Poniendo en palabras mi ser hombre, de Javier García (Grupo de hombres de Barcelona)
A lo largo de mi vida, y hasta donde me llega la memoria hay una tarea a la que me he visto arrojado de forma recurrente, como si de una necesidad fisiológica se tratara, ir acogiendo y conformando ese relato que el vivir va depositando y que llamamos identidad. En esa tarea me reconozco envolviendo en capas y capas de sentido el material biológico heredado, las más de las veces ciego y mudo, y que se revela insuficiente para explicar y explicarme quién es ese que soy yo.En ese trabajo de saberme, siempre en proceso, siempre en diálogo, la identidad ha ido sobreviniendo, imperceptiblemente en ocasiones, pero en otras, las más, irrumpiendo como un vendaval, como si el alumbramiento de una criatura nueva estuviera en juego, un renacer acompañado por igual de angustia y esperanza, de dolor e ilusión, de temor y deseo, de infinitas contradicciones que lo precedían y que impugnaban una y otra vez el orden del mundo en el que me ubicaba.
Hoy, unas mujeres de DUODA me piden que ponga en palabras mi ser hombre, que responda al que sin duda es uno de los rasgos característicos de mi identidad, de esa tupida trama de hechos y tiempo que conforma lo que soy, y lejos de encontrar un acceso directo y transparente a la respuesta, la pregunta me hace sentir confuso, inquieto, reconocerme en uno de esos momentos liminales en los que las contradicciones, auténticas parteras de lo nuevo, convierten las palabras, finos instrumentos de precisión, en torpes y ruidosos chapoteos infantiles.
De pronto, ser hombre se me revela, paradójicamente, como una adquisición reciente. Siempre he sido un hombre, nací hombre, pero hace muy poco que me explico como hombre, que puedo hablar mi comportamiento, mi pensar, mi ser, como sexuado y encajarlo en esa invisible e imperceptible trama simbólica en la que vivía disuelto.
Me ha ocurrido otras veces, que lo obvio, que por obvio resulta invisible, ha irrumpido en mi vida con una presencia perturbadora: nací "blanco" pero la piel no se convirtió en rasgo de identidad, no me supe "blanco" hasta que empecé a recoger "papel de plata para enviar a los chinitos", o a enganchar cromos de nativos bantús en las páginas de "Vida y Color", y como ese saberse siempre va acompañado de juicio y valor, creí que era mejor ser "blanco" que "negro" o "amarillo". A los catorce años empecé a trabajar, pero no me supe trabajador hasta que años más tarde aspiré a un mundo más justo, e inocentemente pensé que era mejor se trabajador que burgués. Y Dios acompañó todos mis actos hasta que mi ser católico, con sus pecados y su fuego eterno, ya no dio cabida a tanta vida como latía en mi pequeño cuerpo.
Una capa nueva ha envuelto lo que soy cada vez que la vida ha ocupado más lugar que el discurso que la explicaba y o se rompía la vida o se rompía el discurso. Pero si, tardé relativamente poco en descubrir los atributos sociales de mi piel, o de mi lugar en la cadena productiva, o en la escala de lo divino, he tardado "algo más" en reconocer mi sexo diferenciado, en reconocerme a la sombra del patriarcado, en poner en palabras el lugar que ocupo y precipitar la pregunta en torno del que deseo ocupar.
Supe muy pronto que era un niño, y que todos esperaban de mí que lo fuera de cierta manera, además supe, como ser "blanco" que era mejor que ser niña, que era poco importante, pero lo cierto es que todo y los privilegios y agasajos nunca me fue fácil ser un hombre, por muy importante que eso fuera; tenía que ser valiente cuando el temor me atenazaba, callar mi llanto y sufrir en silencio cuando deseba gritar mi angustia, asumir riesgos cuando todo clamaba prudencia, negar una caricia o un abrazo para no caer en la sospecha, y decir hostia y cojones y te voy a partir la cara para que nadie supiera de la debilidad que ocultaba, de lo vulnerable que era, no, nunca me fue fácil ser hombre, todo y que, ese era mi secreto, llegué a parecerlo frente a ese tribunal permanente al que día tras día hay que someterse a juicio.
No tardé mucho en envidiarlas, a ellas, a aquellas criaturas "poco importantes" pero que ponían algo en el mundo, que yo entonces no sabia nombrar pero que, sin duda, lo mejoraba, ponían relación donde sólo había desarraigo, proximidad donde sólo había distancia, palabras donde sólo llegaba el silencio, yo quería estar con ellas y parecerme a ellas, pero no quería ser ellas, no podía renunciar a lo que yo era, y el simbólico que me atravesaba y me constituía no me proporcionaba ningún pasaje para acceder a lo otro.
