ImaginARTE la educación (II): cuando aprender se convierte en posibilidad

Educar desde la posibilidad: arte, música y pensamiento

Si en la primera parte del recorrido por el VI Congreso Internacional de Neuroeducación la mirada se centró en cómo la música, el arte, la emoción y la función ejecutiva configuran la experiencia de aprendizaje, esta segunda entrada nos invita a ir un paso más allá: a pensar la educación como un espacio de posibilidad. Una posibilidad que se construye cuando el pensamiento se vuelve flexible, cuando la imaginación se atreve a volar y cuando el cuerpo, la creatividad y el lenguaje simbólico entran en diálogo con la ciencia.

Las voces que protagonizan esta segunda parte —David Bueno, Marta Ligioiz y Antonio Domingo— nos conducen hacia una reflexión profunda sobre el sentido de educar. Nos hablan del arte como lenguaje cognitivo, de la imaginación como fuerza transformadora y de la música como experiencia corporal y comunitaria. Juntas, sus aportaciones amplían el mapa iniciado en la primera entrada y nos recuerdan que aprender no es solo adquirir conocimientos, sino abrir caminos, crear significado y habitar el aprendizaje con todo lo que somos.

Antonio Domingo centró su aportación en la relación entre música, cuerpo y aprendizaje significativo. Defendió el error como oportunidad, la identidad sonora como parte de la memoria emocional y la necesidad de un aprendizaje musical que movilice todo el cuerpo: cantar, tocar, bailar, crear.

Propuso una “educación responsiva” que se adapta a los intereses y necesidades de cada alumno, donde el grupo funciona como tribu y la música se convierte en un espacio de vínculo, motivación y atención plena. Sus tres intervenciones —incluidas “A todo cuerpo” y “La música como asignatura troncal”— fueron de las más celebradas del programa del Congreso.

David Bueno lanza una pregunta que golpea con fuerza: ¿Qué datos tengo? ¿Qué puedo hacer con ellos? ¿Qué merece la pena hacer? Esta secuencia —información, conocimiento, sabiduría— se convierte en el hilo conductor para entender por qué el arte no es un adorno en la educación, sino un catalizador de pensamiento complejo.

Las artes, recuerda Bueno, activan creatividad, simbolismo y flexibilidad cognitiva. Nos dan algo que la mera transmisión de datos no puede ofrecer: una forma metafórica de nombrar el mundo y, por lo tanto, de comprenderlo. Al final, el arte nos sirve para pensar y, quizá, para no olvidarnos de lo esencial: sin arte, ¿seguiríamos siendo humanos?

Marta Ligioiz, amplió el foco hacia la imaginación como motor vital del aprendizaje. Ligioiz defendió que imaginar activa las mismas regiones cerebrales que la experiencia real, desencadenando placer, alegría, plenitud y motivación. La imaginación —señaló— abre posibilidades, crea ilusión, resuelve retos, planifica, enriquece y supera límites.

Su mensaje central fue rotundo: creer en lo imposible es una forma de transformar la realidad. Además, subrayó el valor de la imaginación colectiva, de los vínculos y de la autenticidad como ingredientes que convierten lo ordinario en extraordinario. Su charla “¡Que vuele la imaginación!” cerró los InspirARTE con una invitación a vivir la educación como un viaje de posibilidades.

A lo largo de todas las ponencias aparece un mensaje unificador: educar no es llenar cabezas; es activar cerebros, emociones, cuerpos, vínculos y sentidos.

El arte, la música, la creatividad, el pensamiento complejo, la tecnología utilizada con criterio, las funciones ejecutivas, el bienestar emocional, la comunidad… todo converge en una visión integradora de la educación como espacio de crecimiento humano.

Quizá ese sea el gran regalo de este congreso: recordarnos que educar es un acto profundamente artístico, porque implica transformar lo invisible en experiencia, sentido y posibilidad.

El VI Congreso Internacional de Neuroeducación dejó claro que educar no es acumular técnicas, sino crear condiciones donde la curiosidad, la emoción, el pensamiento crítico y la creatividad puedan florecer. Nos recordó que somos seres biológicos, sociales y simbólicos; que el arte no es un lujo, sino una forma de conocimiento; y que comprender cómo funciona el cerebro nos permite diseñar experiencias de aprendizaje más humanas, profundas y significativas.

Arte y ciencia, emoción y evidencia, música y memoria, imaginación y pensamiento… El Congreso volvió a mostrarnos que la educación del futuro se construye en la intersección de todas estas dimensiones.

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