Una pizca de sal. medida es la palabra, de Carme Vidal Estruel
Los artículos que siguen a este prólogo, dicen acerca de la escritura y de las palabras que son mundo. Indican la sospecha descubierta – también por algunos hombres singulares – entre la suposición aprendida y la experiencia vivida. Experiencia que no siempre encuentra mediación en la palabra para vestirse de presencia y ser ocasión de intercambio. A veces, cuando intentamos decir la vida (primera persona del singular) el cuerpo se atranca y se atasca el sentido y, aun queriendo, no sé. Y de este no saber o no poder dicen estos textos. Puesto que entre el lenguaje y el mundo se precisa hoy, no solo de traducción, sino incluso de interpretación y notas al pie. Y así abrimos el cónclave a la disquisición de la acepción de una palabra.En el escribiendo hay quien sucumbe al arte del disfraz, puede que por exhibición – solo puede – o puede que sea por pudor. Hay, sin embargo, quien en la práctica del escribiendo sabe sostener el desnudo ante la mirada ajena… la experiencia de desprenderse de todo para mostrar el fino y corto hilo de un pedazo de verdad encarnada. No necesariamente trascendente, pero aun así, verdadera.
Decir la experiencia de lo cotidiano es tarea grata. Salvar la distancia para escribir lo aprendido (aquello por fin descubierto) es otro trance, una trabajosa labor donde la mediación con la palabra no es sencilla, y se torna más compleja todavía cuando no hay universo que enmarque la relación. Puesto que si escribo y tú me lees, y este es el entredós imprescindible aquí, explicarme en la acepción de cada palabra me tortura. El orden simbólico nos da el límite, nos procura el matiz, la diferencia entre una pizca de sal y una de pimienta. Pero nos paraliza también ante la posibilidad del traspié. Detiene los pensares desbocados que se empujan en la cabeza por miedo a errar la dirección y confundir el acierto.
La escritura es, en mi experiencia como lectora, revelación; mujeres que se dicen y dicen el mundo, de repente, en mi tiempo presente, voces de ayer y de hoy; un mundo nuevo lleno de significados, que se hace, y que yo puedo nombrar con sus palabras, las que ellas crearon para poder decir; un magnífico reencuentro con la lengua materna, que sabe y dice de otro orden simbólico; un lugar privilegiado para la primera persona del singular.
Y, a la vez, la paralizante vergüenza de lo inoportuno de mí escribiendo. En este salto de atrevimiento siento la carga de la falta. Una relación magistral que me autorice y me corrija. El reto de poner palabras a tus pensamientos requiere de un impulso que produce aturdimiento. Ese incómodo ponerse en juego. El miedo a desnudarnos ante los ojos de las y los demás. Ese aprendernos en lo bueno y, también, en lo malo. Y a lo malo yo le temo.
No querría escribir a grandes saltos, pero a veces requiero de estos puntos y aparte para poder vencer los obstáculos que en la práctica de la escritura debo esquivar para no quedarme atrapada en la forma, o en el formalismo.
En los días en los que me encontraba sumergida leyendo estos artículos, pensando y tomando notas - un tanto embotada de tanto leer, de tanto buscar lo que otras y otros ya han dicho por no tener nada oportuno que decir yo – la vida me brindó un momento precioso. Un instante de esos en los que, de repente, el mundo para y la calma te embarga porque hay comprensión, el desvelo de una intuición que se torna cuerpo.
Mi hijo pequeño de dos años y medio tiene convulsiones febriles. Una reacción del cuerpo que me abre siempre al imprevisto de atender lo inesperado. El neurólogo nos advirtió que sería conveniente esperar durante cinco minutos, dejar que se recupere él solo, sin necesidad de suministrarle siempre el medicamento que las detiene. Sólo deberíamos utilizar el fármaco cuando la convulsión supera los cinco minutos, entonces sí. Y aunque parece imposible acoger una situación de tanta dureza, así lo hacemos. Yo sé, por experiencia, lo difícil que es sostener esos cuatro minutos. Son eternos y terribles.
El otro día mi hijo estaba en casa de su abuela, mi madre, y de repente tuvo una crisis. Mi madre que conoce el protocolo aguantó los cuatro minutos. Después, cuando hablamos, mi madre me explicó que durante la convulsión ella había rezado dos Salves, que cuando terminaba la segunda Salve la convulsión remitió y, por tanto, ella había calculado que habría durado poco más de tres minutos.
Yo, cuando me encuentro en el mismo aprieto, lo primero que hago es buscar un reloj para cronometrar, y si no lo tengo a mano cuento hasta sesenta. Así que no dejaba de repetirme: dos Salves. Jamás se me hubiera pasado por la cabeza… y, sin embargo, mi madre me recordó otra vez, en su hacer, que la palabra es la medida, también del tiempo.
Mi madre me brindó la distancia para entender que cuando un hombre – singular y concreto – pone la palabra como medida de la relación entre los sexos abre un horizonte para la práctica del entenderse. La palabra, en un orden de intercambio y reciprocidad para alcanzar el entendimiento, más allá de las mediaciones culturales dadas. He aquí el diálogo vivo entre hombres y mujeres: la palabra rompe el molde del estereotipo patriarcal para devenir puente, para ir y volver.
De este modo, en el juego de encontrar palabras, se viste la pasarela que permite el tránsito de unos a otras sin caer en la trampa de la oposición, salvando – eso sí – la gracia de la contratación que me permite preguntar sobre lo diferente de mí. Las Preciosas ampliaron el marco de las relaciones entre mujeres y también el de las relaciones entre hombres y mujeres: ellas inventaron nueve palabras para hablar de la amitié, y otras nueve diferentes para decir estime. Ellas crearon con las palabras un espacio de relación privilegiada con los hombres, haciendo del arte de decir un divertido juego.
Creo que la palabra abre el espacio de la intersección, lugar para que devenga la relación de trueque entre hombres y mujeres, una relación de diferencia que arriesga los contornos de la singularidad y el más de la diferencia sexual. Así, la palabra es también la medida para preservar y custodiar el tesoro que traemos unas y otros sin hacer del encuentro una excusa para el desorden.
La palabra es la nueva hechicera y, como dice María-Milagros Rivera “La diferencia sexual es una necesidad que mujeres y hombres convertimos, si así lo deseamos, en materia política.” Este es el riesgo de nuestro tiempo, el valor de una práctica femenina que confía también en el más masculino libre, la prueba de saber hallar la palabra para orientarnos en este tiempo de luces y sombras.





