.
“Yo soy un hombre. Comparto la vida con una mujer. Esa relación es lo más importante de mi vida, esa relación es mi gran maestra ”. Con estas palabras empieza su andanza el artículo de Juan Cantonero Falero. Y, como si de un sortilegio se tratase, vuelvo a ellas una y otra vez. Sigo con la lectura y, al poco regreso y repito en voz alta: “(…) esa relación es mi gran maestra ”. Me repito para mi misma, y así las vivo, estas palabras son un mantra, porque su acierto media palabras que colocan en el mundo una verdad que yo no había escuchado antes.
En el budismo tibetano, cada mantra se considera el sonido correspondiente a un cierto aspecto de la iluminación y se recita para identificarse con ese aspecto de la mente iluminada. Por eso digo que estas palabras son un mantra para mí, porqué arrojan luz a mi vida: yo vivo la experiencia de mediación amorosa que dice Juan Cantonero. Y la vivo en la urgencia de encontrar el modo de decirla en palabras, puesto que siento su importancia histórica, por ser práctica política, una nueva mediación en estos tiempos del final del patriarcado. Y me debo aquí a la apuesta por hablar de lo bueno que es y ocurre en nuestro momento para evitar que –como nos enseñó Luisa Muraro – desaparezca por faltarle nombre para ser dicho.
"¿Pero quien me manda a mí (…)? EL AMOR." Y esta palabra, traicionera, embarazosa y comprometida – porque en su nombre se han justificado horrores – es aquí apertura masculina que rasga la idea de un ser autónomo e independiente. Así, la admisión masculina de esta obediencia es ocurrencia que pone en tránsito otra experiencia de relación entre los sexos, una relación mediada por la práctica política que es el amor. Una práctica que, lejos de ser empalagosa, se expone (cotidianamente) al conflicto y a la contratación, pues como señala Juan “En la casa es donde la diferencia ya no tiene escapatoria y donde la política no tiene espera”. Y sí, que duda cabe, la casa es ahora el lugar donde dirimir la posibilidad de otra apuesta con los hombres. No se trata de ceder, tampoco de repartir, mucho menos de usurpar. Es más bien una apuesta política por la vida, un conjuro de necesidad presente, el deseo de un posible.
No sé deciros más, pues mejor es leer los artículos, sin mayor dilación. Solo daros las gracias por este presente que es para mí, pero que siento sobretodo es el legado de un hombre para mi hijo. Herencia de una genealogía masculina que habla en el orden simbólico de la madre.