De nuevo la vida no cabía en el discurso, pero yo aun no había encontrado la mediación, "ese papel de plata de los chinitos" que arrancara del silencio las palabras para nombrar quién era. Llegó un día, casi por casualidad, bueno, fue por amor que asistí a un acto de mujeres de Duoda, allí oí hablar por primera vez de partir de sí, del orden simbólico de la madre, de autoridad femenina, la primera reacción fue de perplejidad. Ese día no conseguí descifrar aquel galimatías de conceptos que se repetían una y otra vez en boca de todas las asistentes, como un mantra que remitía a un lugar común y compartido y que me empujaba hacia una otredad incómoda y turbadora.
Dos únicas cosas conseguí entender entonces, una, que ellas las mujeres eran depositarias de un más, de un don, por lo visto de naturaleza divina, y la segunda, que ellos, los hombres, que nosotros los hombres, o no nos habíamos enterado, o éramos abiertamente hostiles y tan solo contabilizábamos al debe, la nuestra no era más que una aportación al menos, así lo percibí yo en mi turbada conciencia.
Yo evidentemente no era portador de aquel don, bien lo sabía, y como yo no era hostil yo debía ser de los que no se había enterado, pero como algo sospechaba y nunca me ha gustado sentirme en el lado equivocado, intuí que allí había muchas preguntas sin respuesta y muchas que parecían hermosas, se me había abierto un universo de preguntas que buscaban ser atendidas.
Pronto, con alguna lectura y la imprescindible ayuda de mi compañera, comprendí que tras aquellas crípticas palabras sólo había un intento de nombrar lo innombrado, lo silenciado, toda la riqueza velada por infinitos metros cúbicos de discurso y de dominación masculina. Empezaba a entender, pero lejos de lo esperado ahí empezaron los problemas. Reconocido el efecto perverso del patriarcado, reconocida la autoridad femenina, yo me había convertido en un paria, en un extranjero en mi propio género, comprendía el orden simbólico de la madre, lo reconocía como un territorio del que un día fui arrojado, pero de pronto, no comprendía quién era yo ni qué lugar ocupaba. Rechazaba el orden del padre, criticaba y denunciaba, abjuraba y renegaba, culpaba al verdugo y lo negaba, pero no podía evitar que la sombra de su culpa me alcanzara. Yo clamaba una solución y el eco de mis palabras devolvía mi nombre como parte del problema, un problema, un desastre histórico que no sentía haber generado pero que contaminaba hasta la más pequeña de mis moléculas.
Salir de aquel bucle solo era posible, asumiendo mi extranjería simbólica, viajando para repensar el origen, alejándome para estar más cerca. Tenía que repensarme como hombre, resignificar las palabras que una y otra vez me traicionaban, y me traicionan, recomponer el relato de quién soy con cualquier retal, con cualquier madero que flotara y me salvara del naufragio, del naufragio de una masculinidad perversa o de una masculinidad culpable y sobre todo transformar ese nudo de experiencia en el que me había gestado y que había acabado ahogándome.
No está siendo fácil repensar mi ser hombre, estos tiempos de retorno al héroe, no ayudan, y los referentes son pocos, pero lo realmente complejo, el auténtico reto se encuentra en modificar hábitos antiguos como el tiempo, en afinar los sentidos, en transformar mi ubicación en el espacio, mi relación con los otros y las otras.
Aprendo de los textos de hombres, de los textos de mujeres, de la imprescindible experiencia de mujeres, sobre todo las que me son cercanas, y ahora intento aprender en una incipiente relación entre hombres, entre hombres que a ciegas, con aciertos y fracasos intentan construir un espacio de intercambio, en el que conocerse y transformarse, en el que saber de sí sabiendo de los otros, en el que encontrar una pasaje, una guía, que conduzca a un hogar confortable lejos del desarraigo, lejos del patriarcado y de su pesada carga.
Cada uno a su manera, cada uno con sus dudas y sus certezas, con su pasado y sus esperanzas, con su ignorancia y su oculto saber de experiencia, intenta ponerse en juego en un territorio hasta ayer hostil a lo íntimo, refractario al reconocimiento de autoridad masculina, un territorio de hombres en pugna, como lo es el de los hombres, para que quizás un día se convierta en un territorio de hombres que se cuidan, y cuidan, de hombres que transformen el campo de batalla en un rico jardín de vidas que se encuentran.
Empezamos a andar, hoy es todo lo que puedo decir.





