Un vacío, una ventana al mundo, de Sara Alcina Zayas
El final del patriarcado ha traído a la vida de los hombres no patriarcales la experiencia de un vacío. El vacío dejado por la trama de relaciones construidas y perpetuadas durante siglos y que se regían por el orden del Padre. Relaciones con hombres y con mujeres guiadas por la razón instrumental, que aplana el tejido rugoso y trenzado de lo vivo, amenazándolo con la insignificancia. De hecho, una vez desaparecido, son muchos los hombres que se sienten insignificantes, cuando el vacío parece llenarlo todo. A veces, esos mismos hombres u otros, atisban en ese vacío una ventana abierta al mundo. No a uno cualquiera, sino a un mundo –el del final del patriarcado- en el que la libertad femenina se ha puesto a circular, cambiando la realidad de hombres y mujeres. Entre esos hombres no patriarcales que se han parado ante esa ventana interior, propiciada por la revolución simbólica que las mujeres hemos traído al mundo, se encuentran los sociólogos Marco Deriu y Victor Seidler, y los hombres del ya extinto grupo de hombres vinculado a Entredós: Fernando Rodríguez Morón, Jesús Manuel Morala Maristegui, Javier Serna Fernández, Carlos Peón Víllora y Juan Cantonero Falero.Las ventanas de las iglesias y catedrales cristianas del medievo simbolizaban a María. Y es que la maternidad se presenta en el cuerpo primero, en el alma antes o después, como una experiencia mediada por la capacidad que indica –indica, no determina- el cuerpo femenino de abrir un vacío dentro de sí para acoger lo otro, que siempre se presenta bajo los atributos de lo nuevo. A veces, esta práctica de la apertura a lo otro, en soledad, cuando no ha mediado el deseo o cuando se pierde su hilo- o cuando no hay un entre-mujeres que acompañe y acoja esa travesía-, se siente como un desgarro, en detrimento de la felicidad de esa mujer y de su criatura. Las ventanas abiertas encierran esa doble declinación. La capacidad de formular una promesa de infinito y, a la vez, de hacer que por ellas se cuelen todas las inclemencias del tiempo, arriesgando la estructura entera. Esta vivencia amenazadora del vacío ha sido más propia de los hombres que de las mujeres, orientadas por la capacidad de ser dos. Por eso creo que los hombres no patriarcales suelen buscar las mediaciones femeninas que puedan acompañarles en su búsqueda de sentido. Ese es el caso de Marco Deriu, o el de Victor Seidler, que siempre cita el feminismo en el origen de su pionero trabajo alrededor de la masculinidad, o el de los hombres del grupo vinculado a Entredós , un espacio político de mujeres, que les agradecen a ellas el haber podido unir sus deseos. No por casualidad, tanto Seidler como el grupo de hombres parten, el primero en su artículo, los segundos en su práctica como grupo, de textos escritos por mujeres.
Los tres textos que siguen señalan un desafío que tienen entre manos los hombres no patriarcales en el presente. Un desafío que puede ser conjugado como puente capaz de hacer decible su experiencia –que aquí es, me atrevo a decir, casi un sinónimo de lo vivible-. El desafío de rodear ese vacío con palabras propias capaces de hacer que por esa ventana abierta al mundo entre la luz cálida de esta mañana del final del patriarcado y se perfilen las sombras del nuevo día, distintas de las de la noche. La violencia masculina post-patriarcal, según nos dice Marco Deriu, es una forma exasperada de reacción a la libertad femenina que se ha puesto a circular en el mundo. Porque los hombres se sienten interpelados por este acontecimiento. Y, algunos, en un afán por seguir guiándose por el orden de la fuerza lo sienten como algo gigantesco, inabarcable y tremendamente amenazador. Nos dice Deriu que esta violencia es solo uno de los posibles desenlaces, que hay algo, en sus cimientos, que pide ser elaborado, que necesita de raíces para poder dar fruto. Y concluye, como concluyen también los hombres que se reunían en Entredós para llevar adelante esa práctica, como lo lleva haciendo Victor Seidler desde sus primeros escritos y en el presente, expresando la urgencia –en la que se mezclan deseo y necesidad- de ponerse a hablar, entre ellos y con las mujeres a las que aman y otorgan autoridad, para hacer de ese vacío un terreno fértil para las relaciones de diferencia.
Los hombres del grupo de Entredós consideraron que una de sus primeras herramientas para orientarse era aprender a partir de sí, y nombraron su dificultad a la hora de ponerse en juego. El texto de Seidler aporta luz a esta dificultad masculina cuando se trata de renunciar a la abstracción, que desarraiga el saber de los cuerpos, garantes de la realidad y de lo vivo. Y es que esa desconexión con lo real, con la fidelidad a una misma o a uno mismo ha calado especialmente en los cuerpos sexuados en masculino, por lo visto, y la voz, en esas circunstancias, se olvida hasta de su textura, y ya no sabe distinguir lo verdadero de lo falso. Y se olvida, con ello, del placer del intercambio vivo, que requiere certeza –cuando una sabe que algo es cierto lo sabe porque las palabras han coincidido con las cosas-, que es una manera de decir que reclama la presencia en cuerpo y alma de quien participa en él para darse. Porque ya está sucediendo, -lo están viviendo muchos de los hombres que participan en los grupos de hombres feministas-, las palabras de los hombres no patriarcales traen riqueza al mundo que compartimos, hombres y mujeres, y hacen de esa silueta masculina frente a la ventana una imagen preñada de deseo y necesidad, raíces del partir de sí y del actuar político -como nos recuerda Anna Maria Piussi en un texto precioso 1, guiando la intuición de un sentido libre de ser hombre.





